ESTO ES SÓLO EL COMIENZO DE ALGO MARAVILLOSO

Francis Campos y Jesús Gómez Herrera - Control Federativo Pista de la Cartuja
Francis Campos y Jesús Gómez Herrera – Control Federativo Pista de la Cartuja

Es una de las personas más singulares y valiosas que conozco. Él está leyendo ahora estas líneas y seguramente su sonrisa está tornando a brillar. Como en esos días donde la ilusión llenó nuestras vidas de magia cuando el mundo se derrumbaba delante nuestra.

Hace ahora casi un año que nuestras vidas se cruzaron como parte de estas bonitas casualidades en la que el destino te depara experiencias maravillosas. Y sin esperarlo, lo que fue comenzar a correr juntos acabó convirtiéndose en un modo de vida. Un camino en el que correr era un punto más de todas las cosas que llegamos a vivir juntos.

Se caía el mundo y lo levantamos con el abrazo de dos personas que luchan en silencio. Él es más que un amigo, como un hermano. Es mi confidente, la persona que a uno y mil kilómetros conoce cada recodo de mi corazón. Gracias a él he aprendido a valorar la consecución de metas que no imaginábamos. Pero sobre todo el éxito que supone avanzar a escondidas mientras el mundo se convierte en un chat de experiencias superficiales.

Nuestras palabras las grabamos a fuego en nuestras almas. Siempre está al otro lado. Pase lo que pase, aunque descienda mi mirada en lares desconocidos que nadie entiende, él apacigua la furia de mi ser cuando se tambalea. Se merece todo y más, por eso le tiendo esta mano con la que abrazo su corazón infinito. Ahí estaré como estuviste tú gratuitamente cuando más te necesité. Cuando mis piernas se bloquearon por el desaliento del fracaso vital. Cuando me valió su ejemplo como persona que lucha incansablemente contra el mundo. Tranquilo, hermano, esto es sólo el comienzo de algo maravilloso.

Desde que corro con él, el deporte es nuestro reto y no sólo el mío. Mis marcas adolecen de importancia porque ya no las necesito. Ya no quiero más aplausos que verlo sonreír cuando consigue derribar cada una de las barreras que encuentra a su paso. Su éxito es el mío y viceversa. Y la dura tarea de navegar al compás de llevar la contraria a todos la emprenderemos juntos. Como aquel día en que todo empezó porque yo había tocado fondo. Como esos días en que acudes a mí y caminamos sin volver la vista atrás.

Hemos vuelto, y ya no hay marcha atrás. Este año mejor por el trabajo de la anterior temporada, por los entrenos de verano cuando el sol nos abrasaba y por los días en que el sol fue la única luz que nos alumbró.

Mi amigo, mi confidente, mi compañero. Levanta el alma porque nos espera el cielo. La mejor manera de planear mientras alzamos el vuelo. Es hora de olvidar los anhelos. Miremos hacia delante y brillemos como el fuego.

Francis Campos Jareño
13 de octubre de 2016

No podemos ser buenos en todo

Francia Campos - Triatlon Olímpico Sevilla septiembre 2016
Francia Campos – Triatlon Olímpico Sevilla septiembre 2016

No podemos ser buenos en todo. A veces incluso no podemos ser buenos en nada. No lo digo yo. Lo dice el vocablo bueno en función de con qué lo que compares.

No se trata tanto de la fiebre de competir empujado por el viento del reconocimiento. Lejos quedaron ya los aplausos. Lejos quedaron los recuerdos de cuando al desvanecerse todo fui capaz de comprender quién estaba y quien no estaba ya en mi vida.

Quizás todo esto no es más que una lucha personal en solitario. Por eso muchas veces no opino. Y callo. Guardo el silencio que me inspira el hecho de haber sufrido tanto derrotas como victorias. Y el hecho de que siga aquí es porque las primeras fueron bastantes más que las segundas.

Pero esos eran otros tiempos. Quizás lo que permanece, la esencia, es lo que perdura con los años. Ese punto alcanzado en el que ya no tienes que demostrar nada. Ese ni siquiera tener que dar las gracias porque has fletado un avión hacia el infinito en el que no viaja nadie más que tú como deportista. A eso me refiero con los likes y las sonrisas que mañana cuando sea un tipo tal vez distinto ya no existan. A estas alturas de la vida sé lo que se espera de mi. La respuesta es: exactamente lo que yo decida.

Y es que la vida no me ha enseñado más que a nadie. Pero sí lo justo para tomar mis propias decisiones y seguir mis propios consejos. Para ello, he pasado largas horas conmigo mismo en los últimos años y nada de esto es pura casualidad.

Lo pienso cuando salgo a entrenar. Cuando planeo un reto. No se trata de ser bueno. Ni se trata de ser el mejor porque en realidad nadie es bueno ni el mejor. La vida no se parametriza de ese modo, porque la verdad absoluta es un hecho que ni existe, y aun existiendo debería nacer siempre de nosotros mismos.

Por eso, la lente con la que miramos no ha de ser nunca ajena, sino la propia luz de nuestra mirada cuando mira hacia delante. Eso es realmente lo único a lo que nos debemos y lo que debiera darnos la felicidad plena. Mañana cuando termine todo sólo estaremos nosotros. Mañana cuando no tengamos nada y las circunstancias puedan ser difíciles veremos desplomarse todo a nuestro alrededor. Ese día llegaremos a la conclusión de que uno mismo es el mejor punto de partida y el mejor encuentro con la felicidad eterna. La propia expectativa es la que cuenta, la de cerrar los ojos y luchar por los sueños, la de abandonar la superflua mirada que sólo te abraza durante el éxito.

