CRÓNICA DEL DUATLÓN DE FERNÁN-NÚÑEZ

duatlon_sprint_fernan_nunez_2015_cordoba_fotos_triatlonfit_0077

Quizás quien hace una prueba y queda en la cola se retira gacho y no vuelve a las andadas. El triatlón no es una carrera popular en la que un caballo trotón se camufla y medio cubre el expediente. El triatlón es un deporte donde la gente se prepara y se presenta con las credenciales de que por lo menos ha realizado el duro trabajo de hacer un poquito de todo cada día de la semana. Eso es lo que aprendí después de correr mi primer duatlón, en el que me faltó jugármela al sprint con el coche escoba después de completar el mejor cinco mil a pie que ahora mismo recuerdo.

Nunca es suficiente, piensas después de cada sesión de entrenamiento. Porque tres deportes requieren una dedicación que muchas veces ni trabajando de mañanas podemos asumir. Y si ya trabajas 10 o 12 horas, busca el hueco para no irte directo al final de la clasificación. Pero quizás en eso está el secreto de la preparación, en que la mezcla de todas las disciplinas al final te permite avanzar poco a poco, aunque demasiado poco a poco.

Cuando entré en este mundo se me hizo un poco grande. A lo mejor porque no tuve una guía, un referente, un nada que no fueran los clubes ciclistas o de atletismo en los que fui socio. Y el triatlón no es ni una ni otra cosa, y además se le suma la natación, cuyo significado aún desconozco y cuyo nombre no sé ni pronunciar. En definitiva, un desastre desastroso y la necesidad de una paciencia que jamás tuve para otras cosas.

Pero me llenaba. Me motivaba el triatlón. No me importó quedar detrás del todo, allí donde al llegar nunca quedaba mi talla de camiseta. Sufrir y no sentir que controlaba ritmos, ni cadencias, ni tiempos, ni sensaciones, y si te pasabas, ibas directo al barranco. Aquello era diferente. Tan diferente, que me enganchó como el que se prepara para un Reto a sabiendas de que posiblemente nunca lo conseguirá alcanzar.

Me fui solo a Fernán-Núñez una tarde en la que el mejor plan era o playa o sofá con aire acondicionado. Al repostar, el chico de la gasolinera me miró con compasión. Menudo imbécil, pensaría mientras yo marchaba con el caloret del sur y avanzaba kilómetros a la vez que avanzaban los grados en el termómetro. Ni un alma en la carretera y todo el mundo en el pueblo cordobés que nos esperaba.

Me gusta Córdoba por el trato de la gente y por la afición por las cosas bien hechas, el buen comer y sus lugares con encanto. Y el duatlón no fue menos. Un circuito exigente con un clima extremo. Nada de llanuras para los amantes de las medias de pulsómetros de quinientos pepinos. Unas buenas piernas, sudor a chorros, litros y litros de agua cada vez más caliente, y un par que nunca vienen mal si la cosa de pone tonta.

En eso, me situé en la salida un poco por delante de la mitad, por si colaba y hacía un puesto coherente, digo yo, en el percentil cincuenta al menos. Así que salí como un toro de Osborne, corriendo como si no hubiera un mañana por los callejones del pueblo, cincuenta metros y frenada y así sucesivamente como en el patio del cole. Una ratonera, un sube y un baja y así hasta completar dos vueltas en las que el ritmo de los duatletas y del público no decayó ni un instante.

Me subí a la bici más contento que un rucho. Casi pillo al segundo grupo de la emoción. Pero Cancellara se había dejado el motorcito en casa, y la Colnago pedía gas donde sólo había Casera desventada. Me dejé lo que tenía, después de los intercambios de bebida con todos los cadáveres que iban y venían por el circuito. Le di candela, pero los casi cuarenta grados no eran una broma y después de un cinco mil por debajo de cuatro, o reculaba o las iba a pasar putas en el último segmento.

Así llegué a la transición mientras la Speaker pronunciaba mi nombre como si delante acabara de llegar Gómez Noya. La emoción se me fue al cambiar repentinamente mi dorsal por el del ganador que estaba entrando en meta. Y ahora a correr que se las pela, me dije mientras el gemelo amagaba con dar la lata y estropear mi decente participación en el caluroso evento. Apreté una vez más los dientes y me lancé por los toboganes de Fernán Núñez mientras repostaba en todos los avituallamientos. La gente aplaudía sin parar. Y yo aplaudía en mi fuero interno a toda esa gente y al pedazo de organización de la carrera.

Enfilé la última recta santiguándome una vez más y con ambos puños apretados como quien celebra una nueva victoria personal. Al fin y al cabo me sentí victorioso sin saber que estaba entrando el 29 en mi categoría, Absoluta Masculino. Contento del derroche de esfuerzo, de la experiencia y de las tantas sonrisas que tuve gracias a una organización de diez y a un pueblo entregado al Duatlón y al Triatlón. Esta es mi humilde crónica, sin tiempos ni grandes consecuciones. Esta es la batalla de alguien que un día dio el primer paso, y ahora se propone dar el segundo.

 Francis Campos Jareño

Brenes, 7 de julio 2015

QUIEN NO ARRIESGA, NI JUEGA, NI BUSCA, NI ENCUENTRA

Quien no apuesta no gana. Quien  no arriesga, ni juega, ni busca, ni encuentra

(Francis Campos)

 
DSCN4603 - copia (960x1280)

Estas palabras se las regalo a todas aquellas personas que persiguen un sueño. A los que amanecen con una sonrisa. Y a los que a lo largo del día se esfuerzan por perseguir incansablemente ese Reto a veces imposible.

No pasa nada. Me digo. Otra vez será, refunfuño entre dientes en segundos sonrientes. Entrenar para esto. Esta es la preparación para esa empresa grande que me ronda en la cabeza. Un día más y otro más sin un premio. Sin un por qué. Sin una idea más clara que el porque sí de cada mañana al despertar.

¿Qué hago aquí? Me pregunto.

Y no encuentro una respuesta. Sólo que me siento feliz. Que soy feliz con lo que hago y con la vida que llevo. Y me parece suficiente y necesario. Así que camino otra vez, sin descanso.

Regreso a casa como otras veces en las que te dejas la piel. Para qué tanto rollo y tanta preparación, me sigo preguntando. Para qué la excelencia en todas las facetas de la vida. Para qué combatir una y otra vez las dificultades encontradas. Para qué perseguir hasta el infinito esa cosa perfecta indescifrable, con esa vitalidad incansable e invencible.

Entonces me respondo que quizás porque merece la pena. Estoy seguro y por eso sigo aquí. Quizás porque al final del camino está la recompensa. Allí entre toda esa gente que en ocasiones pronunció tu nombre como el don nadie que mediocremente se lanzaba hacia el vacío. Llegará un día en que el vuelo sea un hecho y caminar la excepción. Llegará un día en que los sueños sean eternos y todos esos momentos de esfuerzo alcancen su cometido.

La lucha no es gratuita. Se paga un alto precio por no pelear, por rendirse, por justificar el fracaso, por no levantarse cada mañana con ganas de arrasar y avanzar infinitamente por la continua senda de la preparación. Esto no es un concurso, pero no es una broma. No llegarán todos a terminar lo que empezó. No será justa la existencia con cada participante. Será extenuante la persecución, pero gratificante la constancia y la tempestad de la perseverancia.

La humildad se abrirá hueco entre las brumas del pesimismo, y reinarán palabras sonreídas con los mismos labios que buscan contagiar al mundo de esa garra que enfurece sin descanso. Merecerá la pena continuar a contracorriente. Merecerá la pena, seguro, la vida personal convertida en los momentos de libertad más extenuantes. Una vida repleta de satisfacciones donde nada ni nadie importará en nuestra búsqueda incesante. Donde libremente escogeremos la manera de sonreírnos a nosotros mismos y a los demás. Donde algún día, después de esfuerzos y más esfuerzos, después de lágrimas y satisfacciones, después de desánimos y momentos de motivación, hallaremos el Éxito donde otros pasaron de largo por no arriesgar sus momentos en la zona de confort…

Francis Campos, Brenes 1 de julio de 2015

CRÓNICA DEL ZURICH MARATÓN DE SEVILLA 2015

El maratón no es un fiel amigo. No espera de nosotros menos que mucho a cambio por lo poco que nos da. Un manojo de grandes esfuerzos por el segundo de gloria que supone cruzar la línea de meta. Eso es el maratón. Ni más ni menos. (F.Campos)

Francis Campos - Zurich Maratón de Sevilla 2015 - (Foto de Mon Carrera)
Francis Campos – Zurich Maratón de Sevilla 2015 – (Foto de Mon Carrera)

No es que lo piense ahora. Siempre le he tenido mucho respeto. Incluso cuando parece que lo dominas y que puedes salir airoso de los momentos que pasas con él, siempre queda esa sensación del qué hubiera pasado si las circunstancias hubieran sido otras.

