EL ETERNO NÁUFRAGO (I)

Sands Beach Resort - Stage Reto Frankfurt (myfrankfurtdream2013.wordpress.com)
Sands Beach Resort – Stage Reto Frankfurt by LA BOLSA DEL CORREDOR (myfrankfurtdream2013.wordpress.com)

Cuando colgué los patines y el stick hace unos años para lanzarme a correr sin más idea que la de perseguir un algo que aún sigo buscando, quizás no era consciente del berenjenal en el que me metía.

Aquello de llegar antepenúltimo en un cross universitario hace ya algunos años provocó en mi tal dolor, que pasé de jugar liga nacional y campeonato de España por selecciones autonómicas a ponerme a correr como un loco. Sucedió que me saqué catorce kilos de encima, más de un disgusto y pasé de correr diez kilómetros en cincuenta minutos a correr un kilómetro por debajo de tres minutos y seguir llegando el último en algunas pruebas de milqui que disputaba por Andalucía.

Aparqué el hockey línea cuando aquellos tropiezos constantes se atravesaban delante de mi ego para decir: oye, eres un auténtico Sr. patatoe. Por aquellos años en los que me castigaba en las pistas de mi universidad a las órdenes de Benito Murillo, me machacaba de tal manera que inevitablemente un día de aquellos caí rendido, y lesionado.

Fue cuando se me metió en la cabeza comprarme una bicicleta de carretera por aquello del menor impacto articular y muscular. Y entonces, valiente de mi, pensé en un reto asequible. Por qué no disputar el duatlón de Herrera, donde el gran Emilio Martín estaría forjando sus grandes aptitudes como futuro Campeón de España. Hacia allí me encaminé llegando atropellado a la línea de salida y sin ninguna recomendación ni manual de instrucciones. Aquel desastroso día lluvioso la bicicleta me enseñó que a esto del triatlón había que tenerle un poco más de respeto. Sin embargo no todo fue malo. Aquel sábado primaveral de 2009 labré la mejor carrera de 5kms sobre asfalto que nunca he corrido.

Duatlón de Herrera 2009, Sevilla. MMP 5kms ruta 17'36''.
Duatlón de Herrera 2009, Sevilla. MMP 5kms ruta 17’36”.

Después de aquello volvieron los traspiés, y por ende las lesiones. Mi rodilla izquierda me envió directo a la piscina. No sólo a tragar agua con cloro, sino a intentar sobrevivir. Y fue entonces cuando empecé a toparme con una realidad más que cruda en aquellas fechas. Apenas sabía nadar. Pero en el fondo quería hacer un triatlón, quería experimentar aquella sensación de controlar algo que era un descontrol total en mi experiencia como deportista.

Quizás cometí el error durante mucho tiempo de pensar que con constancia mejoraría la natación. Sin embargo, años después he comprendido que hacen falta muchas más cosas aparte de constancia para mejorar en algo en lo que ya de por sí nunca vas a llegar a destacar. Todo eso quizás después de haber sentido la sensación de ahogarme en el lago de Engolasters en el Triatlón de Andorra. Y nada más lejos de la realidad. Mi regreso a la aventura del triatlón después de haber corrido dos maratones en cinco meses por debajo de 3h10′ no es otra cosa que eso, una aventura de esas en las que uno nunca se sabe como va a acabar.

Lo cierto es que he dado mil vueltas a esto de ponerme a nadar. No hace mucho tiempo leí en un libro al que le tengo cierto aprecio (The four hour wordkweek, Tim Ferris) que dedicarle tiempo a aquellas cosas en las que no somos buenos es una pérdida de tiempo. Siempre que recuerdo aquella frase me entran ganas de ponerme los patines y echar a volar. Pero por otro lado, mi yo más interno duda. Sobre todo cuando me sumerjo bajo el agua, cuando cierro los ojos y comprendo cuánto sufro entrenando. Ya no por el desgaste físico, sino por la angustia de querer avanzar y aprender, y lo lento de los resultados obtenidos.

Pero cada día después del entrenamiento, ahora que estoy poniendo al final del horizonte mi siguiente desafío triatlético, me pregunto qué sería de la vida si los retos que tenemos fueran fáciles de conseguir. Qué pasaría si lo imposible no fuera cada mañana el impulso del primer aliento. Si he decidido continuar no es simple persistencia y cabezonería. Tampoco porque piense que voy a llegar a lo más alto. Es simplemente porque cada día al despertar comprendo que en mi corta vida, las grandes hazañas personales y profesionales que he conseguido han estado basadas no sólo en un constante esfuerzo, sino en la capacidad constante de llevar la contraria a todas las cosas y personas que se han interpuesto en cada uno de mis objetivos. Y este reto de aprender a nadar es uno de esos objetivos.

