CRÓNICA DEL GRAN FONDO INTERNACIONAL DE SIETE AGUAS

Correr es un acto de fe e ilusión. No una constante competición contra el mundo sino una demostración continua de lo que uno mismo es capaz de alcanzar (F.Campos).

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Podría haberme estado quietecito y haberme olvidado de una carrera que hace muchos años que tenía en mente. No es que se tratara de encontrar una escapatoria de la Ciudad Condal, ni una excusa para correr cualquier cosa en el mes de agosto. Tampoco pretendía hacer un test deportivo, ni medir tiempos ni demostrar nada que no fuese hacer una carrera lineal en esfuerzos y pensamientos dadas unas determinadas circunstancias.

Participar en el Gran Fondo Internacional de Siete Aguas ha sido esa anónima experiencia de quien comparte junto a más de dos mil compañeros el mismo asfalto de los duros parajes veraniegos del interior de Valencia. Allí descubrí que la Behobia, además de un grandioso evento, resultó ser el calentamiento de esta cursa con rampas de hasta el 25%.

Me esperaba mi segunda Tierra, la Terreta, y una carrera que desde pequeño oía radiar a mi tío cada vez que hablábamos de running y de su experiencia como maratoniano. Quería hacerla, esa era mi pretensión, y ni siquiera conocía el circuito, ni el lugar, ni las condiciones atmosféricas con las que podría llegar a lidiar. Quería estar allí y vivir de primera mano aquello que mi tío me contaba con tanto entusiasmo.

Disfruté del ambiente previo y de la salida. Me sentí otro populero más que estaba allí batiéndose contra sus miedos y traspiés constantes. Me olvidé de todas aquellas personas que realmente nunca acababan aportando nada, de todos aquellos comentarios críticos que sólo servían como opinión del que su mejor meta es preocuparse de lo ajeno para olvidarse de su propio vacío interior. Me retracté de mis errores y valoré mis contadas y verdaderas amistades, aquellas que siempre estaban ahí, aplaudiendo, o al fin y al cabo ahí un día detrás de otro sin esperar nada a cambio. Simplemente con la intención de compartir momentos geniales e inolvidables.

Allí estaba aquella tarde de running en estado puro. Aquella sensación de volar en cada zancada, de tomar oxígeno y agrandar los sueños. Era ese sentir la libertad de elegir siempre el camino que lleva al lugar en que siempre había querido estar. Esa mirada clara y dulce que grita tu nombre hasta estremecerte y hacerte acelerar el ritmo, aunque no puedas más. Ese nunca rendirse aunque el cuerpo diga basta y la mente se alce sobre la voluntad de quien se derrota a sí mismo. Ese era yo, una vez más ese sin medir las marcas ni elegir asistir a carreras sólo si estaba al cien por cien.

Pensé en mis seres queridos y en los de mis amigos, en los que ya no están con nosotros pero a los que tanto les debemos y de los que tantas cosas aprendimos. Mostraron mis labios una gran sonrisa y valoré mucho el hecho de poder tomar la salida. Más aún el cruzar la meta con el puño en alto, santiguándome una vez más mientras pensaba en todos ellos, en su legado y en el tiempo, al fin y al cabo limitado, que teníamos por delante para demostrarnos y demostrarles que la vida era aquella constante persecución de esa cosa tan infinita llamada felicidad.

Así discurría esa fresca tarde de verano en una localidad totalmente volcada en su Gran Fondo Internacional que tanto merece cada uno de estos tres nombres. El inexistente equilibrio de ritmo entre las subidas y las bajadas hacía de los toboganes una inusual manera de tomarse el paso por cada kilómetro. Avancé todo lo mejor que mis lentas piernas pudieron correr y no sentí ninguna molestia en las rodillas. Vino el buen tiempo alejado de días calurosos en los que aquellas cuestas hubieran supuesto una buena pesadilla. Corrí y corrí dejando atrás todas aquellas consecuencias tan graves que eran el no haber podido entrenar como cada día. Como si acaso supusiera un problema cambiar los objetivos personales y tomar la salida sin apenas haber corrido veinte kilómetros en la preparación. Ese era yo, ni valiente ni cobarde. Persistente sí, y agradecido por cada metro recorrido.