La soledad es solitaria pero fiel. Y el éxito es una de las cosas más efímeras que conozco. Y dentro de esa poca constante vivencia personal encontraremos mentes que cabalguen a nuestro lado durante la victoria. Las mismas mentes que al frenar nuestro paso desertarán. Las mismas que ayer al despertar ya no estaban. Las mismas que me han traído hasta aquí. Hasta este punto en el que me basta cruzar la línea de meta para deberme a mí mismo justamente la humilde manera que tenemos de soñar los eternos corredores de fondo. Los que somos capaces de amar en cualquier circunstancia, más o menos favorable. Los que nunca desertamos ni exigimos nada salvo la sonrisa. Los que demostramos avanzando y con el paso de los años abrazamos con más fuerza. Confiamos en nosotros y en lo que amamos. Me alegro de haber cruzado esta meta. La soledad del corredor de fondo no es un sentimiento común ni accesible a cualquiera. Volveré a pensarlo cuando me calce las zapatillas a miles de kilómetros para volver a este punto de inicio. No podemos ser buenos en todo. Pero podemos sonreír cada vez que lo intentamos en silencio.

Francis Campos Jareño

8 octubre – Brenes, Sevilla

2.393 GRACIAS – MINIMA DREAM TEAM

Hay casualidades que el mundo necesita, como una mirada que atraviesa el alma y la purifica.

Francis Campos

Jesús y Francis en el Control Nacional de la ONCE (Segovia).
Jesús y Francis en el Control Nacional de la ONCE (Segovia).

La casualidad existe. Como también existe el destino que entrelaza rutas que parecen inamovibles. Es visible este mirar, y esta sensación que querer alzar el vuelo y entregarse hasta el infinito. Lo he visto esta vez, sin dudarlo, que era el camino a seguir, y la mirada a la que abrazar.

Juntos un día más. Una jornada en que dos lágrimas se fusionan para salir adelante. Pocas personas saben que detrás de la sonrisa que deslumbra cuando corremos se esconden sueños y días en los que avanzamos a pesar de las dificultades que encontramos a nuestro paso. Sabemos perfectamente que hay momentos en los que estamos solos. Y es en esa soledad cuando suena el teléfono para preguntarnos. ¿Estás ahí, compañero?

Y ahí estamos juntos, otro día más que pasa y le ponemos otra excusa a la tristeza. No admitimos pasos atrás aunque el mundo se levante contra la brisa que nos empuja al despertar. No nos detenemos a pesar de que el calor nos haga desplomarnos sobre el tartán. A pesar de que haya en el mundo cuestiones superficiales que nos resten energía. A pesar de que no todas las personas que toquemos nos pongan fácil el hecho de sonreír durante 24 horas. Así es la vida, si fuera sencilla #minimadream sería un sueño hecho realidad desde el minuto uno, y por eso nuestro esfuerzo y constancia van destinados a hacer realidad este proyecto por el que nos desvivimos.

Queremos agradecer todo el tiempo dedicado y el cariño recibido con vuestro apoyo en las votaciones. Queremos dar las gracias a cada una de 2.393 personas que nos han brindado su corazón para que Jesús pueda continuar con la ilusión y las ganas de encontrar a su paso una senda que le haga vibrar cada uno de los días de su existencia. Gracias de verdad, porque sin vosotros, este inicio no hubiera tenido lugar.

En Mínima Dream nos gusta darnos a conocer. No porque nuestra finalidad sea mediática o superflua, sino porque queremos ser el Club de Atletismo Adaptado de referencia en España. Y para ello queremos disponer de los recursos necesarios para que todos nuestros atletas puedan cumplir su sueño de desarrollar su máximo potencial deportivo.

Gracias una vez más a todos los que nos dedican su positividad y su afecto. El empuje necesario para continuar con nuestra actividad siempre se acompaña del calor de todas las personas que encontramos a nuestro paso. Con estas palabras os devolvemos nuestra gratitud y con humildad nos disponemos a seguir trabajando para hacer sonreír a cada uno de nuestros deportistas. Gracias a este Sueño, hemos conseguido devolverles la ilusión y hacerles realmente felices.

Por casualidades te encontré, Jesús Gómez Herrera, y al empezar nuestro camino nunca imaginamos que podíamos llegar hasta este punto. Lo mejor de todo es que esto es sólo el principio. No sabemos qué deparará el futuro. Lo único que tenemos claro es que hay momentos en la vida, que una vez llegan suponen el lanzamiento desenfrenado de nuestro corazón. Y lo hermoso de este proyecto es que además de entrega y tesón, contiene sentimiento, mucho sentimiento.

Francis Campos Jareño

Para Jesús Gómez Herrera y el equipo Mínima Dream.

Sevilla 16 de junio de 2016.

EL LUGAR EN EL QUE FABRICAMOS LO QUE SOMOS

Un fuerte dolor en el pecho me deja inmóvil sobre la camilla. Tengo el cuerpo completamente bloqueado. Hoy es una de esas veces en que la derrota, además de amarga, es justa.

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Salgo de la reunión con las manos en la cabeza y el gesto de preocupación. Estoy completamente fuera y el problema es que la situación difícilmente se puede revertir. Al salir de la oficina todo se nubla porque el resto ni acompaña ni lo hará. Hoy es de esas veces en las que no te planteas nada porque no hay nada que plantear.

Camino hacia San Pablo con la cabeza fija en el frente. Cuando encuentro el hueco para entrenar, aprendo que las nubes siempre dejan paso al sol, y que pase lo que pase, el futuro tendrá un significado digno de las personas que pierden con honor.

A veces no es fácil de explicar, pero cuando uno mantiene un tipo de vida es porque es realmente feliz o le compensa serlo. Si moderadamente mira hacia otro lado, es porque esa persona necesita perseverar y nunca está conforme con el resultado. Cuando está es porque ama, pero nunca se queda presente sin amar. Nunca me gusta pensar en lo que podría pasar, pero sé cuándo una mirada miente o dice la verdad. En ese instante en que entro en la pista de atletismo siento que durante el día, la corbata bien ajustada con una buena sonrisa aporta un poco más de felicidad al final de mis días. Y cuando me ato las zapatillas hago lo más fácil de esa jornada, que es ponerle el broche de oro. No porque siempre tenga días geniales, sino porque siempre los acabo bien aunque me derriben.