Me encaminé hacia el Zurich Maratón de Sevilla con la idea de hacer el mejor resultado posible dentro de unas condiciones físicas y personales determinadas. La pretensión que siempre tuve fue la de disfrutar y la de dar lo mejor de mí. Entrené lo máximo posible dentro de los complicados horarios y las bajas temperaturas que encontré al correr por las noches siempre en solitario por las calles de mi pueblo. Era ese loco con un sueño que a veces perdía la orientación y las ganas de colocarse en la línea de salida.

Mantuve la esperanza de alcanzar un gran resultado después de los logros personales conseguidos en la San Silvestre Cordobesa y en la Media Maratón Isla de la Cartuja. Sendas mejores marcas personales me garantizaron esa chispa, carente en mis dos anteriores maratones. Iba por el buen camino, para qué negarlo. Y así avanzamos por el invierno de la vega del Guadalquivir, como ese muchacho incansable que siempre se ponía las zapatillas pasara lo que pasara. Aunque realmente no quisiera, porque el Reto era lo más importante. Y no los medios para conseguirlo.

Cambiaron muchas cosas con respecto a los años anteriores. Ahora tenía más experiencia y mejores marcas. Me conocía mejor, así que podía cuestionar más cosas de mi rendimiento físico, de los métodos, de la climatología, de la mente y del corazón. Era yo, pero otro yo más real. Menos sentimental. Más pragmático y menos condenado a depender de cuestiones ajenas a la propia decisión única de avanzar.

Quise dar un paso en mi vida como aficionado al deporte y empezar el curso de Entrenador Nacional de Triatlón Nivel I. Formaba parte de la primera promoción de Andalucía. Tuve la curiosidad de querer ir más allá de mi propio cuerpo. De querer valorar otras oportunidades que no necesariamente tenían que ver con mi rendimiento físico. Y aunque tuve, por tanto, la visión de querer empezar a ayudar a los demás, también estuve en disposición de mejorar la autocrítica que debía hacerme ahora que me encontraba a las puertas de mi tercer maratón.

El punto número uno fue resolver que era yo el responsable único y exclusivo de mis victorias y mis derrotas. Por tanto, mis decisiones con respecto a mí, y la interacción que pudiera tener con el medio que me rodeaba eran suficientes para determinar el punto al que sería capaz de llegar. Y con esa visión, el domingo 22 de febrero, al sonar el disparo de salida del maratón de Sevilla me lancé de nuevo a batirme contra mi peor enemigo. Yo mismo.

Bajo una temperatura formidable, atravesamos la Cartuja y después ronda Triana para cruzar al otro lado del río y empezar a entrar en situación. Una señora gritaba allá por el kilómetro cuatro aquello de “venga, que ya está ahí el Estadio”. Pero la meta, sin embargo sería cada kilómetro recorrido, cada paso sobre un escenario espectacular. Mi preciosa ciudad con todo lujo de detalles, con el público abarrotando la calzada allá por el cruce del Paseo Colón con Reyes Católicos. La gente estaba comenzando a llenar las calles, y eso era un plus muy importante para todos los maratonianos que estábamos allí.

Fue en el kilómetro ocho cuando apareció de pronto un compañero inesperado. Mi amigo Isaías, de negro camuflaje, se convertía en el mejor aliado en esos momentos en que el cuerpo comenzaba a adaptarse al asfalto. Las sensaciones estaban siendo fantásticas. Objetivo: Mejorar mi mejor marca. Y para eso tenía que correr con mucha paciencia. Conservador. Prudente pero alegre al discurrir por las calles de la Capital.

Estuvimos juntos hasta el kilómetro dieciocho. Momento a partir del cual nos soltamos para que pudiera seguir avanzando hacia una nueva meta. Mi carrera solitaria hasta el final del recorrido. Y así pasé por la media maratón con un tiempo similar al de París, entero y contento, echando mano del primer gel y preparándome para la segunda mitad del recorrido, que ya sabía cómo iba. Quedaba entonces lo más duro, que coincidía con lo más bonito de la ciudad, y a su vez con los puntos donde los espectadores se habían echado a las calles a animar a los valiente corredores. Todos aquellos pequeños héroes que al fin y al cabo estaban allí para cumplir una vez más la pretensión de cruzar al otro lado de la meta.

No fue un shock cuando se me montó el abductor en el kilómetro veinticinco y tuve que ceder bastantes segundos progresivamente durante cada kilómetro que pasaba por el barrio de Nervión. Estaba ante efecto del examen de rescate del día anterior en el curso de entrenador. Pies de braza durante cien metros arrastrando al rescatado. Aprobado. Y el rescatador se había convertido en el ángel caído que aterrizaba dando bandazos hasta llegar al kilómetro treinta, para finalmente comenzar a caminar por culpa del fuerte dolor que sentía en cada zancada.

Quien me conozca sabe que jamás hubiera detenido mis zancadas de no ser por un hecho así. Fueron momentos duros, en los que no busqué las causas ni los motivos, sino la respuesta a aquel hecho devastador que estaba tirando por tierra la preparación de todos aquellos meses. Qué iba hacer ahora, me pregunté. Ahora que ya nada sería igual.

Sin embargo no me inmuté. Me hice responsable del momento y no decaí. Asimilé las circunstancias y caminé unos segundos a la vez que la gente gritaba. Algunos incluso me ofrecieron agua, ayuda, palabras de ánimo. Todo porque continuara. Y eso es lo que decidí que iba a hacer. No detenerme. Porque tampoco iba a faltarle la palabra a mi amigo Manuel Arjona, a quien en silencio le había dedicado cada frío entrenamiento desde el mes de diciembre, a quien quería honrar con mi humilde avance, con mi pisada, con mi corazón y el estandarte de cada zancada.

No iba a rendirme así como así ahora que ya no tendría sus consejos y su compañía. Ahora que había decidido dedicarle todos mis esfuerzos deportivos y mis logros personales. Así que empecé a correr suave hasta entrar en el Paseo de la Palmera por el Benito Villamarín. Lo intentaba, qué duda cabía que lo estaba intentando. Acababa de perder el globo de las tres horas y cuarto. Pero no importaba, iba a seguir avanzando. Y entre tanto se subía de nuevo el abductor y la musculatura al compensar la cojera se estaba empezando a acalambrar. Las piernas se bloqueaban y dolorido tenía que empezar a caminar de nuevo. Me estaba desgastando.

Imposible. Me repetía una y otra vez. Faltan demasiados kilómetros para llegar. No podré terminar. Pero algo dentro de mí no obedecía a esos comentarios. Y no era fácil obligarme a continuar. Porque no podía moverme, porque desconocía aquella sensación que nunca había experimentado en los miles de kilómetros que llevaba corriendo durante años. No era capaz de moverme.

Para entonces me crucé con bastante gente que como yo, sufría algún mal que le impedía correr, y les animaba, como podía, porque lo importante era no parar si ello no se convertía en algo que pudiera provocarme lesiones de por vida. Tenía un gran Sueño, y alcanzarlo dependía en primer lugar de no fallarme ni de fallar a todas aquellas personas que me habían apoyado siempre.

Y pasó que antes de llegar a Plaza España un trail runner veterano ataviado con la indumentaria reglamentaria para la montaña, me adelantó y me dijo: “ni se te ocurra rendirte, compañero”. Iba a ser muy complicado. Tan sólo habíamos llegado al kilómetro treinta y cinco y mi cuerpo estaba devastado por las dolencias.

