Sentir cuando corro. Y cuando vivo.

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Llueve.

Bailo bajo la lluvia mientras pienso lo maravilloso que puede resultar el mundo visto desde el interior de las personas. Con la mirada perdida en el fondo de la pista de atletismo comienzo el entrenamiento de hoy. Dentro de mí la sensación de querer estar en otra parte, en otro lugar, ese sentimiento imposible que muchas veces no puede ser.

Doy vueltas en el sentido contrario de la pista, al revés que el mundo, como el significado de lo que siento y que siempre transcribo, al revés que todo ese ente superfluo que a veces he encontrado en mi camino. Caliento no para entrar en calor sino para mirar más claro el espectro de la vida, el significado de las cosas, lo que de verdad importa, y al final me siento preparado, preparado para ser yo.

La técnica de carrera es ese efímero punto en el que dominas cada rincón de tu ser, ese abrazo propio que te estremece porque sabes que estás preparado para empezar, para continuar y para finalizar lo que has empezado. Entonces comienza a llover con más fuerza, y aunque el cielo ya hace tiempo que no es azul, puedo continuar mirando al infinito sin expresar nada, viviendo en mis reflejos todo lo que soy capaz de sentir cuando corro, y cuando vivo.

La lluvia no facilita el hecho de desarrollar tu mejor forma de ser, ni como deportista ni como persona. Es ese pequeño lastre con el que lidiamos, ese obstáculo en ocasiones casi insalvable pero que salvamos con la dedicación de quien se esmera en actuar en base a sus creencias, sin cambiar ni un ápice de su ser.

Y entonces el corazón se acelera hasta llegar a ese punto en el que no es que no basten las palabras, sino en el que son necesarias y certeras porque no son sólo adorno sino también esencia. Porque ser cronista no es ser poeta, ni ser como los demás es suficiente cuando ves que todo a tu lado camina a ras del suelo mientras tú quieres volar. Ese es el punto en el que comienza la primera serie, la que resbala y casi te tira, la que te derriba el sentimiento con la primera bofetada que da la bienvenida al resto del entrenamiento.

Suben y bajan las pulsaciones, como las expectativas cuando se nublan y pierden el rumbo, como esa vez en la que anduve perdido sin saber hacia dónde quería llegar. Y entonces deambulo por el entrenamiento sin hablar, sin comentar nada, sin demostrarle a nadie salvo a mí mismo todo aquello por lo que estoy dispuesto a luchar. Así se labran los caminos, en la inmensa soledad que encontramos al amanecer, al cerrar los ojos cuando oscurece, y al caer rendido sobre la pista cuando el esfuerzo acaba contigo y ya no eres capaz de seguir.

Se descontrola el cuerpo y empiezas a tener esa sensación de descontrol en la que ya nada es lo mismo, en la que dejas de aventurar el tiempo venidero, en la que te sueltas de la barandilla y te dejas caer. Se avecina el maratón y las ganas de vivir. Ese modo eterno de ser esa persona que siente mientras desaparece entre la gente que comunica sentimientos comunes.

Jamás me casé con el mundo, ni anduve buscando acomodarme, ni adaptarme, ni ser flexible con las cuestiones del corazón. Sólo supe en este momento abrocharme los cordones y salir al tartán a demostrarme lo que mejor sé hacer, dejarme la piel por lo que siento y creo.

Francis Campos Jareño

Brenes, Sevilla 27 de octubre de 2016

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