Trabajar en la calle me ha enseñado dos cosas. La primera es ser educado y coherente con lo estipulado. La segunda es no darme nunca por vencido. A veces me da por pensar que evidentemente es menos malo el esfuerzo que el desprecio, porque lo primero es individual y lo segundo con los demás. Y entonces me digo, quién me da el millón de euros que tengo que vender. Quién me levanta los días en que oigo gritos al amanecer, o cuando me borran el contador y tengo que empezar desde cero para sumar otra vez. La vida puede llegar a ser muy compleja, pero si fuera plana no la soportaría.

Comienzo a rodar para calentar. Nacer con estrella nace quien tiene el cielo, pero los que caminamos, luchamos por un modo de vida que se sostenga más allá de la fuerza finita de nuestro cuerpo. Porque la mente y el corazón son inagotables cartuchos que perduran en el tiempo. Por eso, ser feliz es un reto que reúne también un trozo de nuestro corazón.

No puedo moverme en este instante.

No puedo levantarme

Ni puedo caminar.

No pude ayer ni tres días después. Pero no pasa nada. Aún me queda ese trozo de corazón.

Corro mientras puedo, mientras aprieto los dientes y me enorgullezco una vez más de estar dando pasos hacia delante con las circunstancias que llevo bajo el brazo. Esas que sólo conoce quien me conoce bien. Quien día a día se encuentra con mi sonrisa desde el primer despertar. Y entonces me topo con este mensaje. “Lo que tú haces, es de buena fe. Las intenciones tuyas siempre son buenas…”. Es como la miel del café, que  endulza los días tristes en los que también hablo de cosas buenas. La prisa dejó de existir. Y pienso en mis retos. También me preocupan excesivamente las personas que me rodean y que han sabido estar a la altura cuando me he sentido noqueado. Creo que son ellos los que me mueven cada día a levantarme y perseverar.

Porque al fin y al cabo, una crónica no sirve de mucho si lo que escribes no lo sientes. Ya no es cuestión de apariencias. Porque yo también soy comercial y tengo que vender. Pero también escribo versos que yo solo leo, y también me muerdo la lengua para no expresar lo que siento que podría regalar pero que nadie se merece.

La vida es una cuestión de prioridades. Y al fin y al cabo el éxito no deja de ser una parafernalia que escapa a nuestro control. Lo sé porque quizás aún no sé lo que es ni quiero saberlo. Pero lo he visto pasar de cerca. Lo he tocado cuando lo tenía casi todo y decidí quitar el casi. La vida es también una apuesta arriesgada que provoca sonrisas pero también heridas. Estas pueden curarse, pero las sonrisas hay que cultivarlas, y dedicarlas, aunque no las quieran, aunque la mejor de todas la guardes para mañana, o para pasado, o la lleves contigo hasta el último día. Pero lo importante es eso, renacer y revivir, y sufrir en silencio con el corazón acelerado la mediocridad aparente y los errores que se ven, porque quien sepa valorar tu esfuerzo por traspasar todas esas barreras, sabrá encontrar ese trozo de corazón que no pertenece a nadie.

Hallaremos días en los que todo se venga en contra, y días en los que una voz te haga alzar el vuelo. Es incuestionable que los hallazgos nunca son fruto de la espera del ayer, sino de la esperanza de lo que vendrá mañana. Encontrar y encontrarse no es un cúmulo de sentimiento en ocasiones volátil, sino la volatilidad de las palabras encadenadas que claman con honor que verdaderamente no necesitamos a nadie para respirar. Porque amaneceres en los que la alarma es tu canción favorita y los momentos de ensueño imaginados en ese  primer minuto, significan que la pureza de existir se basa únicamente en los abrazos y los besos que no pueden verse en la oscuridad efímera.

Es la primera luz de la mañana la que señala nuestro rumbo. La que nos hace valorar la estructura vital de nuestro caminar, la que nos hace abrir la mano para agarrar con fuerza lo de que de verdad ansiamos. A esas personas para quien ser especial tiene el inevitable significado de ser único en el segundo que dura una mirada. Y entonces por tercera vez visualizamos el objetivo. Ese que se escapó y que nos aplasta contra el suelo. Y al clavar la rodilla contra el mundo, es cuando levantamos la mirada para repetirnos una vez más que no es necesario competir para ser esencial, ni cambiar para agradar. Quizás porque la soledad con uno mismo es el lugar donde fabricamos lo que somos para nosotros y para los demás. Y cuando no está permitido abandonar porque no podemos ganar, también será imposible pedirle a una estrella que deje de brillar…

Francis Campos Jareño

Sevilla, 21 de abril de 2016

CRÓNICA CONTROL NACIONAL ONCE – L’ALFÀS DEL PI

“El esfuerzo es la mejor arma,

El sentimiento la mejor armadura,

No hay mayor locura que el susurro que no es verdad,

Ni mayor acierto que correr para escapar.”

(Francis Campos)

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Sonreímos al mirarnos, aunque después miremos hacia el infinito con la mirada perdida en alguna ilusión desilusionada. Nos entendemos a la perfección. Es como si al conversar nos diéramos cuenta de que el mundo a nuestro alrededor sigue un curso totalmente distinto al nuestro.

Calentamos con cierto nerviosismo, como si las expectativas que nos hemos creado tuvieran algún valor, como si fuera ese ente que asciende hasta el infinito y después estalla de felicidad. Pero la vida nunca regala nada, y es entonces cuando la actitud toma el timón, cuando nuestra sonrisa positiva esconde lágrimas ocultas por haber apostado los sentimientos. Tranquilo amigo, el discurrir nuestro, cuando sea breve, siempre será intenso.