Seguí corriendo, lento, pero corriendo.

En Puerta Jerez pude contemplar algo que muy pocas veces antes había visto. La gente se agolpaba animando como nunca. Era el comienzo de una hilera de personas que se mantendría intacta hasta el puente de la Barqueta. Qué emoción para cuánto sufrimiento. Era el momento de no dejarse vencer por el miedo, por la derrota de no haber logrado mi objetivo de tiempo. Era la situación perfecta para demostrarme a mí mismo de lo que era capaz. Qué fácil hubiera sido hacer lo contrario corriendo en casa. Y de qué me hubiera servido cambiar el rumbo.

Cruzamos la Alameda un señor mayor y yo empujándonos el uno al otro a no menos de siete minutos por kilómetro. Éramos corredores caídos en la multitud de valientes compañeros que nos adelantaban sin parar. El globo de las tres horas treinta nos pasó arrollador antes de salir a la Barqueta con todo el batallón de seguidores empujándonos a su paso como si no hubiera un mañana. Aquello era un maratón y nosotros unos simples guerreros en busca de la Meta.

No estaba siendo fácil verse adelantado durante tantos kilómetros. De vez en cuando agachaba la mirada para no sufrir más, y cerraba los ojos al apretar los dientes buscando una salida, una medicina fugaz que me devolviera a otro momento más placentero. Entonces levanté la mirada y me dispuse a cruzar el puente. Y de repente mis piernas sufrieron otro tremendo varapalo. No podía más y mi amigo continuó cuando en el penúltimo avituallamiento tuve que parar para no desfallecer. Llevaba varios kilómetros sin detenerme a pesar de los calambres y dolencias desde las caderas a los tobillos. No podía más.

Pero seguí corriendo y caminando, y en el kilómetro cuarenta eran muchos los espectadores que caminaban dirección al estadio. Compañeros finishers, familias en busca de sus familiares corredores. Gente que animaba sin parar y que me vio llorar a lágrima viva de dolor, con la cabeza gacha y las gafas de sol brillando a causa del reflejo de la luz inmensa del alegre día sevillano, tornado en verdugo del valiente derrotado. Y allí estaba yo, otra vez más, cruzando la última curva antes de bajar la rampa que daba entrada al túnel del Estadio. Con varias bicicletas rodeándome y ofreciéndome bebida. Con la gente al otro lado de las vallas gritando el nombre de mi dorsal. Como si realmente fuera alguien importante. Como si de verdad me hubieran hecho entender que lo más valioso de todo aquello era haber llegado hasta allí. ¡Vamos Francis! ¡Vamos que ya estás llegando!

Bajé hacia el túnel como pude, y entré en el Estadio apretando los puños y sin dejar de correr. Era mi gran momento, los últimos metros de mi sufrido camino hacia el final. Los ciento noventa y cinco metros de mi tercera maratón. Era la satisfacción de no saberme doblegado ante un mal día. El gran logro del desconocido que no esperaba cruzar la meta pero que estaba ahí, demostrando mucho más que nunca. Pero sobre todo, eran los últimos segundos de un silencio que dejaba constancia de que esto de ser Maratoniano no tenía nada que ver con salir en la foto de los buenos momentos, solamente de las partidas ganadas. Sino con que al final del camino, las personas que tenían éxito, eran las que nunca se rendían cuando todos las creían vencidas. Entre tanto, ella junto a la meta gritaba mi nombre sin cesar. Me esperó porque sabía que no iba a retirarme. Porque sabía que aunque tardase, una vez más había decidido no rendirme ante nada, ni ante nadie.

Brenes, 1 de marzo de 2015

Francis Campos

Francis Campos - Zurich Maratón de Sevilla - Foto de Silvia Campos
Francis Campos – Zurich Maratón de Sevilla – (Foto de Silvia Campos)

De La RUTA DE CARLOS III a la MEDIA MARATÓN ISLA DE LA CARTUJA

Francis Campos - Ruta Carlos III Ciudad del Sol - Foto de Fernando Barriga
Francis Campos – Ruta Carlos III Ciudad del Sol – Foto de Fernando Barriga

Solía pensar que los entrenos eran indicativos del estado de forma de un deportista. Solía atreverme a cuestionar mi estado de forma por el simple hecho de no cumplir las expectativas de una tabla con números, por no ignorar las instrucciones de un cuerpo que sabe más por experiencia que por lo razonable de unas pautas concatenadas. Solía pensar que la aritmética y el correr un maratón eran cosas que iban de la mano, que entrenar más era siempre mejor y que seguir, por ende, los pasos de quienes son atletas profesionales era lo más próximo a alcanzar el mayor de los éxitos dentro de unas determinadas posibilidades. Solía pensar todo eso. Pero me equivocaba.

Ya no amanecí más ninguna mañana para correr. Sólo para ir a trabajar a mi nuevo trabajo. Ya se acabaron desde hace más de un mes las temperaturas por encima de diez grados, la compañía en los duros entrenamientos y la siempre imponente motivación para correr un Maratón. De pronto, me sentía arrepentido por haberme apuntado a esta panzada de correr kilómetros. No me gustaban estas circunstancias poco propicias para disfrutar, rendir, y ni tan siquiera para minimizar el estrés diario provocado por un cambio de rumbo geográfico, laboral y personal.

No me nacía correr. Esa era la cuestión. Que ya estaba harto de llegar de trabajar a las tantas y salir a correr noventa minutos a las nueve de la noche. Y más harto aún de tener que hacerlo a temperaturas más bajas de las que acostumbraba. No quería estar más tiempo así. Para qué seguir si para colmo bajar de cinco minutos por kilómetro en los rodajes era la gran proeza de la jornada. Malditas sensaciones, ganas y sueños sin sentido. Si hubiera sido de esas personas que sólo hacen lo que verdaderamente les hace feliz en cada momento o paso que dan, probablemente este Reto del Zurich Maratón de Sevilla 2015 se hubiera ido a pique hacía ya bastantes días. Sin embargo, hacía mucho que pensaba que la felicidad máxima de un gran momento depende de los esfuerzos y penurias que uno esté dispuesto a experimentar. La satisfacción de un momento determinado no puede compararse con cumplir un Sueño. Son cosas muy diferentes en calado y relevancia.

Por eso, al final decidí continuar esta aventura de correr el maratón de mi ciudad. Estaba solo. Éramos yo y mis propias circunstancias. Mis piernas y yo. Y mi Gran Sueño allí al final, muy al final pero ahí, centrado en la diana, en ese punto que te miraba y te provocaba entre miradas y dudas de capacidad o perseverancia. Pero allí estaba yo de pie, con las lagunas de un estado de forma siempre incipiente y dubitativo, pero al mismo tiempo con la puntilla de esa mirada que se encamina al fondo del asunto, hacia ese punto del horizonte al que muchos no se atreven a acercarse cuando las dificultades de la vida o de la meteorología personal se hacen latentes y persistentes.

Fue entonces cuando me inscribí en la Ruta de Carlos III Ciudad del Sol, y me encaminé hacia la salida en la población de La Luisiana para terminar corriendo por las calles de Écija. Me avisaron de lo aburrido del circuito pero en cierto modo pensé que no necesitaba demasiados aplausos para levantar el ánimo. Mal empezaba si medía la calidad de la carrera el bullicio de la gente gritando el nombre de los corredores durante todo el recorrido. Una carrera solitaria. Mejor. En eso consistía el trabajo de un corredor de fondo, en sobrepasar esa soledad que se podía llegar a sentir durante el camino. El que quisiera aplausos que se subiera al escenario de un centro comercial.

Es día me propuse un pequeño reto. Salir a un ritmo mediano pero más exigente que todas las medias que tenía en el histórico de tiradas largas hasta la fecha. Eso implicaba correr a un ritmo alegre pero no sufrir. Pero claro, casi 26 kilómetros eran una buena tirada y por otro lado mi mente necesitaba un pequeño caramelo. Así que con cabeza mantuve un buen ritmo creciente hasta el final y me salió un día de esos en los que el sol y el campo fueron el broche perfecto para venirme a casa con la sensación de ir avanzando a buen paso.