Al final del día la satisfacción era la guinda del paste. Alcanzar ese momento en el que sobran palabras, sonreír porque sí, por haber acabado un día más, y no pensar en nada que no fuera avanzar, aprender y buscar la excelencia de lo que nunca será perfecto, pero sí óptimo y particular. Esto es correr, nada de florituras ni competiciones. Nosotros no competimos. Nosotros hacemos historia en cada kilómetro. Y esa es la razón por la cuál la vida tiene otros muchos significados para nosotros los que corremos. Porque quien más avanza más asciende en la línea temporal para comprender y acabar comprendiéndose a uno mismo. Y eso es lo que definitivamente nos empuja a ayudar a que los demás puedan llegar a sentir lo mismo. Grande es una vez más no detenerse a pesar de las dificultades. Hay mucha gente que gracias a este esfuerzo quizás llegue a sentir la necesidad de dar su primera zancada.

Francis Campos

Barcelona, 21 de agosto de 2014.

francis con rocio y rebeka

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LAS PIEDRAS DEL CAMINO: Triatlón Olímpico de Andorra

SKODA TRIATHLON SERIES - Triatlón Olímpico - ANDORRA
SKODA TRIATHLON SERIES – Triatlón Olímpico – ANDORRA

Despierto súbitamente con los sudores que provoca la humedad del verano en Barcelona. Es demasiado tarde para llegar al entrenamiento de bici en grupo al que algunos sábados acostumbro a ir. Tendré que salir solo, me digo con rabia, a sabiendas de que me la volveré a jugar una vez más en la Carretera de La Roca. Aunque en cierto modo me consuela el hecho de que voy a subir la Conrería y la Vallensana, un buen entrenamiento de cara a mi debut en el Triatlón Olímpico de Andorra el próximo fin de semana.

Llevo unos veinte minutos pedaleando y las sensaciones sobre la bici son las de un patoso que aprende a montar por primera vez. Pero no me detengo, porque la idea es hacer unos cincuenta kilómetros para calentar motores e ir cogiendo ritmo. Un rato después y veinticinco kilómetros recorridos me veo a pie de la Conrería, que subo sin mucha dificultad pero a velocidad de tortuga. Una vez arriba la bajada me transmite respeto, sobre todo porque voy solo, y además el firme está un poco mojado. Por eso voy frenando bastante en cada curva cerrada para asegurar la estabilidad sobre el asfalto.

El ascenso a la Vallensana es más discreto si se sube desde Badalona, y consciente de que me falta poco para terminar la jornada aprieto un poco más y subo el puertecito como quien corona el Tourmalet. Menudo héroe que siempre está rodando pero que nunca afina con los pedales. Una vez en la cima comienza la bajada y el calor aprieta cada vez más. Esto está chupado, me digo segundos antes de encarar una de las últimas curvas, la de la gravera, donde pierdo el control de la bici y me voy a la cuneta.

No recuerdo cómo he caído y me mantengo durante segundos tumbado sobre el arcén con los ojos cerrados antes de empezar a moverme para ver si me ha pasado algo. Intento incorporarme y me siento con dificultad en el bordillo del arcén mientras observo confundido varias heridas y contusiones en brazos y piernas. Sólo ha sido un susto.

Pasan los días y comienza la semana siguiente. Consciente de mis limitaciones físicas, mermadas por las heridas y por las molestias en la pierna derecha, mantengo la idea de abandonar mi debut en el triatlón olímpico. Sin embargo, pasados dos días me calzo las zapatillas a escondidas y me lanzo hacia un pequeño rodaje para comprobar el estado de mi cuerpo. Aún no estoy para mucho trote.

Los sucesivos días, para no castigar en exceso el cuerpo por el impacto que tiene la carrera, decido hacer alguna sesión suave de rodillo para ir recuperando la movilidad. Ni que hablar tiene que nada de natación, con las heridas por cicatrizar aún, así que la principal carencia se convierte en doble carencia. Qué vamos hacer, a veces las cosas no salen como uno quiere, pienso al acabar de pedalear sobre el suelo totalmente encharcado. Y al ir hacia la ducha veo la báscula y paso de largo. No quiero volver a pesarme para no tener otra cosa más que reprocharme. Sigo dándole vueltas a todo: Maldito deporte. Nunca es suficiente, y todavía me pregunto cuál es la dirección que quiero tomar, y por qué y qué es lo que me tengo que exigir.