Francis Campos

Barcelona, 18 de noviembre de 2014

Entreno Swim VO2 Triatló - Sural (Cabrera de mar, Barcelona)
Entreno Swim VO2 Triatló – Sural (Cabrera de mar, Barcelona)

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CRÓNICA DE LA MITJA MARATÓ DEL MEDITERRANI 2014

Mitja del Mediterrani 2014 - 1h32'42''
Mitja del Mediterrani 2014 – 1h32’42”

Dicen que esto de correr y entrenar hace que nos convirtamos en una especie de guerreros invencibles. Es tal la motivación que sentimos cuando entrenamos del modo en que de verdad queremos, que llegamos a pensar que somos seres imbatibles y, por ende, mucho mejor de lo que en realidad somos.

Sin embargo, nada de esto importa cuando al fin y al cabo acabamos asumiendo que más o menos somos otro más del montón. Y eso es en verdad lo primero que se me pasó por la cabeza el pasado domingo cuando crucé la meta de la Mitja Marató del Mediterrani 2014 con más sufrimiento de lo esperado. Lo cierto es que no pude pararme a pensar pensar, sólo de sentir que ya no sabía de lo qué era capaz después de verme derrotado por mis propias expectativas.

Pero luego pensé que por lo menos, y sin darle mayor importancia a aquel momento, sí que fui capaz de una cosa: de apretar los dientes sin cesar durante 21 kilómetros.

No me sale explicar en este momento cómo me encontraba desde que me desperté a las cinco y media de la mañana. Desde esa hora hasta la hora en que salimos, las nueve, el estómago me daba vueltas, al igual que la cabeza y los cinco sentidos. Aturdido en todo momento, salí a “ritmo cómodo” y sin verme desbocado junto a los otros corredores. Sentí en cada paso cómo era adelantado una y otra vez, aunque al principio no me importó.

No era capaz de correr al ritmo que quería y que en teoría debía resultarme fácil seguir. Y el hecho de permanecer entre dos y tres segundos por encima de mis predicciones no sólo me hacía perder las cuentas. También me estaba grabando a fuego dentro de mi mismo que no sería capaz de mantener esa constancia durante mucho más de once o doce kilómetros. Qué pasaría luego entonces, me pregunté a sabiendas de la respuesta.

Me seguían adelantando, y de pronto entré en ese bucle en el que uno se cuestiona la participación. Y acto seguido una retirada se convertía en la premisa número uno de los pensamientos más traicioneros. Esos que uno intenta obviar pero que, no nos engañemos, alguna vez hemos tanteado. Entonces, consciente de que no iba a ser un buen día, empecé a ceder diez segundos por kilómetro y redefiní mi objetivo. Hice eso que llamo tirar de la experiencia para no acabar sentado en una acera, y por lo menos terminar la prueba dignamente. Aunque a final de cuentas no fuera a sentirme nada orgulloso de mi mismo, y a la vez ese runner con todo por aprender. Como si cada paso que diéramos en nuestra vida de atletas aficionados fuera uno a sentirse un extraño en esto de correr que tan fácil parecía a veces.

Pero nada fue fácil el pasado domingo. Sabía que mi preparación no era la mejor, pero tampoco escasa o inexistente. Me entró la duda de qué pasaría si cambiara radicalmente mi forma de entrenar, o incluso mejor dicho, mi forma de vivir la vida. Qué pasaría si pudiera dormir ocho horas seguidas cada día, trabajar otras ocho, tener la mente despejada, viajar sólo una vez al mes y en consecuencia llevar una dieta ordenada y acorde a alguien que quema como mínimo mil calorías diarias haciendo ejercicio. Y si además, la mente no estuviera constantemente pensando en objetivos de venta casi inalcanzables, problemas de calidad, presiones y todos los tipos de estrés inimaginables. Todos esos problemas que en realidad son problemas porque así lo queremos nosotros mismos, y que al fin y al cabo provocan un desgaste de tal magnitud, que realmente llegan a pasar factura. Qué pasaría entonces si en ningún departamento comercial se trabajara menos de diez o doce horas diarias y uno tuviera la mente y el cuerpo concentrado en correr y hacer deporte. Quizás también seguiríamos siendo los mismos matados de siempre.

Ahora que levanto la mirada para analizar la carrera, no sé qué pasó exactamente por mi mente. Me cuesta volver la vista atrás y sólo recuerdo el momento de cruzar la meta con el puño en alto a la vez que pensaba joder, esta sí que me ha costado. Fue después cuando al llevarme a la boca el primer vaso de bebida isotónica, sentí el estómago alborotarse más aún que durante la propia carrera. No puedo descifrar el dolor de cada hora de después hasta las siete u ocho horas en que se tarda en digerir totalmente un alimento. Tampoco la sensación de abatimiento sobre la cama encogido de dolor, o más tarde en la Clínica Sant Jordi, donde los análisis me decían que todo estaba en orden. Menos mal, pensaba, porque si llego a estar jodido no quiero ni pensar cómo iba a encontrarme solo a mil kilómetros de casa.

