Crónica de un Náufrago

“Si un escritor deja de observar, ha terminado. La experiencia se comunica con pequeños detalles íntimamente observados.”

[Ernest Hemingway]

Tri Sevilla 19 (929)
Francis Campos – Triatlón Olímpico de Sevilla (2019) / Foto de FINIDI BLANCO

Amanece temprano y más temprano veo amanecer mientras comienzo a correr. A veces siempre quedamos en el comienzo de las cosas. Y esa es la verdadera razón por la que nunca avanzamos. Pero al mismo tiempo, no nos gusta ser el último, el que pierde, el que se queda atrás. Hay quien no cree en las historias de superación. Pero el éxito no nace de la casualidad, sino de la causalidad. La principal causa de que avancemos y mejoremos se llama esfuerzo. Y esforzarse no es batirse en duelo con nadie. Sino ganarle a la propia desidia. Derrotar a tu peor yo. Al que te pide que abandones. Que te rindas y te des por vencido.

Me gusta pensar cuando entreno. Y entreno porque me gusta liberar el estrés de los días más desfavorables. Muchas veces corro sin saber hacia dónde, simplemente para avanzar y recorrer un camino de experiencias que me han enseñado que puedo superar límites desconocidos. Pienso en la amistad y sufro a veces con mayor o menor sentido. La amistad cuesta cara, pero el deporte me ha enseñado que en la individualidad de uno se encuentra lo mejor que uno puede ofrecer a los demás sin esperar nada a cambio. Esperamos muchas veces que nos halaguen, que nos pregunten y nos abracen en los buenos y en los malos momentos. Y muchas veces esperamos todo eso que nosotros no hacemos por los demás. Nos sentimos el centro de atención de un mundo que también se mueve y espera también cosas de nosotros. Sufrir carece muchas veces de sentido. Esa es la enseñanza que te enseña el deporte de resistencia. La individualidad te hace no deberle nada a nadie. Puedes sonreír, porque es gratis. Y soñar, porque es infinito.

A menudo me gusta recordar una historia que viví hace años, cuando vivía en Barcelona. Allá por el año 2014 debuté en la distancia olímpica de Triatlón en el Triatlón del circuito Skoda Series que se celebraba en Andorra.  Aquel día suprimieron la mitad del recorrido de natación debido a la baja temperatura del agua, y nadamos 750 metros a 1.600 metros altitud  con el agua a 13 grados. No me gusta recordar lo que sentí y viví aquel día por la experiencia tan complicada que viví dentro del lago de Engolasters. Pero quizás aquel momento marcó en mi un antes y un después en mi vida como deportista. Prueba de ello es la pulsera verde de mi muñeca derecha que me acompaña aún cinco años después.

Podría haber abandonado aquel día, no sólo por ese mal momento vivido, sino por todas las veces que he intentado aprender a nadar desde que practico triatlón. Cuando era pequeño, nadaba tan mal a crol que siempre tenía mi sitio reservado en el equipo de braza. Digo he intentado, porque con 33 años sigo intentando perseverar y considero que no entreno a nadie que evolucione en ninguna disciplina más lento que yo cuando aprendo a nadar. De hecho, pienso cada día en la labor que hace mi entrenador conmigo, la paciencia con la que ayuda a este tronco a salir a flote. No es una empresa fácil esto de deslizarse sobre el agua. Pero ahí está el tío. Ni me rindo. Ni me rendiré.

Al fin y al cabo, lo más bonito de competir contra uno mismo, es que uno compite para quedar en cualquier posición. Al final nos ponemos un dorsal porque disfrutamos. Ese es un valor que me gusta inculcar a mis pupilos. Competimos porque disfrutamos y porque queremos ganarnos a nosotros mismos. Queremos vencer nuestros miedos, nuestros días en los que pensamos que no merece la pena salir a la calle a hacer las cosas de diferente manera. Pensamos que actuando con el confort de siempre lograremos alcanzar grandes resultados. Pero la vida es sólo una y en el estímulo y el valor está el avance hasta lugares desconocidos.

Yo vivo por y para esto. Aunque me miren mal tengo un modo de vida que implica el movimiento mientras otros descansan. Me gusta entrenar. Me gusta competir. Me gusta hablar idiomas. Me gusta viajar. Me gusta ser el mejor en mi trabajo. Y me apasiona ayudar a mi gente a perseguir incesantemente sus sueños. Una vez más: Vamos a darle al PLAY.

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