Ruta de Carlos III Ciudad del Sol - 25.850 mts 1h53'33'' - foto de Footing Pepito
Ruta de Carlos III Ciudad del Sol – 25.850 mts 1h53’33» – foto de Footing Pepito

Días después me vi muy castigado muscularmente. Así que tuve que pasar por un par de sesiones de chapa y pintura. Mi amigo Ciriaco Alba de Lüza Fisioterapia fue el encargado, como siempre, de ponerme a punto para la siguiente lanza del Maratón: La Media Maratón Isla de La Cartuja, en la que realmente vería mi estado de forma verdadero. Para entonces llevaba ya casi un mes luchando contra la báscula. Y es que tres kilos más que la temporada anterior, concentrados ya no sabía dónde, eran para buscar algún remedio rápido. Era finales de enero y el maratón estaba a la vuelta de la esquina. Y yo con la mochila, no. Con el mochilón.

Bajó la carga de los entrenos en la semana previa a la Media Maratón y agradecí enormemente ese hecho. El frío seguía siendo algo incómodo con lo que lidiar. La humedad de la pista de atletismo era la guinda de un pastel poco sabroso. Sin embargo, con todo el cielo sobre mí, podía divisar todas las estrellas cuando ya cansado de dar vueltas por el perímetro de mi pueblo, entraba en el ruedo para dar vueltas como un tonto. Éramos yo y los cuatro locos con prendas amarillo fluorescente a las horas en las que las personas normales cenan con sus familias o ven series y películas. Allí estábamos, yo y el de la moto comprando la felicidad de un momento incierto a cualquier precio.

Quizás por eso no me preocupé demasiado de la Media Maratón. Ni me puse nervioso ni se me pasó por la cabeza estarlo. Era el día en que tenía que disfrutar del Sol una vez más. Eso sí, con unos hermosos cinco grados a la hora de la salida y los manguitos en mis brazos sabiendo a gloria. La cosa es que salimos agolpados y a trompicones. Con poco orden, nada de cajones de salida ni chips de veinte euros en las zapatillas. Esto era otro rollo. Ni mejor ni peor. It was different.

Eso sí. La gente corría que se las pelaba. Y corría bien, nada de cadáveres cada dos por tres. Aquellos señores eran maratonianos de verdad. Así que yo también me dispuse a ser un alumno aventajado mientras mis piernas quisieran correr al ritmo propuesto. ¿Cuál? Uno que me permitiera bajar mi registro en Barbastro antes del Maratón de Frankfurt en 2013. ¿Con la mitad de kilómetros y tres kilos más de peso? Ni de coña diría cualquiera de aquellos alumnos tan experimentados.

Pero bueno. Cosas del destino, el reloj iba por un sitio, los kilómetros del circuito por otro, y mis piernas por los cerros de Úbeda. Pero iban, esa era la cuestión, que allí estaba el tío dándole carrete a la esperanza, imprimiendo ritmo a las zancadas y manteniendo alta la cabeza. Ese era yo, corriendo en casa y dispuesto a no liarla si las circunstancias eran buenas. Y así pasaba la carrera, con los primeros quince kilómetros casi dentro de la primera hora y los músculos preparando a la mejor artillería para salir a combatir el final de la carrera. Si apretaba los dientes mejoraría mi marca. Eso seguro.

Así que avancé más y con mejor cadencia, acercándome a cuatro minutos por kilómetro de una manera desconocida para mí en esa distancia. Sonreía a medias, y no sonreí nada cuando vi los tres kilómetros sobre grava que teníamos que correr antes de llegar a las inmediaciones del Estado Olímpico. Aquello era un recorrido rápido. Sí, señor. Era la mejor sorpresa del día, la mejor señal para que cada uno de nosotros pudiera calcularse su ritmo de maratón. Bendita tierra. Qué bien nos vino para las articulaciones, porque para los músculos se hizo el estropicio. Igual que el maratón de Frankfurt. Abductor izquierdo y gemelo derecho a punto de estallar en el kilómetro diecinueve. Muy cerca de cumplir un Objetivo, pero mucho más cerca de tirarlo todo por la borda.

Apreté los dientes. No del esfuerzo, sino de la rabia y el dolor que sentía cada vez que amagaba con armarse la de Dios. Todo el mundo adelantándome y yo que intentaba mantener la calma y minimizar el daño que me estaba haciendo el intentar correr sin romper el equilibrio de mis músculos. Allí estaba plantándole cara al momento de entrada al Estadio, con todos los compañeros animándome a seguir hasta el final, con esa media sonrisa regresando a mi rostro en un momento en que lo importante era cruzar #AlOtroLadoDeLaMeta. Eso era lo único que importaba y el objetivo más importante que debía perseguir. Como fuera, debía llegar y plantarle cara a un hecho desfavorable, pero también actor inevitable en el juego. Eso era el Maratón. Nadie dijo que fuera fácil. Por eso debía entrenar cada noche a pesar de estar cansado y no tener el cuerpo ni para quedarme dormido. Porque detrás de las tantas dificultades que encontramos en el camino, al final del todo la vida recompensa cada paso que damos y que nunca es en vano. Por eso y mucho más, por deberle todo esto a los que me rodean y me apoyan. Por eso y por mi propio tesón, al cruzar el arco de llegada puño en alto pude divisar mi mejor marca personal hasta la fecha.

Media Maratón Isla de la Cartuja. MMP 1h26'40'' - Foto de Rocío Barriga
Media Maratón Isla de la Cartuja. MMP 1h26’40» – Foto de Rocío Barriga

Francis Campos

Brenes, Sevilla. 25 de enero de 2015.

SEMANA 2: CRÓNICA DE UN 2014 CON FINAL FELIZ

Francis Campos - San Silvestre Cordobesa - 12º Clasificado Senior
Francis Campos – San Silvestre Cordobesa – 12º Clasificado Senior

2014 fue el año de la insistencia y las nuevas oportunidades. La transición hacia un punto de descanso en las piernas y los primeros pinitos en el triatlón. Fue un quise y no pude, un intento de ser mejor atleta a base de experiencia y dedicación. En definitiva, fue una legión de buenas intenciones que basaron su constancia en la paciencia e ilusión, y al final del camino acabaron otorgándose una gran recompensa.

El maratón de París fue la carrera más dura que jamás preparé. No por la distancia en sí sino por las circunstancias que acompañaron a cada día de la preparación. Una lesión en la parte interna del gemelo que duraría diez meses y que me haría bajar los entrenos de seis sesiones a tres o cuatro fue la gran limitación que me haría curtir las pieles de una mente que habría de correr por las piernas. Las retiradas en el último momento habrían de convertirse en la tónica general de los entrenos de series. Levantar el pie del acelerador en las carreras era ya tan habitual que perdí la ilusión por avanzar y recuperar mi peso y las buenas sensaciones. Iba a ser muy duro, pensé cuando me paré en la mitad del Test de Gavela cuando tenía intención de calcular el ritmo de maratón. Mi ritmo sería entonces el que marcara el corazón.

Después de aquellos cuarenta y dos kilómetros de carrera mental y grandes satisfacciones personales, me tomé en serio el aprender a nadar a la vez que recuperaba durante tres meses más el dichoso gemelo a base de masajes interminables. Entre tanto, soñaba con el Desafío Doñana 2014. Para poder disputarlo, decidí comenzar debutando en los triatlones sprint de Mataró y Mongat. Allí, la lectura fue que tenía todo por aprender y que lo más seguro es que muchas de las cosas que me faltaban para tener un nivel mediocre, ni siquiera con dedicación podría alcanzaras. Fue entonces cuando con rabia comencé a concentrar más tiempo libre en los entrenamientos tanto de natación como de bicicleta. Todo parecía ir sobre ruedas cuando aquella caída bajando con la bicicleta la Vallensana tiró al traste cualquier esperanza de progreso. Y como buen cavernícola que se empecina en conseguir lo que sueña, a la semana siguiente me encaminé hacia Andorra con todos los bártulos triatléticos, por si acaso las lesiones sufridas en el accidente se evaporaban y podía tomar la salida en el Triatlón Olímpico.