No sé cómo ni por qué, porque esto de la valentía es cosa de la gente a la que le suceden grandes hitos sin preparar absolutamente nada, pero la cuestión es que varios días después me encuentro colocándome el neopreno sobre los vendajes que cubren mis heridas. Tan sólo nos encontramos a más de 1.600 metros de altitud, casi igual que la piscina de mi Brenes natal, donde aprendí a nadar más rápido a braza que a crol. Delante de mi mítica Colnago tengo previstas las zapatillas de bici, el casco y otros enseres para el sector ciclista. Noto el nerviosismo que transmite mi cuerpo intranquilo. No sé por qué no me calmo un poco, porque por megafonía anuncian que el agua del Estany d’Engolaster está un poquito fresquita, 14ºC, y que por la seguridad de los participantes el recorrido finalmente pasa de 1.500 metros a 750 metros. No puedo evitar sonreír. No por lo fresquito sino por la menor distancia que vamos a nadar.

El Speaker continúa hablando una y otra vez sobre tomarse la prueba con calma por el déficit de oxigeno que hay a tanta altura. Tranquilos chavales, lo importante es poder llegar a casa con una sonrisa de satisfacción, frase que me recuerda a los anuncios de la Dirección General de Tráfico, porque lo importante es volver.

Tengo mis miedos, no lo voy a negar, pero todos estos pasos que estoy dando suponen un gran desafío para mi. Y con esa mentalidad me lanzo al estanque junto con todos los triatletas locos que estamos allí concentrados. Por un momento pienso que esos 14ºC son un poco light. Hasta que entro más adentro y me entra agua en el neopreno. Entonces digo: ostias. Suena la sirena de salida y me coloco como siempre al final del todo, para nadar con paciencia. Recorro unos ciento cincuenta metros y comienzo a ver que algo no va bien. No puedo respirar con normalidad. Necesito más oxígeno y soy incapaz aguantar la respiración ni siquiera durante dos brazadas. Bastante gente a mi lado nada a braza o simplemente se deja llevar, y eso es lo que decido hacer al ver que es la única salida que tengo mientras hay otros que me pasan literalmente por encima. Es indescriptible la sensación de ahogo que siento. No es que me plantee abandonar el triatlón. Lo que comienzo a plantearme es sobrevivir. Así de simple.

Salgo del agua exhausto y casi sin poder respirar. Camino hacia la T1 con calma y sintiendo en mis pies las piedras bajo la alfombra. Ve con calma, campeón, me digo para animarme. Y un buen rato después, cuando consigo salir de allí con la bici a cuestas me repito una y otra vez, baja con cautela, a la vez que recuerdo la caída del pasado fin de semana. Así que no sé si me paso con la cautela, porque constantemente veo cómo me adelantan uno tras otro los valientes ciclistas, pero la verdad es que no me hace ninguna gracia repetir la escenita de hace dos sábados.

Pero resulta que no todo el monte es orégano, y tras las bajadas comienzan las subidas, que en Andorra no son ni Conrerias ni Vallensanas, y ahí me empiezo a encontrar más cómodo. Por lo menos recupero un poco de aliento y unas cuantas posiciones en mi favor. Y así es como poco a poco voy retomando la confianza y termino un sector ciclista medio decente para el estado de forma incipiente que aún tengo, pasado de peso y con las secuelas del trompazo. Pero lo importante es perseverar, me vuelvo a repetir en una de esas incansables clases de auto-coaching que me doy en esos momentos de dificultad. Para entonces ya me acerco a la T2 para dejar la bicicleta.