Y así fue cómo al acabar toda aquella parafernalia médica, me dirigí hacia mi piso mientras el día se iba oscureciendo. En ese instante pensaba en esas limitaciones que uno se pone a veces. En ese no tengo cualidades para correr. Debo plantearme bajar el ritmo. Quizás los objetivos que me propongo son demasiado altos. En definitiva, en toda esa sarta de mentiras y gilipolleces que nos hunden aún más cuando estamos más que hundidos. Así que en esas me dormí, y en esas me desperté casi nueve horas después. Y no es que me sintiera especialmente bien, pero no se me ocurrió otra cosa mejor que hacer que volver a trabajar otro buen puñado de horas e irme por la noche a curar las heridas a la piscina.

Y es que las penas y los baches se curan y se traspasan con más entrenamiento. No es que no tenga claro el punto en el que me encuentro. Ya sé que hay metas que no puedo plantearme, pero también sé que aún no he conocido a mi mejor yo. Ya sé que he de aprender de todos los errores que he cometido, pero también soy consciente de que sin ellos no habría llegado al punto en el que estoy. Y también sé que nada en esta vida es definitivo, y no sólo las cosas buenas, sino también las malas. Quiere decir esto que un momento concreto no demuestra el estado de las cosas, por lo que el fracaso no es eterno ni el éxito duradero. Y tampoco quiere decir que estos estados no puedan ni deban evolucionar. Todo depende del esfuerzo acompañado de perseverancia y de la fe en uno mismo, que es más fuerte que todos esos pensamientos capaces de echar a perder la creencia de que somos invencibles. Porque no es que no haya nadie capaz de vencernos, sino que no ha de existir nada dentro de nosotros capaz de declararnos la guerra, y después ganarla. Para eso está el hecho de ponerse las zapatillas y lanzarse una vez más a batirse en duelo con el sufrimiento de jamás dejarse vencer por el dolor.

Mitja del Mediterrani 2014
Mitja Marató del Mediterrani 2014

Francis Campos

Barcelona, 21 de octubre de 2014

CRÓNICA DEL GRAN FONDO INTERNACIONAL DE SIETE AGUAS

Correr es un acto de fe e ilusión. No una constante competición contra el mundo sino una demostración continua de lo que uno mismo es capaz de alcanzar (F.Campos).

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Podría haberme estado quietecito y haberme olvidado de una carrera que hace muchos años que tenía en mente. No es que se tratara de encontrar una escapatoria de la Ciudad Condal, ni una excusa para correr cualquier cosa en el mes de agosto. Tampoco pretendía hacer un test deportivo, ni medir tiempos ni demostrar nada que no fuese hacer una carrera lineal en esfuerzos y pensamientos dadas unas determinadas circunstancias.

Participar en el Gran Fondo Internacional de Siete Aguas ha sido esa anónima experiencia de quien comparte junto a más de dos mil compañeros el mismo asfalto de los duros parajes veraniegos del interior de Valencia. Allí descubrí que la Behobia, además de un grandioso evento, resultó ser el calentamiento de esta cursa con rampas de hasta el 25%.

Me esperaba mi segunda Tierra, la Terreta, y una carrera que desde pequeño oía radiar a mi tío cada vez que hablábamos de running y de su experiencia como maratoniano. Quería hacerla, esa era mi pretensión, y ni siquiera conocía el circuito, ni el lugar, ni las condiciones atmosféricas con las que podría llegar a lidiar. Quería estar allí y vivir de primera mano aquello que mi tío me contaba con tanto entusiasmo.

Disfruté del ambiente previo y de la salida. Me sentí otro populero más que estaba allí batiéndose contra sus miedos y traspiés constantes. Me olvidé de todas aquellas personas que realmente nunca acababan aportando nada, de todos aquellos comentarios críticos que sólo servían como opinión del que su mejor meta es preocuparse de lo ajeno para olvidarse de su propio vacío interior. Me retracté de mis errores y valoré mis contadas y verdaderas amistades, aquellas que siempre estaban ahí, aplaudiendo, o al fin y al cabo ahí un día detrás de otro sin esperar nada a cambio. Simplemente con la intención de compartir momentos geniales e inolvidables.

Allí estaba aquella tarde de running en estado puro. Aquella sensación de volar en cada zancada, de tomar oxígeno y agrandar los sueños. Era ese sentir la libertad de elegir siempre el camino que lleva al lugar en que siempre había querido estar. Esa mirada clara y dulce que grita tu nombre hasta estremecerte y hacerte acelerar el ritmo, aunque no puedas más. Ese nunca rendirse aunque el cuerpo diga basta y la mente se alce sobre la voluntad de quien se derrota a sí mismo. Ese era yo, una vez más ese sin medir las marcas ni elegir asistir a carreras sólo si estaba al cien por cien.

Pensé en mis seres queridos y en los de mis amigos, en los que ya no están con nosotros pero a los que tanto les debemos y de los que tantas cosas aprendimos. Mostraron mis labios una gran sonrisa y valoré mucho el hecho de poder tomar la salida. Más aún el cruzar la meta con el puño en alto, santiguándome una vez más mientras pensaba en todos ellos, en su legado y en el tiempo, al fin y al cabo limitado, que teníamos por delante para demostrarnos y demostrarles que la vida era aquella constante persecución de esa cosa tan infinita llamada felicidad.