Y así fue como me encabezoné y resolví casi ahogarme en el lago de Engolasters y hacer cuarenta kms de bici con buenas rampas a treinta kilómetros por hora, por supuesto sin drafting al haber salido del agua casi en última posición. Y al final del todo correr los diez kilómetros con una única pierna, que sería la gran salvadora de la jornada. Definitivamente, no estaría en la salida de San Lúcar de Barrameda para correr sobre las dunas de Doñana, porque el agosto que me esperaba era de descanso y recuperación.

Entre tanto, y mientras iba pasando el verano, me fue dando tiempo a poner unos cuantos kilos y ponerme todo lo lento posible en la carrera a pie. Fue valentía y quizás provocación hacia mi integridad las intensas participaciones en la Mercé y en la Mitja del Mediterrani, donde los grandes esfuerzos de nada sirvieron, ya que pude resumir ambas jornadas en fiasco si se comparaban con la temporada anterior, y heroicidad si basaban su crónica en derroches físicos casi de libro de Stephen King.

Quizás por aquello de que cuanto más sufrimos y más desastres son los resultados de los logros que nos proponemos alcanzar, más nos gusta el Reto, no paré de entrenar en ningún momento. Ya iba pensando que algún día recuperaría un estado de forma que medianamente pudiera dejarme un buen sabor de boca. Y eso fue lo que me encontré de frente el día de rodaje en la Mitja Marató de Mataró, cuando las piernas bailaron al son del viento del Maresme, mi hábitat favorito para entrenar en mis últimas instancias en Barcelona.

Después de aquello pasaron en Sevilla semanas en las que hice buenas series y algunos rodajes en los que ir a cinco minutos por kilómetro era haber dejado el pabellón bien alto. Me topé con esa sensación de frío sureño que ya había olvidado, y esa soledad iluminada por un sol ardiente que bronceaba mi piel. Esa dureza que implicaba el avanzar porque sí, con la única razón de saber que lo inexplicable se explica cuando alguien deja de creer en ti y tú mismo te revelas contra todas las contrariedades que encuentras en el camino.

Sumergido en ese mar de confusiones, fui a Córdoba para hacer una carrera de diez kilómetros como primera lanza contra el Maratón. No corrí por convicción, ni ganas, ni devoción, sino por necesidad. Tocaba y punto. Así que allí me encajé resfriado hasta las trancas y con la hora un poco justa. A veinte minutos de la hora de salida y sin dorsal, con el sabor del café que me acababa de tomar en la Carlota, y la mochila de las Navidades a cuestas. No hice ni calentamiento, ni meditación ni preparación de ningún tipo. Simplemente me dediqué a observar durante unos minutos los múltiples disfraces de los cordobeses. Menudo fiestón del running, la San Silvestre Cordobesa.

Me lancé calle abajo cuando el disparo nos dijo que ya bastaba de jolgorio y que tocaba hacer algo por la patria. Se alinearon todos los astros porque unido a todas las demás desgracias, había olvidado beber agua y tenía la boca seca como una alpargata vieja. También había olvidado el GPS y partía más chulo que un ocho con mi Casio del año de la Polka. Menos mal que los relojes de los otros corredores pitaban exactos cada kilómetro, así que tuve la referencias de cada paso desde el inicio. Vamos, que ni de coña haría un carrerón. Pero no importaba. Allí estaba yo otra vez más dándolo todo.

Y como sucedió en Mataró, salí arriesgando. Controlé las piernas, pero imprimí ritmo a mis zancadas. Parecía mentira, pero estaba corriendo por debajo de cuatro con solvencia. Entonces pensé que debía caer. Cuándo. No lo sé. Pero persistí y pasé la primera vuelta en diecinueve minutos. Fue ya al pasar el kilómetro seis cuando pensé que en cuatro kilómetros no me daría tiempo a estrellarme porque la mente tenía fuelle como para soportar un estropicio en tan corta distancia. Así que a unos tres kilómetros de meta ya estaba seguro de que haría marca personal. Cuánto. No lo sabía.

Impuse más velocidad a mis piernas y me lancé sobre un grupo de ocho corredores que iban por delante. Miré el crono y adiviné que faltaría distancia para llegar a los diez kilómetros exactos. Pero no importaba porque aquel era el día en que me tocaba planear sobre Córdoba, y eso era lo importante. Hice el último tramo esprintando, como quien necesitaba más kilómetros para zapatear y se le quedaba corto el recorrido. Puño en alto, pasé al otro lado de la meta y me santigüé como el que agradece un día más poder correr y seguir cumpliendo pequeños retos que encaminan hacia otro más grande.

No era mi carrera contra nadie ni la comparativa versus ningún tiempo que no fuera el indicativo de que podía lograr mis metas. Eran la certeza de que podía hacerlo si era capaz de soñarlo con insistencia. Y es que esto no consiste en mirar hacia los lados y hacia atrás. Esto va de mantener fija la mirada rumbo al norte, de explorar nuevos horizontes y decidir que los pequeños derroches ponen broches a los días en que nunca se detienen los latidos de un corazón que tiene un Gran Sueño.

Francis Campos

Brenes, 2 de enero de 2015

Francis Campos - San Silvestre Cordobesa - 12º Clasificado Senior
Francis Campos – San Silvestre Cordobesa – 12º Clasificado Senior

EL COMIENZO DEL ZURICH MARATÓN DE SEVILLA 2015

Francis Campos - Estadio Olímpico de Montjuïc Lluís Companys - Foto de La Bolsa del Corredor
Francis Campos – Estadio Olímpico de Montjuïc Lluís Companys – Foto de La Bolsa del Corredor

Comenzaron los entrenos, pero desperté triste aquel día, nostálgico y con el corazón dividido. Acababa de arrancarme el alma por cruzar el tramo que separa a la vida del tiempo incierto, cuando todo fluye como el viento con la brisa que navega con el rumbo de la experiencia, la ciencia de ver pasar el momento exacto de los acontecimientos. Volví a mi tierra.

Quería correr pero no me nacía. Me asusté. No sabía qué me pasaba. Faltaban diez semanas para el maratón y debía ponerme las pilas. No era apatía, era angustia por haberme ido de Barcelona, estrés por no expresarme, por no haberle dicho a todas aquellas personas que quiero, que de verdad les echaría mucho de menos. Respiré con fuerza, como si quisiera expulsar ese sentimiento de atraparse uno entre la voluntad y la firme creencia de que avanzar era la premisa número uno si quería ser feliz.

Me obligué a salir, a abrocharme con tenacidad las zapatillas y abrigarme. Hacía frío en el sur. Necesitaba tener las cosas claras, clarificar las metas y dosificar el sufrimiento. Extrañar a grandes personas y no olvidarles era sinónimo de permanecer en sus vidas, mientras me recordaba que para recorrer los caminos de la vida precisamos a nuestro lado a gente que nos haga sonreír, y a la vez nos demuestre cuánto somos capaces de apostar por conseguir aquello que deseamos prolongar del sueño al despertar.

Deambulaba sin quitarme esos pensamientos de la cabeza. Y es que a veces, bueno, muchas veces pensé que qué cojones hacía preparando otra vez un maratón. Como si no fuera suficiente lo que ya había sufrido pisando el asfalto. Encima para lo mismo, para esa efímera sonrisa al cruzar la meta. Esa victoria personal de sentirse invencible en esa mística batalla contra uno mismo.

Sin embargo, cuando realmente decidí tomarme en serio esto de entrenar mi tercer maratón, el de Sevilla, no me paré a pensar qué hacía allí otra vez más porque estrenaba piernas nuevas, las que descansaban de esas cinco o seis sesiones de carrera a la semana desde el 6 de abril, cuando disfruté de aquel flamante día de primavera por las calles de París. Estaba allí de pie, listo para salir a correr, en mi pueblo, donde siempre, con oxigeno de verdad y con un camino que si te descuidas lleva a Madrid.