Empiezo a correr sin demasiadas pretensiones, pero a ritmo constante. Y es a partir del tercer kilómetro cuando tengo que bajar el ritmo a causa de un fuerte dolor en la rodilla derecha, la de la caída. Para colmo la temperatura comienza a subir sin pudor, y el sol comienza a quemar bastante. Dónde me habré dejado la gorrita, me pregunto. Así que me paro con todas las de la ley en el primer avituallamiento para engullir un par de vasos de Powerade y coger una botella de agua fresquita para el camino. Hoy no es mi día, pero lo importante es que estoy avanzando, me repito para mis adentros por vigésimo tercera vez.

Por un momento me planteo abandonar al ver el cartel de meta VS segunda vuelta, pero pienso en los siguientes desafíos y en lo que supone decir no puedo, cuando realmente sí que puedo. Así que avanzo con la cojera y el calor que hace ya ni es calor, tan sólo más sufrimiento infligido a mi cuerpo. Tengo que mantener el ritmo, y si es posible mejorar la cadencia para que la rodilla sufra lo menos posible. Y así es como inicio la vuelta hacia el Parc Central, donde se encuentra la meta. Prosigo con la creencia de que el esfuerzo es lo que mantiene la ilusión de las personas que jamás se rinden, y con ese lema cruzo puño en alto la meta de una prueba que me ha enseñado que a pesar de las dificultades, existe un momento en nuestras vidas en que el camino hacia la felicidad pende de un hilo que se denomina avanzar y no retroceder ni un solo paso. Pase lo que pase.

Francis Campos

Barcelona 28 de julio 2014

Francis Campos y Joan García en el Triatlón Olímpico de Andorra
Francis Campos y Joan García en el Triatlón Olímpico de Andorra

Mi siguiente Reto: El Desafío Doñana 2014

Media Maratón Ruta de Somontano 2013 Campeonato de Aragón 15ºCategoría 1h28'11''
Media Maratón Ruta de Somontano 2013 Campeonato de Aragón 15ºCategoría 1h28’11”

Un año ha pasado ya desde que decidí apuntarme a este concurso llamado Reto Frankfurt con la intención de conocer gente, o simplemente para motivarme más, y en definitiva para emprender un nuevo camino que ni siquiera sabía hacia dónde me llevaría.

Desde ese momento, el correr por correr dio paso a la constante persecución de un nuevo objetivo: correr mi primera maratón. Y de repente, me topé con esa meta que cada cada año se había convertido en un momento aplazable, en ese instante que “ya llegaría”. Así que no esperé más y me puse a correr siguiendo las instrucciones del maestro José Antonio Castilla.

Para alguien como yo, un corredor aficionado sin zancada fácil y con unas cuantas horas de dedicación para poder correr por debajo de cuatro minutos por kilómetro un par de veces al año, el tema este de la motivación se ha convertido en algo que forma parte de cada día. Es cierto que no existe ningún estado de presión sobre mi, sólo la simple necesidad de darle actividad a mi cuerpo para paliar el estrés que provocan un buen puñado de horas de oficina.

Al final, entre una cosa y otra, y sin saber cómo, porque hacer deporte casi cada día es como una religión desde que tengo uso de razón, me he calzado las zapatillas y en los últimos doce meses he corrido 2.888 kilómetros, y entre estos, 4 carreras de 10 kilómetros, la Behobia San Sebastián, 2 Medias Maratones, 2 Maratones y disputado mis dos primeros Triatlones distancia Sprint como ese novato que aprende a nadar casi desde el principio de los tiempos.

Y de toda esta retahíla de pruebas, no es que me sienta orgulloso de los tiempos de llegada a meta, sino de los kilómetros recorridos por el camino, y de cada uno de los minutos invertidos en todo este espacio temporal que he tenido la suerte de poder atravesar. Gracias a todo ello he podido aprender muchas cosas que antes no entendía, o a las que simplemente restaba importancia. No compito contra nadie, ni cuantifico los logros materiales que nunca obtendré, pero lo que sí que hago cada día es despertarme con la ilusión de querer alcanzar un Reto Nuevo, una nueva Barrera que atravesar, y por ende, un Nuevo Camino sobre el que correr.

Bienvenidos a mi siguiente Reto: El Desafío Doñana 2014.