Así discurría esa fresca tarde de verano en una localidad totalmente volcada en su Gran Fondo Internacional que tanto merece cada uno de estos tres nombres. El inexistente equilibrio de ritmo entre las subidas y las bajadas hacía de los toboganes una inusual manera de tomarse el paso por cada kilómetro. Avancé todo lo mejor que mis lentas piernas pudieron correr y no sentí ninguna molestia en las rodillas. Vino el buen tiempo alejado de días calurosos en los que aquellas cuestas hubieran supuesto una buena pesadilla. Corrí y corrí dejando atrás todas aquellas consecuencias tan graves que eran el no haber podido entrenar como cada día. Como si acaso supusiera un problema cambiar los objetivos personales y tomar la salida sin apenas haber corrido veinte kilómetros en la preparación. Ese era yo, ni valiente ni cobarde. Persistente sí, y agradecido por cada metro recorrido.

Al final del día la satisfacción era la guinda del paste. Alcanzar ese momento en el que sobran palabras, sonreír porque sí, por haber acabado un día más, y no pensar en nada que no fuera avanzar, aprender y buscar la excelencia de lo que nunca será perfecto, pero sí óptimo y particular. Esto es correr, nada de florituras ni competiciones. Nosotros no competimos. Nosotros hacemos historia en cada kilómetro. Y esa es la razón por la cuál la vida tiene otros muchos significados para nosotros los que corremos. Porque quien más avanza más asciende en la línea temporal para comprender y acabar comprendiéndose a uno mismo. Y eso es lo que definitivamente nos empuja a ayudar a que los demás puedan llegar a sentir lo mismo. Grande es una vez más no detenerse a pesar de las dificultades. Hay mucha gente que gracias a este esfuerzo quizás llegue a sentir la necesidad de dar su primera zancada.

Francis Campos

Barcelona, 21 de agosto de 2014.

francis con rocio y rebeka

LAS PIEDRAS DEL CAMINO: Triatlón Olímpico de Andorra

SKODA TRIATHLON SERIES - Triatlón Olímpico - ANDORRA
SKODA TRIATHLON SERIES – Triatlón Olímpico – ANDORRA

Despierto súbitamente con los sudores que provoca la humedad del verano en Barcelona. Es demasiado tarde para llegar al entrenamiento de bici en grupo al que algunos sábados acostumbro a ir. Tendré que salir solo, me digo con rabia, a sabiendas de que me la volveré a jugar una vez más en la Carretera de La Roca. Aunque en cierto modo me consuela el hecho de que voy a subir la Conrería y la Vallensana, un buen entrenamiento de cara a mi debut en el Triatlón Olímpico de Andorra el próximo fin de semana.

Llevo unos veinte minutos pedaleando y las sensaciones sobre la bici son las de un patoso que aprende a montar por primera vez. Pero no me detengo, porque la idea es hacer unos cincuenta kilómetros para calentar motores e ir cogiendo ritmo. Un rato después y veinticinco kilómetros recorridos me veo a pie de la Conrería, que subo sin mucha dificultad pero a velocidad de tortuga. Una vez arriba la bajada me transmite respeto, sobre todo porque voy solo, y además el firme está un poco mojado. Por eso voy frenando bastante en cada curva cerrada para asegurar la estabilidad sobre el asfalto.

El ascenso a la Vallensana es más discreto si se sube desde Badalona, y consciente de que me falta poco para terminar la jornada aprieto un poco más y subo el puertecito como quien corona el Tourmalet. Menudo héroe que siempre está rodando pero que nunca afina con los pedales. Una vez en la cima comienza la bajada y el calor aprieta cada vez más. Esto está chupado, me digo segundos antes de encarar una de las últimas curvas, la de la gravera, donde pierdo el control de la bici y me voy a la cuneta.

No recuerdo cómo he caído y me mantengo durante segundos tumbado sobre el arcén con los ojos cerrados antes de empezar a moverme para ver si me ha pasado algo. Intento incorporarme y me siento con dificultad en el bordillo del arcén mientras observo confundido varias heridas y contusiones en brazos y piernas. Sólo ha sido un susto.

Pasan los días y comienza la semana siguiente. Consciente de mis limitaciones físicas, mermadas por las heridas y por las molestias en la pierna derecha, mantengo la idea de abandonar mi debut en el triatlón olímpico. Sin embargo, pasados dos días me calzo las zapatillas a escondidas y me lanzo hacia un pequeño rodaje para comprobar el estado de mi cuerpo. Aún no estoy para mucho trote.