Hacemos  progresivos dentro de la curva. Vamos y venimos con la cabeza alta. Nuestro profundo silencio ya no espera nada que no sea la brisa de cada amanecer, ese permanecer contemplativo y absorto que observa el ir y venir de las olas, esas que emulan a las personas que vienen y van, y al regresar topan con dunas porque las rocas ya no están.

Vamos unidos de la mano. Es muy fuerte nuestra conexión porque cuando la química sobrepasa a los valores físicos, fluyen momentos que permanecen durante el tiempo. Es la fuerza del corazón cuando tiene un sueño, cuando ensancha el deseo de liberarse, para después frenar su paso. Las personas muchas veces se olvidan de que el verdadero éxito no es la experiencia, sino la magia eterna. Y yo verdaderamente conozco pocas personas con tanta bondad como la de Jesús, pocas personas tan entregadas por una causa sin esperar nada a cambio más que una simple sonrisa. Por eso las caricias tienen un significado que le explico. Los detalles priman mucho más que el sentido de las cosas, porque estos se pueden ver, y las cosas muchas veces no se entienden, porque muy pocas veces llegan a hacer justicia a lo que somos con los demás.

Llega la hora de volar y al colocar los tacos sobre el tartán empieza a rugir el viento que hace frente al imponente sol. Sigue el misterio de nuestro silencio, y aunque trato de animarlo, de motivarlo, ambos sabemos que hoy es nuestro día. La cita en que la vida te pone frente al espejo para cuestionar tu propio ser y a todo lo que te rodea. Y antes del disparo sólo piensas que el camino hacia la cima que hemos soñado nunca es el trayecto fácil que imaginamos, porque hay muchas situaciones que esperas encontrar de cara, y sin saber por qué un día se marchan.

Entonces sentimos nuestras posibilidades, en las que ambos sabemos que no es fácil, pero tampoco imposible. Partimos de la base de que nuestro amor por este deporte no es un sentimiento cualquiera que sólo implica entrenamiento físico. Hacemos valer la simplicidad de conectar el uno con el otro partiendo desde ese punto de respeto que educadamente estrecha manos al inicio, y mantiene firme el propósito de no desdecirse de lo pactado. Será que llevamos meses fluyendo hermanados, agradeciendo esta oportunidad de ser un solo ser que conquista mares con el corazón.

Y cuando el juez da la salida sabemos perfectamente lo que esto significa para nosotros. Jesús, cadencia y corazón. Avanza y jamás te detengas. Y entonces al girar la primera curva encontramos de frente la ventolera que muchas veces te hace tambalear en la vida. Esa a la que no te entregas de ningún modo. Con lo que forzamos el máximo posible sintiendo esa agónica sensación de subirse el pulso hasta el infinito.

Y pasamos el cuatrocientos con la justicia más justa de una partida que queda en tablas y mantiene la compostura durante un momento. Despertamos los sentidos y sigo hablándole. Vamos campeón, que podemos hacerlo. Y entonces ruge de nuevo el viento, que busca desplazarnos y hacer lento el vals de nuestras pisadas. Aguanta Jesús, doscientos metros y estamos.

Proseguimos con la pasión y entrega de poner el punto sobre las ies. El corazón acelerado pierde el rumbo y ya nada puede devolvernos el control. Cien metros y nos pondremos de nuevo la armadura, la que nos quite la locura y nos devuelva la cordura de avanzar sin volver la vista atrás.

Cincuenta metros y la angustia del tic tac haciendo sombra al sol de nuestra lucha. La escucha de los latidos y el no rendirse cuando sentimos que la vida es sólo una con personas únicas que pasan de largo y ya no vuelven.

El sprint final y la verdad de lo que nos corresponde como felicidad. Y al cruzar la meta se cae el mundo sobre nosotros. Resuenan los aplausos de las personas que nos mostraron la sonrisa auténtica, los que al pasar por sus vidas nos dieron la bienvenida y nos regalaron la esperanza de quedarse con nosotros hasta el infinito. Allí nos felicitaron por cruzar la meta y por mejorar con creces nuestra presencia en este rumbo que aún estamos empezando.

Ese era el objetivo, Jesús, saber que en la vida las cosas imposibles son siempre decisiones propias de las personas. La vida es en definitiva la suma del avance constante enamorado menos la no posibilidad de seguir el paso cuando el sentimiento ha de ser un arma en vez de un verso dedicado después de un beso.

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17 de abril de 2016.

Francis Campos Jareño

We Have A Dream

“Hay en la vida una premisa que el mundo necesita. Y es que la sonrisa, que tan fácil a veces se divisa, a veces amanece escondida. Sentir no es la casualidad del mundo, sino la conclusión de una vida llena de esfuerzos…” (Francis  Campos)

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Control federativo. 400 m.l. Estadio Iberoamericano de Huelva (Foto de Footing Pepito)

No nos rendimos. Somos navegantes indefinidos. Eso pensamos Jesús y yo. Lo veo en su ilusión sonriente, en su bondad como persona que persigue un gran sueño. No te rindas, le digo una y otra vez, eres capaz de conseguir lo que te propongas. Sólo necesitas dar el primer paso y jamás retroceder. El camino, amigo, nunca será fácil. Porque ser feliz no es un azar sino un constante batallar por un mundo que a veces se nos pone en contra.

Reiremos mucho, pero otras veces no comprenderemos que los malos resultados son necesarios. Nos sentiremos frustrados por no merecer lo que en ocasiones encontraremos en nuestro avance. Todo esto no es más que una enseñanza. Mantendremos el silencio y por dentro pensaremos en nuestro destino, el que elegiremos y trabajaremos como un hábito diario de entregarnos hasta el infinito. No tendremos ningún regalo. Ninguno. Pero jamás te quepa duda que hallaremos el merecimiento de quien se sabe el perdedor o ganador que lo ha dado todo.