Francis Campos

Barcelona, 1 de julio de 2014

*Os dejo a continuación los links de los videos en los que relato todas las experiencias vividas en este tiempo:

El Reto Frankfurt BMW Marathon 2013

El Camino hacia el Desafío Doñana 2014 (1ªParte)

CRÓNICA del MARATHON DE PARIS 2014

By Francis Campos

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Despierto como si acaso hubiera dormido algo. Toda la noche sudando como un chopo, y al apoyar los pies en el suelo, me digo: madre mía, ¿y hoy tengo que correr una maratón? De pronto se me vienen a la mente los paseos por las calles de París y decido no hacer la cuenta de los kilómetros que hemos recorrido los dos días anteriores a la gran prueba.

Bajo las escaleras del metro y pienso que la clave del éxito es la preparación y a lo mejor no tanto los pequeños detalles. ¿Hubiera sido mejor pasarme dos días dentro del hotel con las piernas en alto? ¿Acaso hubiera levantado más mi moral el haberme perdido esas rutas por las calles de la capital francesa, ese descubrimiento continuo de una cultura que fascina a cualquiera? Si el maratón es en gran parte un reto mental (pienso y dicen), estoy de acuerdo en que he entrenado lo suficiente en la medida en que mi cuerpo ha encajado la dureza de preparar dos maratones en cinco meses, y que después de la satisfacción que te aporta conocer un lugar tan increíble, hoy voy a correr contra mí mismo y mis propios miedos.

Me apeo en Víctor Hugo y allí está Marcos esperando con las manos en los bolsillos. Es un gran día para él, y aunque aún no lo sabe, va a demostrar que el esfuerzo tiene premio, y que es alcanzable todo aquello que uno sueña al despertar. El Arco del Triunfo, con la parte alta en obras, amanece mientras los primeros corredores dejan verse por la zona de salida. Allí en una de las calles próximas se encuentra el resto del equipo de La Bolsa del Corredor, cada uno con sus propósitos y su mundo interior acercándose hacia lo más místico de la distancia de Filípides.

Comienza la carrera y parece que estoy allí para hacer algo distinto a correr. No me preocupa que no he preparado a conciencia una estrategia. Ni siquiera tengo una visión clara de cuál es la franja entre mi mejor y mi peor expectativa. El reloj me achucha y le digo, tranquilo, hoy toca disfrutar y esto del estrés no tiene ningún sentido. Por eso aflojo el ritmo tras el paso por el kilómetro cinco en la Place de la Bastille. Disfruto mucho de ese arranque controlado que me sirve para situarme en carrera. Me alcanzan las liebres de tres horas y las dejo pasar sin sentir nostalgia. Todo llegará, pienso en ese instante en que me deslizo por la Rue du Faubourg Saint Antoine.

Me quedo impactado al pasar por el Château de Vincennes. El ambiente en las calles está siendo increíble, y al entrar en el Bois de Vincennes no me siento solo. Hay runners que me pasan y otros que se quedan atrás. Es el maratón, que va poniendo cada cosa en su sitio. Y no sé por qué pero tengo la sensación de que hoy es un día espectacular, y quiero demostrarme aquello de que dadas unas circunstancias que no pueden cambiarse (llámese cuerpo, entrenamiento, climatología, organización o cualquier otro elemento potenciador o limitante), voy a conseguir el mejor de los resultados posibles.

Estoy disfrutando de correr, y al pasar la media maratón, comprendo una vez más que me encanta esto de dar zancadas aunque mucha gente piense que no sirve absolutamente para nada. Le veo el sentido a todas esas horas dedicadas a un momento de varias horas, que es efímero y se acaba de un plumazo. Descubro lo grande que es ver pasar ese espacio temporal, medido kilómetro a kilómetro, viendo a la gente aplaudir y a los demás corredores debutar un día más, retar al reloj y a su propia capacidad de elegir los tiempos en que deslizar su alma por el asfalto.

Me relaja correr junto al Sena y me divierte el hecho de escuchar música disco en un túnel que no sabes cuándo termina y en el que se pierde la señal del GPS. Me importa bien poco, si lo grande es ver el cartel que anuncia cada kilómetro y a tu familia apoyándote junto a la Torre Eiffel. ¿Acaso hay algo más grande que tener cerca tanta gente que te quiere y que estará junto a ti, pase lo que pase?