Los sucesivos días, para no castigar en exceso el cuerpo por el impacto que tiene la carrera, decido hacer alguna sesión suave de rodillo para ir recuperando la movilidad. Ni que hablar tiene que nada de natación, con las heridas por cicatrizar aún, así que la principal carencia se convierte en doble carencia. Qué vamos hacer, a veces las cosas no salen como uno quiere, pienso al acabar de pedalear sobre el suelo totalmente encharcado. Y al ir hacia la ducha veo la báscula y paso de largo. No quiero volver a pesarme para no tener otra cosa más que reprocharme. Sigo dándole vueltas a todo: Maldito deporte. Nunca es suficiente, y todavía me pregunto cuál es la dirección que quiero tomar, y por qué y qué es lo que me tengo que exigir.

No sé cómo ni por qué, porque esto de la valentía es cosa de la gente a la que le suceden grandes hitos sin preparar absolutamente nada, pero la cuestión es que varios días después me encuentro colocándome el neopreno sobre los vendajes que cubren mis heridas. Tan sólo nos encontramos a más de 1.600 metros de altitud, casi igual que la piscina de mi Brenes natal, donde aprendí a nadar más rápido a braza que a crol. Delante de mi mítica Colnago tengo previstas las zapatillas de bici, el casco y otros enseres para el sector ciclista. Noto el nerviosismo que transmite mi cuerpo intranquilo. No sé por qué no me calmo un poco, porque por megafonía anuncian que el agua del Estany d’Engolaster está un poquito fresquita, 14ºC, y que por la seguridad de los participantes el recorrido finalmente pasa de 1.500 metros a 750 metros. No puedo evitar sonreír. No por lo fresquito sino por la menor distancia que vamos a nadar.

El Speaker continúa hablando una y otra vez sobre tomarse la prueba con calma por el déficit de oxigeno que hay a tanta altura. Tranquilos chavales, lo importante es poder llegar a casa con una sonrisa de satisfacción, frase que me recuerda a los anuncios de la Dirección General de Tráfico, porque lo importante es volver.

Tengo mis miedos, no lo voy a negar, pero todos estos pasos que estoy dando suponen un gran desafío para mi. Y con esa mentalidad me lanzo al estanque junto con todos los triatletas locos que estamos allí concentrados. Por un momento pienso que esos 14ºC son un poco light. Hasta que entro más adentro y me entra agua en el neopreno. Entonces digo: ostias. Suena la sirena de salida y me coloco como siempre al final del todo, para nadar con paciencia. Recorro unos ciento cincuenta metros y comienzo a ver que algo no va bien. No puedo respirar con normalidad. Necesito más oxígeno y soy incapaz aguantar la respiración ni siquiera durante dos brazadas. Bastante gente a mi lado nada a braza o simplemente se deja llevar, y eso es lo que decido hacer al ver que es la única salida que tengo mientras hay otros que me pasan literalmente por encima. Es indescriptible la sensación de ahogo que siento. No es que me plantee abandonar el triatlón. Lo que comienzo a plantearme es sobrevivir. Así de simple.

Salgo del agua exhausto y casi sin poder respirar. Camino hacia la T1 con calma y sintiendo en mis pies las piedras bajo la alfombra. Ve con calma, campeón, me digo para animarme. Y un buen rato después, cuando consigo salir de allí con la bici a cuestas me repito una y otra vez, baja con cautela, a la vez que recuerdo la caída del pasado fin de semana. Así que no sé si me paso con la cautela, porque constantemente veo cómo me adelantan uno tras otro los valientes ciclistas, pero la verdad es que no me hace ninguna gracia repetir la escenita de hace dos sábados.

Pero resulta que no todo el monte es orégano, y tras las bajadas comienzan las subidas, que en Andorra no son ni Conrerias ni Vallensanas, y ahí me empiezo a encontrar más cómodo. Por lo menos recupero un poco de aliento y unas cuantas posiciones en mi favor. Y así es como poco a poco voy retomando la confianza y termino un sector ciclista medio decente para el estado de forma incipiente que aún tengo, pasado de peso y con las secuelas del trompazo. Pero lo importante es perseverar, me vuelvo a repetir en una de esas incansables clases de auto-coaching que me doy en esos momentos de dificultad. Para entonces ya me acerco a la T2 para dejar la bicicleta.

Empiezo a correr sin demasiadas pretensiones, pero a ritmo constante. Y es a partir del tercer kilómetro cuando tengo que bajar el ritmo a causa de un fuerte dolor en la rodilla derecha, la de la caída. Para colmo la temperatura comienza a subir sin pudor, y el sol comienza a quemar bastante. Dónde me habré dejado la gorrita, me pregunto. Así que me paro con todas las de la ley en el primer avituallamiento para engullir un par de vasos de Powerade y coger una botella de agua fresquita para el camino. Hoy no es mi día, pero lo importante es que estoy avanzando, me repito para mis adentros por vigésimo tercera vez.