Nos situamos en la línea de salida del estadio Iberoamericano de Huelva. Camuflamos los nervios de siempre, ese revoloteo en nuestro estómago fruto del resultado que aún no ha sucedido. Tranquilo, amigo, esto es sólo el principio. Colocamos lo tacos. Los recolocamos otra vez y salimos para probar. Siempre cuesta reaccionar cuando estamos en frío, es como conformarse y forzar la positividad que a veces se escapa. Así son los latidos del corazón. La segunda vez siempre late más rápido y más intenso.

Segunda salida de prueba. Compenetramos nuestras piernas y apretamos los puños como una reacción de fortaleza. Bloqueamos nuestros cuerpos y nuestras decisiones. Vamos a por todas, compañero. Suena el flash del fotógrafo y parpadeamos. Las gradas están abarrotadas. Sentimos el frío intenso sobre nuestros brazos desnudos. La noche deja paso al comienzo de la prueba, la carrera del día, ese pequeño reto diario de darnos y dar a los demás lo mejor de nosotros. Allí estamos, preparados para alzar el vuelo, para conquistar el mundo.

La salida de verdad nos alcanza. El momento crucial en el que se decide si avanzamos o si retrocedemos y perdemos toda ocasión de sentir lo que unos ojos cerrados pueden llegar contener. A sus puestos, grita el juez para colocar nuestra vida en ese punto camuflado que quiere seguir adelante.

Listos, continúa. Estamos preparados. Es la máxima número uno. Siempre estamos preparados y no dudamos que los grandes acontecimientos nunca son fruto de la casualidad. Nos sentimos grandes y levantamos nuestro cuerpo sobre los tacos. Mordemos, rugiéndole a la vida. No es paciencia ni control, se llama ilusionarse y motivación. Esa es nuestra vida. Avance tras avance.

¡Ya!

Y salimos disparados sobre la primera curva, esa que trata de sacarte hacia fuera del estadio, la de prueba, la irreal y confusa que descarrila trenes con una única meta. Corremos con el pulso acelerado. Con el corazón bombeando buenas intenciones y nuestra atenta persecución de lo infinito luchando por no divagar. Ponemos rumbo a la primera recta tras el paso por el trescientos, esa cortesía en la que te recuperas de un mal día que se ha convertido en grandioso.

El frío nos hace conectar nuestras zancadas, y como un torbellino alcanzamos la segunda curva, la del dichoso ciento cincuenta, el penúltimo paso de nuestra lucha por ser felices, la penúltima conquista en la que enseñas todas tus cartas y entregas el corazón, la que la vida a veces quiere frenar, esa curva que si tomas con decisión nadie puede pararte. Y hoy nadie puede pararnos. Vamos camino de nuestro mejor doscientos cuando enfocamos la recta final y el público se pone en pie para aplaudirle a la vida.

Sentimos nuestros cuerpos vibrar con la emoción de sabernos dentro de nuestra mejor carrera. No importan las curvas ni la frialdad de los días. Ni siquiera importa el sentimiento cuando la sonrisa es infinita, cuando el esfuerzo es el máximo posible y el tiempo exacto llega a su fin. Los últimos pasos y los penúltimos aplausos, y cruzamos la meta extasiados. Así somos nosotros, aplaudiendo al final con un gran abrazo.

Nos felicitan una y otra vez. Ni siquiera importa el tiempo ni la consecución porque dichosos los que nada esperan. Porque dichosos los que tomen la curva hacia Alfaz. Porque ese día, amigo, será el primero del gran comienzo que nos aguarda. Porque la finalidad de nuestro existir no es sólo vibrar por dentro, sino hacer vibrar los días. Porque cuando los días vibran, nuestro camino se hace más infinito. Y entonces nuestra existencia justifica que cada día somos mejores personas porque somos más fieles a nuestros principios. Por eso perseverar no es un sentimiento, sino la voluntad de parar el reloj y confiar con ilusión que mañana será mejor que hoy, y que por ende no habrá días peores que el de ayer. Así que compañero, construyamos este gran futuro que nos aguarda. Sólo necesitamos entregar lo mejor de nosotros. Al fin y al cabo, uno más uno nunca son dos si nuestros movimientos conforman el equilibrio del caminar siempre con la sonrisa en su sitio.

Para Jesús Gómez Herrera y su incesante lucha. Por su sueño, por el cual yo también me desvivo.

Francis Campos, Brenes, Sevilla, 13 de febrero de 2015.

DOMINAR EL CUATRO

Carrera Popular de Brenes, 7ºClasificado Local. (3'52''/km - 9,55kms)
Carrera Popular de Brenes, 7ºClasificado Local. (3’52”/km – 9,55kms)

Lo decía mi entrenador José Antonio Castilla cuando vivía en Barcelona. Has de dominar el cuatro. Has de bailar con él sobrepasándole y fluyendo a su ritmo. Y creedme que lo intenté, pero siempre se me resistió durante todo el tiempo que corrí por el Besós. Tanto me costaba, que tropezaba una y otra vez mientras buscaba las sensaciones que nunca fui capaz de hallar.

Dicen que la vida está llena de dificultades, y es cierto que todos encontramos en nuestro camino momentos en los que una nube oscura se cierne sobre nosotros. Tiempos en los que andamos perdidos y se evaporan nuestras ilusiones. Es cuando la inercia toma el poder, y controla lo incontrolable de las brumas. Qué hacer entonces.

Yo salgo a correr. Sin reloj y sin rumbo.

Persigo la felicidad aunque no la alcance, ni me acerque a ella, ni siquiera la divise. Corro hasta que se acelera el pulso y esprinto en el final de la jornada justo donde acaba la calle. Corro hasta echar el cierre a las visitas a clientes, a la venta interna, a las reuniones que nos hacen envejecer cinco por cada año que pasa, a la presión y al estrés, a los cafés anti sueño y a las tilas nocturnas. Corro hasta encontrar la almohada de mis sueños y el amanecer de encuentro con los nuevos retos. Y es cuando descubro por fin una nueva sonrisa. Una nueva oportunidad.