De repente aparece la parte más dura del maratón, EL MURO, que esta vez me visita en el kilómetro 29, y yo sólo veo a mi novia peleándose con el botón de la cámara, a mi madre sufriendo por su hijo y a mi padre como un PRO con su cámara como si grabara a un profesional, cuando realmente registra la imagen de alguien que persigue sueños por el hecho de retarse a sí mismo y a sabiendas de que no va a ganar ningún premio físico. Sólo la gran satisfacción de alcanzar grandes logros personales como es el sonreír al verlos a todos allí gritándoles palabras de ánimo.

Es una imagen que se me queda grabada y que se me viene a la mente al pasar por el kilómetro 32. De modo que pienso que hoy he decidido correr una 10K y que el punto de partida no es muy fiable, pero que al fin y al cabo son diez kilómetros y que como ya lo he hecho tantas veces, qué más da correrlos otra vez más. Y es entonces cuando echo mano de uno de esos geles marca blanca que he encontrado en el Carrefour , y el chute de cuarenta céntimos acaba por despertarme del todo.

Empiezas a ver que todo es mental, y que aunque el cuerpo acaba de recordarte que el ritmo tuyo es de veinte segundos más lento que el que llevabas, que realmente no pasa nada porque estás en una 10K por el Bois de Boulogne, y que sin saber por qué, porque no eres un alguien importante, hay gente que sin conocerte te llama por tu nombre mientras te manda fuerzas para continuar luchando: allez, allez Fransísss!

Las piernas comienzan a pesar mucho, y al pasar por el kilómetro 35 recuerdo que en Frankfurt me falló el abductor izquierdo, y que esta vez no puede ser menos. Y entonces para compensar un poco esa repetida molestia es bueno que el gemelo derecho amague con subirse para ya mandar al cuerno todo ese rollo poético que tiene el maratón. Pero me digo, llevo cinco meses entrenando con ese dolor y es como si ya formara parte de mí. Cómo es posible que llegadas dos horas y cuarenta minutos de carrera, y con la opción aún posible de acercarme al tiempo que hice Frankfurt, ahora con condiciones físicas bastante por debajo se me pase por la cabeza aminorar la marcha o siquiera pensar que la fuerza no me acompaña. ¿Me voy a parar ahora?

Avanzo inevitable por aquel parque y sueño en cada curva con ver la línea de llegada, ese punto que tantas veces parece inalcanzable, sobre todo si prestamos demasiada atención a todos aquellos factores que merman nuestra persistente fortaleza. Podemos tambalearnos si tenemos en cuenta que somos personas y que además no somos profesionales. Pero cuando ya has elegido que hoy es el día para que la vida te devuelva una sonrisa, entonces ver salir el sol es la puesta en escena de un simple aficionado que se desliza inexorablemente hacia El Otro Lado De La Meta.

Sube la temperatura hasta alcanzar el punto álgido donde un sureño se mueve como pez en el agua, y entonces enfilo la última recta al pasar por Porte Dauphine, con la cabeza alta y orgulloso de no haberme dado por vencido cuando en los momentos de debilidad parecía lo más sensato. Allí estaba yo, otra vez cruzando la barrera que separa lo imposible de lo alcanzable, lo que el destino tiene preparado para las personas que jamás se rinden. Puño en alto otra vez más. No importa nada sino ese candado cerrado en mi propio interior, esa verdad desbocada que clama sueños que rugen en bandada y nacen vidas que conquistan ideales, y al final de la emboscada sale airoso el vivo camarada, parisino sevillano con la sangre de un poeta y el empuje de un tirano…

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Francis Campos Jareño

Vuelo Air France París Charles de Gaulle – Barcelona El Prat

7 de abril de 2014

LE PARISIEN DE SEVILLE. DERNIER JOUR AVANT LE MARATHON DE PARIS.

Le parisièn de Seville

Abro los ojos y descubro un lugar desconocido para mi. Un sitio donde lo inmenso equivale a la totalidad de experiencias que cautivan un sentimiento que se redescubre a sí mismo. Un espacio donde no hay rincón donde no se pueda observar algún detalle especial.