Por un momento me planteo abandonar al ver el cartel de meta VS segunda vuelta, pero pienso en los siguientes desafíos y en lo que supone decir no puedo, cuando realmente sí que puedo. Así que avanzo con la cojera y el calor que hace ya ni es calor, tan sólo más sufrimiento infligido a mi cuerpo. Tengo que mantener el ritmo, y si es posible mejorar la cadencia para que la rodilla sufra lo menos posible. Y así es como inicio la vuelta hacia el Parc Central, donde se encuentra la meta. Prosigo con la creencia de que el esfuerzo es lo que mantiene la ilusión de las personas que jamás se rinden, y con ese lema cruzo puño en alto la meta de una prueba que me ha enseñado que a pesar de las dificultades, existe un momento en nuestras vidas en que el camino hacia la felicidad pende de un hilo que se denomina avanzar y no retroceder ni un solo paso. Pase lo que pase.

Francis Campos

Barcelona 28 de julio 2014

Francis Campos y Joan García en el Triatlón Olímpico de Andorra
Francis Campos y Joan García en el Triatlón Olímpico de Andorra

Mi siguiente Reto: El Desafío Doñana 2014

Media Maratón Ruta de Somontano 2013 Campeonato de Aragón 15ºCategoría 1h28'11''
Media Maratón Ruta de Somontano 2013 Campeonato de Aragón 15ºCategoría 1h28’11”

Un año ha pasado ya desde que decidí apuntarme a este concurso llamado Reto Frankfurt con la intención de conocer gente, o simplemente para motivarme más, y en definitiva para emprender un nuevo camino que ni siquiera sabía hacia dónde me llevaría.

Desde ese momento, el correr por correr dio paso a la constante persecución de un nuevo objetivo: correr mi primera maratón. Y de repente, me topé con esa meta que cada cada año se había convertido en un momento aplazable, en ese instante que “ya llegaría”. Así que no esperé más y me puse a correr siguiendo las instrucciones del maestro José Antonio Castilla.

Para alguien como yo, un corredor aficionado sin zancada fácil y con unas cuantas horas de dedicación para poder correr por debajo de cuatro minutos por kilómetro un par de veces al año, el tema este de la motivación se ha convertido en algo que forma parte de cada día. Es cierto que no existe ningún estado de presión sobre mi, sólo la simple necesidad de darle actividad a mi cuerpo para paliar el estrés que provocan un buen puñado de horas de oficina.

Al final, entre una cosa y otra, y sin saber cómo, porque hacer deporte casi cada día es como una religión desde que tengo uso de razón, me he calzado las zapatillas y en los últimos doce meses he corrido 2.888 kilómetros, y entre estos, 4 carreras de 10 kilómetros, la Behobia San Sebastián, 2 Medias Maratones, 2 Maratones y disputado mis dos primeros Triatlones distancia Sprint como ese novato que aprende a nadar casi desde el principio de los tiempos.

Y de toda esta retahíla de pruebas, no es que me sienta orgulloso de los tiempos de llegada a meta, sino de los kilómetros recorridos por el camino, y de cada uno de los minutos invertidos en todo este espacio temporal que he tenido la suerte de poder atravesar. Gracias a todo ello he podido aprender muchas cosas que antes no entendía, o a las que simplemente restaba importancia. No compito contra nadie, ni cuantifico los logros materiales que nunca obtendré, pero lo que sí que hago cada día es despertarme con la ilusión de querer alcanzar un Reto Nuevo, una nueva Barrera que atravesar, y por ende, un Nuevo Camino sobre el que correr.

Bienvenidos a mi siguiente Reto: El Desafío Doñana 2014.

Francis Campos

Barcelona, 1 de julio de 2014

*Os dejo a continuación los links de los videos en los que relato todas las experiencias vividas en este tiempo:

El Reto Frankfurt BMW Marathon 2013

El Camino hacia el Desafío Doñana 2014 (1ªParte)

CRÓNICA del MARATHON DE PARIS 2014

By Francis Campos

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Despierto como si acaso hubiera dormido algo. Toda la noche sudando como un chopo, y al apoyar los pies en el suelo, me digo: madre mía, ¿y hoy tengo que correr una maratón? De pronto se me vienen a la mente los paseos por las calles de París y decido no hacer la cuenta de los kilómetros que hemos recorrido los dos días anteriores a la gran prueba.

Bajo las escaleras del metro y pienso que la clave del éxito es la preparación y a lo mejor no tanto los pequeños detalles. ¿Hubiera sido mejor pasarme dos días dentro del hotel con las piernas en alto? ¿Acaso hubiera levantado más mi moral el haberme perdido esas rutas por las calles de la capital francesa, ese descubrimiento continuo de una cultura que fascina a cualquiera? Si el maratón es en gran parte un reto mental (pienso y dicen), estoy de acuerdo en que he entrenado lo suficiente en la medida en que mi cuerpo ha encajado la dureza de preparar dos maratones en cinco meses, y que después de la satisfacción que te aporta conocer un lugar tan increíble, hoy voy a correr contra mí mismo y mis propios miedos.