Eso debí pensar después de la lesión que me impidió terminar la temporada de triatlón, cuando volví a las populares y a la soledad de las carreras de siempre. Eso mismo se me ocurrió cuando la única vía de escape que encontré fue un nuevo reloj que marcaba el tres en vez del cuatro, una vez, dos veces, tres veces.

Y hasta entonces, muchos días corrí solo. Hubo veces que abandoné los entrenamientos, que no tomé la salida en las competiciones. Me rendí, sin saber por qué, y caminé de espaldas y hacia atrás. Muchas veces lloré en silencio y enmudecí ante la tristeza de la senda recorrida. Guardé silencio durante algún tiempo y no pensé en nada positivo salvo en mi Sueño al despertar.

Pero la fuerza del corazón me llevó de nuevo al asfalto, al tartán y a la tierra mojada del otoño. Y fue cuando recordé quién era y qué estaba haciendo en la vida. Recordé una vez más mi gran Sueño y salí de la zona de confort. Me puse en la línea de salida casi debajo del arco y escuché aquella puta voz que me decía que yo estaba allí porque había estado horas guardando cola. En vez de responder, escondí las palabras que un día una crónica escupiría con la digna educación de quien entrena humildemente después de trabajar más de cincuenta horas a la semana y luego estudiar otras quince.

Quizás fue ese uno de los motivos que me llevaron a salir de casa el pasado domingo 1 de noviembre. Brenes abarrotado celebraba el treinta aniversario de su carrera popular, y yo andaba buscando un dorsal a menos de una hora del disparo de salida. Estaba inquieto, y a la vez deseoso de volar y encontrar de nuevo el rumbo de mis zancadas. Estaba contento y con ganas de salir a batirme contra mis momentos de debilidad.

Salimos en estampida y luché lo que pude, lo que mis piernas alcanzaron con mis dos sesiones por semana, lo que mi corazón latiendo pudo conseguir, lo que la retórica del ritmo alzándose quiso regalarme. Luché sobre todo por el mañana, por el después de hoy, incluso por el luego, por los minutos de después en los que escaparía en solitario, como siempre, como cada vez que corría en los entrenamientos buscando las sensaciones de mi existencia.

Luché en la última recta, con los aplausos resonando en mi cabeza. Luché para sobrepasar hasta el último segundo de tiempo. Era mi oportunidad, la oportunidad de llegar y sentirme de nuevo invencible, más invencible que nunca. Había ganado a mi yo más enemigo. Eso pensé al cruzar la meta años después de la última vez. Y eso debí soñar en ese instante en que levanté el dedo índice hacia lo más alto, y me santigüé el día de todos los Santos mientras recordaba a quien me daba fuerzas para trabajar aunque la vida a veces no me recompensara. Dominar el cuatro y vapulearlo, pensé. El justo tic tac del que aprendí que lo importante en la vida no era el esfuerzo sin rumbo, sino el rumbo del esfuerzo, y la medida del mismo…

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Francis Campos Jareño

Brenes, 4 de noviembre de 2015.

EL PRIMERO DE LOS PASOS

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Hay mucha historia detrás de todo esto. Una vida plagada de sobresaltos, de baches, idas y venidas. Una estampida de lecciones y el esfuerzo de perseguir lo imperseguible cuando todos te creían vencido. La suerte no existe, sino la buena suerte, la que es fruto del esfuerzo de cada día, la que procede de llantos a escondidas y sonrisas en la galería.

Eso es la vida, la corta vida que hay detrás de todas estas palabras. Nada ha sido fácil, aunque siempre haya pensado que lo más complicado que encontré fue lidiar contra mí mismo en los momentos más difíciles. Pero la vida no te regala nada. Un día estás en lo más alto y al siguiente desciendes cuan pájaro abatido. Así son los latidos, los segundos y las bocanadas de silbidos que imitan la canción de una jornada que empieza al amanecer y termina al apagarse la mirada.

Yo nunca descanso. A veces lo pienso. No sé si es bueno o malo ser un incansable que persigue algo que quizás no existe, que se evapora al alcanzarse. Y qué son los sueños. Y qué sería de nuestras andanzas si nos detuviéramos a cada paso. Cuánto dejamos de vivir si apagamos nuestro gesto de ensueño, nuestra risa y nuestro pensamiento de logro incesante. Allá vamos. Esto es vivir.

Caigo rendido una noche más. Otro día más en que lo único que pienso es que los únicos responsables de nuestros aciertos y errores somos nosotros mismos. Cuál es el camino si no es el corazón. Cuál es la guía si no el sentimiento. Cuál es cuál y quién soy yo si me defraudo tan sólo un instante.

Qué sería de mi vida si dejara de perseguir lo que anhelo. Si dejara al azar el rumbo hacia la felicidad. Me perdería, sin duda. Será por eso, quizás, por lo que cada día salgo a correr, o monto en bicicleta, o pataleo dando brazadas en la piscina. El deporte siempre me acompañó y nunca dejó de enseñarme cosas. No sólo me sirvió para fortalecerme físicamente. Me hizo ser la persona que soy hoy, con mis defectos y mis virtudes. Pero también me decepcionó y me sorprendió en días contiguos o alternos.

Desde siempre medí con lupa las horas de bar y las conversaciones banales con gente sin ejemplo. Deseché cada minuto desaprovechado y me concentré en trabajar cada punto que formaba un trozo de mi ser. No para ser mejor para nadie, sino para ser mejor para mí mismo con el fin de poder ser mejor para los demás. Trabajé los tres primeros hábitos (The seven habits of highly effective people) con constancia y tesón. Fui honesto con todo y con todos. Sufrí mucho al perder grandes amistades que se quedaron en el camino. No fue fácil, pero llegué a la meta. No a la meta del Maratón de Frankfurt, sino a la meta de hoy, diez años después del Primer Hábito en los que puedo echar la vista atrás y verme con el gesto de sufrimiento en los días más desfavorables.