Aparezco en la rue Louise Michel y de pronto el tiempo se detiene a pesar de que la gente camina apresurada hacia destinos diferentes. El olor de las Boulangeries me hace relajar aún más la respiración. Y al retomar el paso, mi corazón se acelera. No porque se acerca el Gran Día, sino por la prisa que tengo por conocer la bella ciudad en la que acabo de aterrizar.

Nos dejamos caer por la feria del corredor para fotografiar el comienzo de la segunda experiencia deportiva más importante que he vivido hasta el momento. Comprendo que la vida es un espacio temporal que asiste a muchas satisfacciones diarias que persiguen un algo grande que nos retribuye de algún modo el esfuerzo que conlleva no elegir el camino más fácil.

Aparecemos por las calles de Montmartre y no hace falta darse cuenta de que París marcha a ritmo de Maratón. Lo dice le Sacré-Coeur, la Tour Eiffel, les Invalides, Notre-Dame y tous les lieux por los que dejamos ver nuestras sonrisas más sinceras. No pasa demasiado tiempo hasta que respondo a esa pregunta de a dónde irías si tuvieras que cambiar de rumbo. A París.

Veinte minutos de rodaje suave por Levallois-Perret a primera hora de la mañana siguiente reafirma la visión que tengo de mon quartier. Respiro profundo y por un momento recuerdo que mi objetivo es esa sensación de pararse el reloj para escuchar las sensaciones de un cuerpo que atiende a las razones del esfuerzo y la dedicación. Correr es mi modo de vida y mañana tengo que demostrarlo a lo largo de un recorrido que enamoraría a cualquiera. Las banderolas que cuelgan de farolas dicen la verdad. Esto es no es ni más ni menos que Courir dans la plus belle ville du monde.

Avanzan los minutos y la máxima presión que siento es la de no haberme olvidado nada cuando me sitúe en la línea de salida. Cuál es el ritmo, me preguntaré al salir y recordar todas las idas y venidas por el Besòs, todos los barcos divisados al llegar al mar, los amaneceres y anocheceres unas veces especiales y otras tantas para no recordar. Al fin y al cabo todos los kilómetros de preparación en los que decidí no detener la cadencia de mis pasos a pesar del dolor y el cansancio. Qué más decir sobre la velocidad, si la estrategia de carrera que más orgullo me daría sería la de volver a situarme Al Otro Lado De La Meta.

Se acerca el despertar más mágico que puede contemplar alguien que asiste a un examen que se aprueba con la ardua tarea de correr casi tres mil kilómetros en un año. Cierro los ojos e imagino la línea de salida. Pase lo que pase allí estaremos mañana para correr por todos los que no pueden estar aquí con nosotros. Porque al fin y al cabo, esto de sumar kilómetros no es una competición, sino la manera que tenemos los maratonianos de pisar el asfalto con la contundencia que precisan los tambores que anuncian el cumplimiento de un Gran Sueño.

Bienvenidos de Nuevo. Por fin ha llegado el día del Marathon de Paris 2014.

Francis Campos
Levallois-Perret, 5 de abril de 2014.

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Bienvenidos a mi Segundo Sueño: Marathon de Paris 2014

“Sueña con correr. La victoria más importante no está en el tiempo, sino en el intento”.

Jesús Chinchi – BC Team Marathoner 2h52′

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Es duro esto de correr maratones, me digo.

Hasta pienso demasiado en las palabras que me dirigen cierta tarde en cierto lugar de Barcelona: “¿Y con esas piernas vas a correr maratones?”. En ese instante agacho la cabeza y recuerdo los duros momentos que he vivido en los últimos meses. No es fácil ni esta recomendado terminar una maratón y ponerse a preparar otra. Es un desafío que tiene sus consecuencias, y más allá de lo que opina nuestra poderosa mente que estalla de júbilo al cruzar la meta, el cuerpo tiene unas reglas y unos pasos que no se pueden saltar.