En cierto modo estrenaba piernas e ilusión después de varios días de esos en que uno se siente perdido en el regreso. Volaba de verdad y bien lejos. Dos semanas tonteando con los entrenos y de repente me veía cumpliendo tiempos y distancias según las indicaciones del mister Castilla. Estaba hecho un roble a pesar de los cuatro kilos que me tenía que sacar de encima. Vaya mochilón que debía dejar a un lado, y vaya las piernas cómo tiraban, me decía.

Pasó la primera semana, y con ella la primera tirada larga, la que hice en ayunas y con un gel preparado para meterle gasolina al cuerpo al pasar los primeros sesenta minutos. Madre mía, qué duro correr un sábado a las 7 a.m. sin luz y con una niebla de esas que tapaban hasta los sueños. Qué cerca veía el maratón y qué pronto estaba empezando a dejar de ver las buenas sensaciones de los primeros días.

En esas sentí de nuevo la soledad, esa de los momentos en que ansiamos aislarnos para divisar al fondo del camino todas nuestras ilusiones convertidas en realidad. Pero la misma que a veces nos deprime profundamente cuando comprendemos que esta vez sí que ha llegado la hora de correr un día detrás de otro completamente solo. Y como si nada, como cada vez que miraba al horizonte y me sentía perdido al no saber lo que me esperaba. Como ese día tal cual en el que me levantaba y decidía avanzar por inercia, a la vez que sentía dolor en las piernas en cada paso que daba. Mientras maldecía el momento en que pensé pagar el injusto precio de querer saborear lo que se siente al cruzar la meta una tercera vez llevando mi cuerpo al límite. Así es como entré en la segunda semana de entrenos que ya debía ser la cuarta, la de las Navidades en Valencia con la dificultad añadida de que el mochilón podía llegar a convertirse en un remolque cargado de turrón y tónica aliñada. Pero allí estaba otro año más rodeado de la mejor compañía en los eventos familiares y con las zapatillas puestas a primera hora de la mañana para cascarme la segunda tirada larga por la huerta valenciana, rodeado de ese olor a tierra mojada en ese campo iluminado por el sol más radiante.

Y fue entonces cuando me levanté y recuperé la sonrisa. Respiré la brisa que se desprendía del mar cuanto más me iba acercando a él zapateando con las K-Swiss, que ya iban pidiendo la hora para jubilarse. Al avanzar me repetía una y otra vez que no importaba la dureza del camino sino el fin del mismo. No importaba el rendimiento previo ni las pruebas creaban precedentes. Esos momentos eran batallas importantes porque la mente precisaba confianza y empuje. Eran la tralla que esculpía un cuerpo que no había nacido para esto pero que nunca se rendía. Eran la fe inmensa que me obligaba a no detenerme jamás. Eran, por tanto, el preámbulo de la hora de la verdad, de la claridad que empezaba a divisar al fondo del destino, el cielo convertido en la meta visible de una brecha unida con los lazos de la derrota y el éxito aprendido. Eran la flecha esquiva, la garra del esfuerzo y la impaciencia mordida. La senda de la vida repleta de pasos entrelazados, la venda caída, la raída creencia de verse arriba puño en alto entregando el corazón al instante de la Guerra…

Francis Campos

Valencia, 26 y 27 de diciembre de 2014.

ESTA ES MI BATALLA SILENCIOSA.

Mitja Marató Mataró 2014.   1h 31'41''
Mitja Marató Mataró 2014. 1h 31’41»

La vida está para incumplir las reglas. Y es que ningún sueño puede cumplirse si uno primero no desafía los límites a partir de los cuales se demuestra que el mejor de los resultados no es la media de los mejores aciertos, sino la gran excepción que un día hace formidable aquello en lo que ya habíamos dejado de creer.

Suena el reloj tres horas después de haberme dormido. No me importa el resto sino mi cometido, que es hacer una carrera constante y guardándome de esfuerzos que no llevan a ningún sitio. Miro mi principal objetivo y restan meses de tiempo para alcanzarlo. Aún tengo el sabor del gintonic de anoche, el que no pude evitar, el de la despedida.

Yo nunca seré un atleta de élite. Ni siquiera un miembro destacado de una carrera de pueblo. Lo digo con el gesto tranquilo. Ese que abraza el cuerpo de quien se reconforta con el simple esfuerzo que te hace mejorar cada día un poco. Aunque sea un poco. Sólo eso.

Mientras pongo la cafetera, pienso en todas esas anotaciones que aparecen cada día en Facebook. Esos estados y notificaciones que enseñan que quien dice sonreír realmente muestra un semblante triste. Quien dice demostrar ni se demuestra ni corrobora nada. Ni yo mismo sé qué hago con estas letras que en realidad sólo me pertenecen a mí y a mi forma de ver la vida. Las fotos lucen y deslucen los gestos. Muestran carencias y obedecen a la trágica energía que pierde el ser humano cuando necesita demostrarle a los demás que ha alcanzado algo que a nadie le importa. Sólo a uno mismo.

Como si cada uno de nosotros tuviera que reafirmarse una y otra vez ante personas que no significan nada, o que significando tienen sus propias ideas y preocupaciones. La vida fluye y nosotros tenemos la necesidad de comunicar, las ganas de gritarle al mundo mira lo que somos y este es el fruto de mi esfuerzo. Y además, soy mejor que tú. Que lo sepas. Como si no hubiera más personas por encima de nosotros. Si es que podemos comparar de tú a tú a los seres humanos sin caer en subjetividades.

Y es entonces cuando al otro lado alguien lee tus mensajes, tus estados y mira tus fotos, y piensa por un momento. No es que deba entrar al detalle de otras vidas. Es que realmente lo miserable y triste de esta vida es que hemos dejado de valorar el poder que precisa el silencio. La ausencia de palabras cuando significan algo grande. Algo mucho más increíble que quedarse quieto. Mudo. Callado y atento al pistoletazo de salida. Esta es mi carrera y la de nadie más. Es mi sueño. Fin de la cita.

En esas me lanzo a correr tras el globo de 1h30′ pensando en descolgarme en el segundo kilómetro. Sólo necesito saborear qué se siente corriendo una maratón a ese ritmo. Pruebo y pruebo, y me siento cómodo. Las piernas vuelan a pesar de que he dormido apenas tres horas. Es esa casualidad que cada vez que se repite trae buenas noticias. Sin embargo, consciente de que mi carrera pasa por ser un entreno de calidad, en el kilómetro nueve paso a ceder unos segundos. Y en el kilómetro diecisiete el cuerpo me reprocha ese único entreno realizado en los últimos diez días. Esos quinientos en subida por el parque del Retiro, después de reuniones interminables y madrugones ineludibles. Voy de lujo, me repito ya sin querer. Como quien se autorecompensa por la garra y la energía. Por la fe y el trabajo de quien regula y se deja caer, casi impulsado hasta la meta.

Encaro la última subida que arranca en los dos kilómetros finales. Esta es mi carrera. Llevo el reloj desbocado, perdido, exhausto desde el kilómetro tres, donde se decidió a empezar a contar. La respiración lenta me trae las buenas vibraciones que llevo meses esperando. Esto es running, esto es maratón, y este es el arranque de mi nuevo desafío. Ese comienzo que tarda meses en afinar, como la cacharra que se resiste a volar cuando para la gente ese afinar es la recompensa inmediata de exprimirse levemente. Pero aquí me hallo, preparado y atento a los nuevos pasos. Dispuesto a pisar el firme del Besós durante mi última semana en Barcelona. Esta es mi despedida. Es mi tregua conmigo mismo y contra el mundo. Es mi batalla silenciosa contra el Reto más grande que jamás me he propuesto. Bienvenidos al Maratón de Sevilla.

Mitja Marató Mataró
Mitja Marató Mataró 2014. Foto de Marcos Pozo.

Barcelona, 8 de diciembre de 2012

Francis Campos

Y ESTE FUE EL PUNTO DE PARTIDA

10 K Lanzarote Marathon 2013
10 K Lanzarote Marathon 2013

Miro el reloj y atiendo las últimas llamadas del día. Si consigo el bonus podré renovar mi bici. Será el premio para quien compite dentro y fuera del trabajo. No con los demás sino consigo mismo. Ese es el secreto para alcanzar el éxito, no nos engañemos.