Ahora que puedo evaluar lo que era y lo que soy, después de mucho tiempo navegando, he tomado una decisión muy importante. Una decisión que no será cosa de un instante, de un día, ni de un año, ni de dos. Llevará tiempo y tendrá su inicio. Será duro el camino. Mucho más que todo lo de atrás. No fue fácil llegar hasta aquí. He traspasado muchos muros en los que he puesto al límite mi cuerpo, mi mente y mi corazón. He contradicho a la lógica y me he enamorado del destino. De ese sentimiento que se tiene cada mañana al despertar. He pensado con la cabeza alta y he cruzado barreras que temía atravesar. Ahora estoy aquí y no voy a detener mi paso. Son las circunstancias que he elegido. La razón por la que navego y el fuego que arde dentro de mí. Es la humildad del silencio y la soledad de mis versos. El eterno poeta que ha vuelto para escribir el libro invisible. El libro de mi vida por mí y para los demás. Porque ahora que he llegado a este punto estoy dispuesto a ayudar a quien lo necesita. Porque ahora que lo he vivido, he comprendido que la vida más feliz no es la que un montante más alto genera sino la que se compone de momentos en los que la sonrisa nunca se evapora. Porque al fin y al cabo, lo importantes son nuestros sueños. El tuyo y el mío. Los dos y el infinito. Y este es el justo momento en el que me levanto para alzar el vuelo. Ahora que entiendo la idiosincrasia de este mundo que detesto, creo que somos las personas las que debemos proteger el rumbo alegre. Alejarnos de la desgracia de estar triste cuando no hay motivo. Olvidarnos de evitar el camino largo. Ahora que no debemos aguardar para no avanzar, es nuestro momento, que comienza con el primero de los pasos. Sonríe al cerrar los ojos y despierta del mismo modo. Será la única manera de llegar a donde hemos soñado.

Francis Campos Jareño.

Brenes, Sevilla, 16 de septiembre de 2015.

AL OTRO LADO DE UNA SONRISA

Hay momentos en los que gritarías de rabia, pero has de contenerte. Tiempos en que las brumas tapan horizontes definidos. Situaciones en las que piensas en rendirte cuando el corazón continúa sus latidos. Hay veces en las que has de aplazar tus sueños. Pero todas esas veces, nunca dejes de sonreír, porque al otro lado de una sonrisa puede haber un nuevo objetivo… (Francis Campos).

10 K Las Arenas Playa de Punta Umbría - Foto de Francisco José Campos Cerveró
10 K Las Arenas Playa de Punta Umbría – Foto de Francisco José Campos Cerveró

Me quito la camiseta, las justas medallas, los colores y casi la sonrisa. Me siento en el suelo con el pie dolorido. No puedo ni apoyarlo sin sentir un fuerte dolor en la fascia. Resto importancia a ese pequeño detalle, ese minúsculo inconveniente, pero finalmente me bloqueo y me quedo pensativo con la mirada fija en el cielo.

Puedo llegar, no he de rendirme. Claro que no, me repito. Pero realmente tomo consciencia de la situación. Son tres semanas encadenando kilómetros de caminata. Se esfuman los sueños, las ilusiones y se rompe el timón que me guía, la motivación y las ganas de proseguir. Así es la vida del corredor de fondo, del triatleta, del deportista que persigue incesantemente un final que llega o que demora su llegada.

De pronto me siento perdido, sin encontrar ese empuje diario que me lleva a encontrar la visión de cruzar la meta una vez más. Cierro los ojos cuando echo el resto sobre la bici de spinning y no puedo evitar llorar de rabia. Son las lágrimas de una retirada después de meses de machaque constante. El lloro en silencio que todos desconocen y que se esconde tras la flamante sonrisa que se resiente en los momentos de soledad. Un mal menor, pero una derrota obligada a cambio de la salud de mis pies.

Entonces me detengo, paro el ritmo y me desato de todas esas responsabilidades autoimpuestas y grabadas a fuego, esa persecución constante, ese martillo que golpea incesante.  Libero la mente y me abstraigo del Reto, del Sueño, del Infinito quizás inexistente. ¿Existe esa felicidad más allá del propio recorrido que nos lleva hacia ninguna parte?

Pasan dos semanas y salgo a rodar sin reloj. Los trenes vienen y van, y el sol se refleja en mis gafas con cristales naranja. Mi torso desnudo se deja acariciar por el suave viento que deja entrever el final del verano. Respiro tranquilo y aumento la cadencia a la vez que acorto la zancada. Fluyo como nunca. Tengo la sensación de flotar sobre la tierra seca. No importa el ritmo, ni el tiempo, ni la distancia. Somos sólo yo y las consecuencias de perder el norte. El puro amor por correr porque sí, sin más objetivo que ver anochecer esta espléndida tarde junto a las vías del tren. Quizás es el trayecto correcto. La recta que evita peajes y señales. La electricidad de los pies que contradicen estudios, religiones y mala fe.

Vuelvo a casa volando, con la sonrisa de la sabia energía que canaliza el saber perder. La negación del fin que justifica los medios. Las pruebas de fondo no están hechas para caminar. Uno tiene que saber situarse o no en la línea de salida, tiene que prepararse en cuerpo y alma, y saberse preparado es tan importante como estarlo. No es ninguna broma. Está prohibido caminar, y está prohibido rendirse.

He comprendido que el mejor plan para tener éxito es no tener un plan. La mejor victoria es la consecuencia del constante esfuerzo diario de salir a batirse en duelo contra la negación propia y ajena de los propios sueños. No importa el camino que tomes ni el tiempo que te lleve el trayecto. Lo importante es poder llegar al final del recorrido. Y ahora no es el justo momento de intentarlo. Por eso decido tomar otra vía. He cambiado ambición por paciencia, logro por trabajo y consenso por propias creencias. Por eso confío en que esta nueva manera de actuar me haga ser mejor persona y, por ende, mejor deportista.