Pasan los días y es difícil entrenar sin encontrar algún pero. Lejos quedan ya la Behobia y Lanzarote, las piernas volando por sí solas, ese empuje justificado por El Maratón, que te pone tan fuerte. De pronto estamos en enero y al pasar los Reyes Magos por la puerta de mi casa me percato de que faltan 3 meses para el Maratón de París. Qué estoy haciendo aquí, me repito consecutivamente como un disco rallado.

Avanza el mes y no llego a perder la forma. Pero la verdad es que estoy cogido con pinzas. Entra febrero y añadido al gemelo avisa el talón: 10 días parado. ¿Qué hago? Me pregunto. Entonces me subo a la bici y voy a nadar cada día. Finalmente, al aliviarse el dolor corro lentamente sobre el césped del Besòs. Subo de peso y pierdo las pocas buenas sensaciones que me quedaban. Regreso a los entrenamientos y me siento perdido. Me falta todo, pero lo peor de todo es que he perdido la ilusión.

Marcho a trabajar cabizbajo, y salgo de la oficina cargando con desgana con la mochila. Al menos tienes que intentarlo, ¿no, o te vas a rendir ahora? Me dice algo dentro de mí. ¿Y tú eres el de Reto Frankfurt? Me repito a cada instante. Siento frío, ese frío húmedo que te abraza inevitablemente a la hora en que las personas normales están cenando. Corro hacia el mar pasando siempre por el Puerto de Badalona, como si allí me esperara un barco que viene a rescatarme.

Aprieto los dientes en cada zancada y sufro como nunca cada kilómetro que recorro. Jamás he padecido tanto físicamente como ahora. Llego a casa sin fuerzas para nada. Las dificultades con algunas personas a las que aprecias tiran al traste las esperanzas de sentirse empujado por un ambiente positivo. Es el ciclo de la vida, que a veces también toca fondo, y estar a mil kilómetros de casa tampoco ayuda. Qué voy a hacer si paro de correr, me pregunto. Si este es mi medio, si esta es la forma que tengo de expresarme, de meditar, de demostrarme a mí mismo que tengo un objetivo que se llama 42 kilómetros y 195 metros en una de las ciudades más bonitas del mundo.

Pasan más días y de pronto anochece. Hasta parece que entra la Primavera. Sonrío y dejo atrás la Mitja de Barcelona. Comprendo que la vida otorga grandes beneficios a las personas constantes y perseverantes. Si de ilusiones se vive, la vida acaba encontrándolas por doquier. Y llega un momento en que los sueños son pequeñas metas alcanzables que dejan a un lado a los miedos y a todos aquellos que te traen las lágrimas que sueltan en cada despertar.

Hoy me veo en París. No mido los tiempos. Al correr sólo me preocupo de encontrar mis mejores sensaciones. Escucho a mi corazón y saco todo lo malo que en los momentos de debilidad trata de atraparme. Hoy es el día en que vuelvo a sentirme Maratoniano. Vengo a medir mis fuerzas contra mi peor enemigo: yo mismo cuando otorgo valor a las cosas que no puedo controlar. Es tiempo de vivir y de soñar, y yo estas dos cosas las fusiono en el mismo instante en que empiezo a correr…

Bienvenidos a mi Segundo Sueño: Schneider Electric Marathon de Paris 2014 – 6 avril 2014.

Francis Campos Jareño

Barcelona, 28 de marzo de 2014

MUEVELCULO

Blog de caracter informativo, en el que se realizan publicaciones semanales relacionadas con la práctica deportiva y la actividad física. Porque se trata de ganar calidad de vida, empieza a seguirnos desde hoy mismo y no pierdas la oportunidad de mejorarte día a día

MTB, running y otros divertimentos

Triatlón en Granada, rutas MTB y Running.

El Blog de Marcela Talero

Sobre temáticas de Psicología y RRHH.

Mi Gran Sueño - BMW Frankfurt Marathon 2013

Los primeros 30 kms los corres con tus piernas. Los 12 siguientes, con tu mente. Los últimos 195 m, sólo tu corazón puede vencerlos.

Córrer, el repte dels 45'...o no ;)

Corro perquè m'agrada, ras i curt

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"La vida comienza por un sueño que te estremece en la mañana" (F.Campos)