Avanzo lento y guardo silencio. Tomo distancia con respecto a mi forma de pensar y pienso a la vez en todo lo que rodea al deporte. Ese aura de competición absurda a veces excitante, en otras ocasiones justa con la causa que agota cuerpos exprimidos. No soy para nada impredecible ni tacaño en los esfuerzos que dedico a perseverar. Cada paso que doy tiene un cómo y un por qué. Me debato entre los tiempos que dedico a repasar los mejores acontecimientos del día. Aquellas cosas que han pasado y que me han hecho aprender una vez más que no estamos aquí para ser independientes, sino interdependientes.

Llego a la piscina por obligación. Como cada día, me meto en el agua a regañadientes. Yo no tengo una brazada fácil. Lo dice quien llega el último cada vez, sin reservas ni reservándose nada. No es un farol el gritar en voz alta “yo no sé nadar” y además “me cuesta un huevo aprender” para después lanzarme a lo delfín mientras sacudo a otros con el oleaje que provoco. Es una asignatura pendiente. Eso, pendiente, que no para hoy pero sí para septiembre.

Hoy me lanzo a correr con mucha fe. Creo que puedo reconocer que no hay demasiadas cosas que haya hecho en la vida en las que no haya depositado toda mi ilusión y mi dedicación. Nunca he parado en una carrera, ni cuando avecinaba lesión. Nunca me he hundido en el mar a pesar de las dificultades y mis grandes prejuicios, ni en Andorra sin oxígeno y con el agua a 14 grados en aquel lago que parecía un infierno. Yo no me ando con calentamientos ni descansos y corro la mayoría de pruebas tras dormir como mucho cinco horas. Lo dice quien trabaja unas cincuenta horas a la semana y corre pase lo que pase, aunque se caiga el mundo en la ciudad en la que me toque dormir esa noche. Quien no descarta una salida nocturna ni escatima en vino ni lo en que surja una noche en la que todos duermen. Quien amanece en silencio y pedalea constante sufriendo una vez más. Como si nada.

No se llama cautela. Se llama oficio y se aprende después de haber corrido dos maratones en cinco meses a unos tiempos modestos pero de los cuales siempre me sentiré orgulloso porque eran fruto del esfuerzo depositado en más de tres mil kilómetros de entrenamiento. No significa no arriesgar sino maximizar los esfuerzos. No representa reservarse sino cruzar la meta puño en alto habiéndolo dado todo y con una sonrisa por haberlo logrado.

Siempre vivo en el preámbulo de mi vida deportiva. Quizás mis sueños son incipientes, pero suficientes para medir a cada uno de mis rivales. Capaces de ningunear a cada uno de mis diversos yo abstraídos y constantes en esta competición interna que se denomina supervivencia con uno mismo. En este constante reto que un día llamó a mi puerta cuando la vida se tambaleaba a mis diecinueve años. Y este fue el punto de partida. Y este es cada mañana mi punto de inicio.

El primer hábito que me acompaña desde entonces: “Sea Proactivo” (The Seven Habits of Highly Effective People, Stephen R.Covey), y tras respirar profundo antes de plantar el primer pie en el suelo me repito: “Somos lo que hacemos día a día. De modo que la excelencia no es un acto. Sino un hábito.” (Aristóteles). Y todo lo demás es pura decoración y ego sin estilo. La risa del pupilo que se compara con el yo de ayer. El que fue sin ser al ver cruzar barreras imposibles. No se trata de quién avanza más rápido, sino de quién vuela más alto. Y el despegue comprende sueños y silencios. Y al despertar obvia letras del olvido, y camina airoso y convencido de que en los lentos recorridos son mejores los avances, y por ende los caminos…

Francis Campos

@franciscampos86

Barcelona, 26 de noviembre de 2014.

.

EL ETERNO NÁUFRAGO (I)

Sands Beach Resort - Stage Reto Frankfurt (myfrankfurtdream2013.wordpress.com)
Sands Beach Resort – Stage Reto Frankfurt by LA BOLSA DEL CORREDOR (myfrankfurtdream2013.wordpress.com)

Cuando colgué los patines y el stick hace unos años para lanzarme a correr sin más idea que la de perseguir un algo que aún sigo buscando, quizás no era consciente del berenjenal en el que me metía.

Aquello de llegar antepenúltimo en un cross universitario hace ya algunos años provocó en mi tal dolor, que pasé de jugar liga nacional y campeonato de España por selecciones autonómicas a ponerme a correr como un loco. Sucedió que me saqué catorce kilos de encima, más de un disgusto y pasé de correr diez kilómetros en cincuenta minutos a correr un kilómetro por debajo de tres minutos y seguir llegando el último en algunas pruebas de milqui que disputaba por Andalucía.

Aparqué el hockey línea cuando aquellos tropiezos constantes se atravesaban delante de mi ego para decir: oye, eres un auténtico Sr. patatoe. Por aquellos años en los que me castigaba en las pistas de mi universidad a las órdenes de Benito Murillo, me machacaba de tal manera que inevitablemente un día de aquellos caí rendido, y lesionado.

Fue cuando se me metió en la cabeza comprarme una bicicleta de carretera por aquello del menor impacto articular y muscular. Y entonces, valiente de mi, pensé en un reto asequible. Por qué no disputar el duatlón de Herrera, donde el gran Emilio Martín estaría forjando sus grandes aptitudes como futuro Campeón de España. Hacia allí me encaminé llegando atropellado a la línea de salida y sin ninguna recomendación ni manual de instrucciones. Aquel desastroso día lluvioso la bicicleta me enseñó que a esto del triatlón había que tenerle un poco más de respeto. Sin embargo no todo fue malo. Aquel sábado primaveral de 2009 labré la mejor carrera de 5kms sobre asfalto que nunca he corrido.

Duatlón de Herrera 2009, Sevilla. MMP 5kms ruta 17'36''.
Duatlón de Herrera 2009, Sevilla. MMP 5kms ruta 17’36».

Después de aquello volvieron los traspiés, y por ende las lesiones. Mi rodilla izquierda me envió directo a la piscina. No sólo a tragar agua con cloro, sino a intentar sobrevivir. Y fue entonces cuando empecé a toparme con una realidad más que cruda en aquellas fechas. Apenas sabía nadar. Pero en el fondo quería hacer un triatlón, quería experimentar aquella sensación de controlar algo que era un descontrol total en mi experiencia como deportista.

Quizás cometí el error durante mucho tiempo de pensar que con constancia mejoraría la natación. Sin embargo, años después he comprendido que hacen falta muchas más cosas aparte de constancia para mejorar en algo en lo que ya de por sí nunca vas a llegar a destacar. Todo eso quizás después de haber sentido la sensación de ahogarme en el lago de Engolasters en el Triatlón de Andorra. Y nada más lejos de la realidad. Mi regreso a la aventura del triatlón después de haber corrido dos maratones en cinco meses por debajo de 3h10′ no es otra cosa que eso, una aventura de esas en las que uno nunca se sabe como va a acabar.

Lo cierto es que he dado mil vueltas a esto de ponerme a nadar. No hace mucho tiempo leí en un libro al que le tengo cierto aprecio (The four hour wordkweek, Tim Ferris) que dedicarle tiempo a aquellas cosas en las que no somos buenos es una pérdida de tiempo. Siempre que recuerdo aquella frase me entran ganas de ponerme los patines y echar a volar. Pero por otro lado, mi yo más interno duda. Sobre todo cuando me sumerjo bajo el agua, cuando cierro los ojos y comprendo cuánto sufro entrenando. Ya no por el desgaste físico, sino por la angustia de querer avanzar y aprender, y lo lento de los resultados obtenidos.

Pero cada día después del entrenamiento, ahora que estoy poniendo al final del horizonte mi siguiente desafío triatlético, me pregunto qué sería de la vida si los retos que tenemos fueran fáciles de conseguir. Qué pasaría si lo imposible no fuera cada mañana el impulso del primer aliento. Si he decidido continuar no es simple persistencia y cabezonería. Tampoco porque piense que voy a llegar a lo más alto. Es simplemente porque cada día al despertar comprendo que en mi corta vida, las grandes hazañas personales y profesionales que he conseguido han estado basadas no sólo en un constante esfuerzo, sino en la capacidad constante de llevar la contraria a todas las cosas y personas que se han interpuesto en cada uno de mis objetivos. Y este reto de aprender a nadar es uno de esos objetivos.