Francis Campos

Sevilla, 31 de agosto de 2015

RUNNING MÍSTICO

Hay cosas que no podemos evitar, asuntos que escapan a nuestro control y que sobrevuelan nuestros pasos constantemente. Es la vida, que se completa de los tiempos que eficaces son aliento o desconcierto. (F.Campos)

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Desconecto el móvil. No soporto el desaire del desprecio sin sentido. No es justicia con medida, sino trabas consistentes en los muros del que cuida sus andanzas en esquinas donde muchos ejercitan los desprecios y conjuros. No es lujuria ni emoción la locura de lanzarse a la escritura de las voces que claman aventuras camufladas en el viento dulce. Les quise, pero ya no les quiero. Ya no me acompañan en este camino. Eso es todo.

Corro hasta que me falta el aliento. Me olvido del reloj, de las series y de los inútiles consejos de la sabiduría marketiniana. Uso la técnica autóctona de una vida cualquiera. Me olvido de todo y de todos, y corro. No importa que me repitan una y otra vez que no se puede. Que me desafíen constantemente con pergaminos en la mano significando argumentos científicos y darwinianos. No puedes cambiar la forma de correr, repiten.

Dicen que hay momentos en la vida en los que tenemos que detener nuestros pasos para tomar distancia sobre uno mismo y comprender que hay cosas en nuestro camino que podemos hacer mejor. Si haces algo bien no lo cambies. Pero cambia si quieres mejorar. Cambia y asume que por un momento largo tus mejores habilidades se verán mermadas para desarrollar un nuevo tú, una nueva persona con más y mejores prestaciones atléticas.

Ahora que lo pienso, no fueron momentos fáciles. Aunque reconozco que me sentí reconfortado. Satisfecho y feliz por no abandonar mis principios y saber llevarlos en silencio dentro de mí. Fueron momentos duros, instantes de apretar los dientes y arrastrarse a tientas con el rumbo extraviado y las energías sin renovar. Ese era yo, en solitario y con la boca cerrada un mes tras otro, pensando muchas cosas y ninguna de ellas positiva.

Supe que me había equivocado. Yo. Yo y nadie más. Es uno quien elige su vida y forja su destino. Nadie más que uno mismo puede atender a las razones que guían el camino. Es así, sin trampa ni cartón. Somos dueños de nosotros mismos, y por tanto, recae en nosotros la responsabilidad de encontrar la manera de continuar cuando fallamos.

Tuve que pasar semanas de no ponerme las zapatillas. Ni si quiera pude dar unas cuantas pedaladas. Estaba jodido y sólo pude nadar y entrenar la materia gris, que se desplomaba a cada instante. No sabía correr. En absoluto sabía correr. Y mis marcas no significaban nada, absolutamente nada. No sabía correr, y punto.

Cómo llegué a aquella conclusión aún es algo que no sé muy bien. Había llegado el punto en que conocía perfectamente mi cuerpo, sus debilidades y sus fortalezas. Había conseguido jugar al juego de correr con las reglas innatas de concatenar los pasos unos detrás de otros. Había conseguido jugar al juego pero jugaba mal, ese era el hecho.

Por eso ahora me planteaba dudas. O me frenaba en seco o acabaría pasando el tiempo y seguiría jugando al tenis con una pelota de baloncesto. Sabía de sobra que mi rendimiento deportivo nunca sería otra cosa que el resultado del esfuerzo aficionado de un muchacho que disfrutaba más que nadie corriendo. Lo sabía pero no estaba dispuesto a dejarme vencer por las opiniones convencionales del mundo deportivo que me rodeaba.

Avancé con el único criterio de la fe como caballo de batalla. Me olvidé de muchos puntos de mi vida que frenaban mis pasos. Dejé a un lado todo lo negativo y asumí con cierto desprecio la máxima vital de trabajar para ganar dinero a la vez que abrazaba con fuerza cada segundo en que era libre alzando el vuelo. Amé mi forma de ver la vida y de rodearme de pocas y muy buenas personas que siempre estaban a mi lado. Entonces empecé a correr de nuevo.

Corrí sin parar. Un día correr, otro descansar. Contradije a la podología y a la tecnología de Bowerman. Me puse descalzo y me lancé al vació. Pensé en todas aquellas personas que durante la vida se quedaban detrás de nosotros como inconformistas esperanzados en cambiar vidas ajenas. Cerré los ojos y me negué a deambular de bar en bar con el paso zángano del que pulsa una tecla en el móvil y cambia el mundo. Me olvidé del rayo y su verdad absoluta y alcé la mirada hacia el arcoíris de una existencia que a veces nos aplaude y otras veces se desploma. Así era la vida.

Después de volar durante cincuenta minutos sin plantillas con alzas, refuerzos y tratamientos reactivos casi homologados por la NASA, me paré y caminé los escasos metros que quedaban para entrar en mi edificio. Subí las escaleras pensando en lo místico de acabar chorreando de sudor después hacer mis plegarias con cuarenta grados. Sonreí por enésima vez ese día. Era lo que me empujaba a continuar adelante. A proseguir ese camino sin fin con los únicos límites de no echar la mirada atrás. Subí el último escalón y me olvidé de todas las esquinas sorteadas. Cuando giré la llave para entrar supe que correr me había enseñado dos cosas. La primera de ellas: apartar todo lo negativo de mi camino. La segunda cosa: no darle tregua al Sueño, ni vida a los impedimentos ni a sus ejecutores. El resto quedaba a criterio del destino. Pero nunca contemplé fracaso, sino la posibilidad de aprender una lección. Por eso me encomendé a mi Reto y me olvidé del resto. Sólo era cuestión de tiempo. Y de un poco de fe.

Francis Campos

Sevilla, 31 de julio de 2015

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