Me apeo en Víctor Hugo y allí está Marcos esperando con las manos en los bolsillos. Es un gran día para él, y aunque aún no lo sabe, va a demostrar que el esfuerzo tiene premio, y que es alcanzable todo aquello que uno sueña al despertar. El Arco del Triunfo, con la parte alta en obras, amanece mientras los primeros corredores dejan verse por la zona de salida. Allí en una de las calles próximas se encuentra el resto del equipo de La Bolsa del Corredor, cada uno con sus propósitos y su mundo interior acercándose hacia lo más místico de la distancia de Filípides.

Comienza la carrera y parece que estoy allí para hacer algo distinto a correr. No me preocupa que no he preparado a conciencia una estrategia. Ni siquiera tengo una visión clara de cuál es la franja entre mi mejor y mi peor expectativa. El reloj me achucha y le digo, tranquilo, hoy toca disfrutar y esto del estrés no tiene ningún sentido. Por eso aflojo el ritmo tras el paso por el kilómetro cinco en la Place de la Bastille. Disfruto mucho de ese arranque controlado que me sirve para situarme en carrera. Me alcanzan las liebres de tres horas y las dejo pasar sin sentir nostalgia. Todo llegará, pienso en ese instante en que me deslizo por la Rue du Faubourg Saint Antoine.

Me quedo impactado al pasar por el Château de Vincennes. El ambiente en las calles está siendo increíble, y al entrar en el Bois de Vincennes no me siento solo. Hay runners que me pasan y otros que se quedan atrás. Es el maratón, que va poniendo cada cosa en su sitio. Y no sé por qué pero tengo la sensación de que hoy es un día espectacular, y quiero demostrarme aquello de que dadas unas circunstancias que no pueden cambiarse (llámese cuerpo, entrenamiento, climatología, organización o cualquier otro elemento potenciador o limitante), voy a conseguir el mejor de los resultados posibles.

Estoy disfrutando de correr, y al pasar la media maratón, comprendo una vez más que me encanta esto de dar zancadas aunque mucha gente piense que no sirve absolutamente para nada. Le veo el sentido a todas esas horas dedicadas a un momento de varias horas, que es efímero y se acaba de un plumazo. Descubro lo grande que es ver pasar ese espacio temporal, medido kilómetro a kilómetro, viendo a la gente aplaudir y a los demás corredores debutar un día más, retar al reloj y a su propia capacidad de elegir los tiempos en que deslizar su alma por el asfalto.

Me relaja correr junto al Sena y me divierte el hecho de escuchar música disco en un túnel que no sabes cuándo termina y en el que se pierde la señal del GPS. Me importa bien poco, si lo grande es ver el cartel que anuncia cada kilómetro y a tu familia apoyándote junto a la Torre Eiffel. ¿Acaso hay algo más grande que tener cerca tanta gente que te quiere y que estará junto a ti, pase lo que pase?

De repente aparece la parte más dura del maratón, EL MURO, que esta vez me visita en el kilómetro 29, y yo sólo veo a mi novia peleándose con el botón de la cámara, a mi madre sufriendo por su hijo y a mi padre como un PRO con su cámara como si grabara a un profesional, cuando realmente registra la imagen de alguien que persigue sueños por el hecho de retarse a sí mismo y a sabiendas de que no va a ganar ningún premio físico. Sólo la gran satisfacción de alcanzar grandes logros personales como es el sonreír al verlos a todos allí gritándoles palabras de ánimo.

Es una imagen que se me queda grabada y que se me viene a la mente al pasar por el kilómetro 32. De modo que pienso que hoy he decidido correr una 10K y que el punto de partida no es muy fiable, pero que al fin y al cabo son diez kilómetros y que como ya lo he hecho tantas veces, qué más da correrlos otra vez más. Y es entonces cuando echo mano de uno de esos geles marca blanca que he encontrado en el Carrefour , y el chute de cuarenta céntimos acaba por despertarme del todo.

Empiezas a ver que todo es mental, y que aunque el cuerpo acaba de recordarte que el ritmo tuyo es de veinte segundos más lento que el que llevabas, que realmente no pasa nada porque estás en una 10K por el Bois de Boulogne, y que sin saber por qué, porque no eres un alguien importante, hay gente que sin conocerte te llama por tu nombre mientras te manda fuerzas para continuar luchando: allez, allez Fransísss!

Las piernas comienzan a pesar mucho, y al pasar por el kilómetro 35 recuerdo que en Frankfurt me falló el abductor izquierdo, y que esta vez no puede ser menos. Y entonces para compensar un poco esa repetida molestia es bueno que el gemelo derecho amague con subirse para ya mandar al cuerno todo ese rollo poético que tiene el maratón. Pero me digo, llevo cinco meses entrenando con ese dolor y es como si ya formara parte de mí. Cómo es posible que llegadas dos horas y cuarenta minutos de carrera, y con la opción aún posible de acercarme al tiempo que hice Frankfurt, ahora con condiciones físicas bastante por debajo se me pase por la cabeza aminorar la marcha o siquiera pensar que la fuerza no me acompaña. ¿Me voy a parar ahora?