Francis Campos

Barcelona, 18 de noviembre de 2014

Entreno Swim VO2 Triatló - Sural (Cabrera de mar, Barcelona)
Entreno Swim VO2 Triatló – Sural (Cabrera de mar, Barcelona)

CRÓNICA DE LA MITJA MARATÓ DEL MEDITERRANI 2014

Mitja del Mediterrani 2014 - 1h32'42''
Mitja del Mediterrani 2014 – 1h32’42»

Dicen que esto de correr y entrenar hace que nos convirtamos en una especie de guerreros invencibles. Es tal la motivación que sentimos cuando entrenamos del modo en que de verdad queremos, que llegamos a pensar que somos seres imbatibles y, por ende, mucho mejor de lo que en realidad somos.

Sin embargo, nada de esto importa cuando al fin y al cabo acabamos asumiendo que más o menos somos otro más del montón. Y eso es en verdad lo primero que se me pasó por la cabeza el pasado domingo cuando crucé la meta de la Mitja Marató del Mediterrani 2014 con más sufrimiento de lo esperado. Lo cierto es que no pude pararme a pensar pensar, sólo de sentir que ya no sabía de lo qué era capaz después de verme derrotado por mis propias expectativas.

Pero luego pensé que por lo menos, y sin darle mayor importancia a aquel momento, sí que fui capaz de una cosa: de apretar los dientes sin cesar durante 21 kilómetros.

No me sale explicar en este momento cómo me encontraba desde que me desperté a las cinco y media de la mañana. Desde esa hora hasta la hora en que salimos, las nueve, el estómago me daba vueltas, al igual que la cabeza y los cinco sentidos. Aturdido en todo momento, salí a “ritmo cómodo” y sin verme desbocado junto a los otros corredores. Sentí en cada paso cómo era adelantado una y otra vez, aunque al principio no me importó.

No era capaz de correr al ritmo que quería y que en teoría debía resultarme fácil seguir. Y el hecho de permanecer entre dos y tres segundos por encima de mis predicciones no sólo me hacía perder las cuentas. También me estaba grabando a fuego dentro de mi mismo que no sería capaz de mantener esa constancia durante mucho más de once o doce kilómetros. Qué pasaría luego entonces, me pregunté a sabiendas de la respuesta.

Me seguían adelantando, y de pronto entré en ese bucle en el que uno se cuestiona la participación. Y acto seguido una retirada se convertía en la premisa número uno de los pensamientos más traicioneros. Esos que uno intenta obviar pero que, no nos engañemos, alguna vez hemos tanteado. Entonces, consciente de que no iba a ser un buen día, empecé a ceder diez segundos por kilómetro y redefiní mi objetivo. Hice eso que llamo tirar de la experiencia para no acabar sentado en una acera, y por lo menos terminar la prueba dignamente. Aunque a final de cuentas no fuera a sentirme nada orgulloso de mi mismo, y a la vez ese runner con todo por aprender. Como si cada paso que diéramos en nuestra vida de atletas aficionados fuera uno a sentirse un extraño en esto de correr que tan fácil parecía a veces.

Pero nada fue fácil el pasado domingo. Sabía que mi preparación no era la mejor, pero tampoco escasa o inexistente. Me entró la duda de qué pasaría si cambiara radicalmente mi forma de entrenar, o incluso mejor dicho, mi forma de vivir la vida. Qué pasaría si pudiera dormir ocho horas seguidas cada día, trabajar otras ocho, tener la mente despejada, viajar sólo una vez al mes y en consecuencia llevar una dieta ordenada y acorde a alguien que quema como mínimo mil calorías diarias haciendo ejercicio. Y si además, la mente no estuviera constantemente pensando en objetivos de venta casi inalcanzables, problemas de calidad, presiones y todos los tipos de estrés inimaginables. Todos esos problemas que en realidad son problemas porque así lo queremos nosotros mismos, y que al fin y al cabo provocan un desgaste de tal magnitud, que realmente llegan a pasar factura. Qué pasaría entonces si en ningún departamento comercial se trabajara menos de diez o doce horas diarias y uno tuviera la mente y el cuerpo concentrado en correr y hacer deporte. Quizás también seguiríamos siendo los mismos matados de siempre.

Ahora que levanto la mirada para analizar la carrera, no sé qué pasó exactamente por mi mente. Me cuesta volver la vista atrás y sólo recuerdo el momento de cruzar la meta con el puño en alto a la vez que pensaba joder, esta sí que me ha costado. Fue después cuando al llevarme a la boca el primer vaso de bebida isotónica, sentí el estómago alborotarse más aún que durante la propia carrera. No puedo descifrar el dolor de cada hora de después hasta las siete u ocho horas en que se tarda en digerir totalmente un alimento. Tampoco la sensación de abatimiento sobre la cama encogido de dolor, o más tarde en la Clínica Sant Jordi, donde los análisis me decían que todo estaba en orden. Menos mal, pensaba, porque si llego a estar jodido no quiero ni pensar cómo iba a encontrarme solo a mil kilómetros de casa.

Y así fue cómo al acabar toda aquella parafernalia médica, me dirigí hacia mi piso mientras el día se iba oscureciendo. En ese instante pensaba en esas limitaciones que uno se pone a veces. En ese no tengo cualidades para correr. Debo plantearme bajar el ritmo. Quizás los objetivos que me propongo son demasiado altos. En definitiva, en toda esa sarta de mentiras y gilipolleces que nos hunden aún más cuando estamos más que hundidos. Así que en esas me dormí, y en esas me desperté casi nueve horas después. Y no es que me sintiera especialmente bien, pero no se me ocurrió otra cosa mejor que hacer que volver a trabajar otro buen puñado de horas e irme por la noche a curar las heridas a la piscina.

Y es que las penas y los baches se curan y se traspasan con más entrenamiento. No es que no tenga claro el punto en el que me encuentro. Ya sé que hay metas que no puedo plantearme, pero también sé que aún no he conocido a mi mejor yo. Ya sé que he de aprender de todos los errores que he cometido, pero también soy consciente de que sin ellos no habría llegado al punto en el que estoy. Y también sé que nada en esta vida es definitivo, y no sólo las cosas buenas, sino también las malas. Quiere decir esto que un momento concreto no demuestra el estado de las cosas, por lo que el fracaso no es eterno ni el éxito duradero. Y tampoco quiere decir que estos estados no puedan ni deban evolucionar. Todo depende del esfuerzo acompañado de perseverancia y de la fe en uno mismo, que es más fuerte que todos esos pensamientos capaces de echar a perder la creencia de que somos invencibles. Porque no es que no haya nadie capaz de vencernos, sino que no ha de existir nada dentro de nosotros capaz de declararnos la guerra, y después ganarla. Para eso está el hecho de ponerse las zapatillas y lanzarse una vez más a batirse en duelo con el sufrimiento de jamás dejarse vencer por el dolor.

Mitja del Mediterrani 2014
Mitja Marató del Mediterrani 2014

Francis Campos

Barcelona, 21 de octubre de 2014

MUEVELCULO

Blog de caracter informativo, en el que se realizan publicaciones semanales relacionadas con la práctica deportiva y la actividad física. Porque se trata de ganar calidad de vida, empieza a seguirnos desde hoy mismo y no pierdas la oportunidad de mejorarte día a día

MTB, running y otros divertimentos

Triatlón en Granada, rutas MTB y Running.

El Blog de Marcela Talero

Sobre temáticas de Psicología y RRHH.

Mi Gran Sueño - BMW Frankfurt Marathon 2013

Los primeros 30 kms los corres con tus piernas. Los 12 siguientes, con tu mente. Los últimos 195 m, sólo tu corazón puede vencerlos.

Córrer, el repte dels 45'...o no ;)

Corro perquè m'agrada, ras i curt

KeepingExperiences

Life it's too short, just keep trying and do not look back

www.franciscampos.com

"La vida comienza por un sueño que te estremece en la mañana" (F.Campos)