Avanzo inevitable por aquel parque y sueño en cada curva con ver la línea de llegada, ese punto que tantas veces parece inalcanzable, sobre todo si prestamos demasiada atención a todos aquellos factores que merman nuestra persistente fortaleza. Podemos tambalearnos si tenemos en cuenta que somos personas y que además no somos profesionales. Pero cuando ya has elegido que hoy es el día para que la vida te devuelva una sonrisa, entonces ver salir el sol es la puesta en escena de un simple aficionado que se desliza inexorablemente hacia El Otro Lado De La Meta.

Sube la temperatura hasta alcanzar el punto álgido donde un sureño se mueve como pez en el agua, y entonces enfilo la última recta al pasar por Porte Dauphine, con la cabeza alta y orgulloso de no haberme dado por vencido cuando en los momentos de debilidad parecía lo más sensato. Allí estaba yo, otra vez cruzando la barrera que separa lo imposible de lo alcanzable, lo que el destino tiene preparado para las personas que jamás se rinden. Puño en alto otra vez más. No importa nada sino ese candado cerrado en mi propio interior, esa verdad desbocada que clama sueños que rugen en bandada y nacen vidas que conquistan ideales, y al final de la emboscada sale airoso el vivo camarada, parisino sevillano con la sangre de un poeta y el empuje de un tirano…

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Francis Campos Jareño

Vuelo Air France París Charles de Gaulle – Barcelona El Prat

7 de abril de 2014

LE PARISIEN DE SEVILLE. DERNIER JOUR AVANT LE MARATHON DE PARIS.

Le parisièn de Seville

Abro los ojos y descubro un lugar desconocido para mi. Un sitio donde lo inmenso equivale a la totalidad de experiencias que cautivan un sentimiento que se redescubre a sí mismo. Un espacio donde no hay rincón donde no se pueda observar algún detalle especial.

Aparezco en la rue Louise Michel y de pronto el tiempo se detiene a pesar de que la gente camina apresurada hacia destinos diferentes. El olor de las Boulangeries me hace relajar aún más la respiración. Y al retomar el paso, mi corazón se acelera. No porque se acerca el Gran Día, sino por la prisa que tengo por conocer la bella ciudad en la que acabo de aterrizar.

Nos dejamos caer por la feria del corredor para fotografiar el comienzo de la segunda experiencia deportiva más importante que he vivido hasta el momento. Comprendo que la vida es un espacio temporal que asiste a muchas satisfacciones diarias que persiguen un algo grande que nos retribuye de algún modo el esfuerzo que conlleva no elegir el camino más fácil.

Aparecemos por las calles de Montmartre y no hace falta darse cuenta de que París marcha a ritmo de Maratón. Lo dice le Sacré-Coeur, la Tour Eiffel, les Invalides, Notre-Dame y tous les lieux por los que dejamos ver nuestras sonrisas más sinceras. No pasa demasiado tiempo hasta que respondo a esa pregunta de a dónde irías si tuvieras que cambiar de rumbo. A París.

Veinte minutos de rodaje suave por Levallois-Perret a primera hora de la mañana siguiente reafirma la visión que tengo de mon quartier. Respiro profundo y por un momento recuerdo que mi objetivo es esa sensación de pararse el reloj para escuchar las sensaciones de un cuerpo que atiende a las razones del esfuerzo y la dedicación. Correr es mi modo de vida y mañana tengo que demostrarlo a lo largo de un recorrido que enamoraría a cualquiera. Las banderolas que cuelgan de farolas dicen la verdad. Esto es no es ni más ni menos que Courir dans la plus belle ville du monde.

Avanzan los minutos y la máxima presión que siento es la de no haberme olvidado nada cuando me sitúe en la línea de salida. Cuál es el ritmo, me preguntaré al salir y recordar todas las idas y venidas por el Besòs, todos los barcos divisados al llegar al mar, los amaneceres y anocheceres unas veces especiales y otras tantas para no recordar. Al fin y al cabo todos los kilómetros de preparación en los que decidí no detener la cadencia de mis pasos a pesar del dolor y el cansancio. Qué más decir sobre la velocidad, si la estrategia de carrera que más orgullo me daría sería la de volver a situarme Al Otro Lado De La Meta.

Se acerca el despertar más mágico que puede contemplar alguien que asiste a un examen que se aprueba con la ardua tarea de correr casi tres mil kilómetros en un año. Cierro los ojos e imagino la línea de salida. Pase lo que pase allí estaremos mañana para correr por todos los que no pueden estar aquí con nosotros. Porque al fin y al cabo, esto de sumar kilómetros no es una competición, sino la manera que tenemos los maratonianos de pisar el asfalto con la contundencia que precisan los tambores que anuncian el cumplimiento de un Gran Sueño.

Bienvenidos de Nuevo. Por fin ha llegado el día del Marathon de Paris 2014.

Francis Campos
Levallois-Perret, 5 de abril de 2014.

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