RUNNING MÍSTICO

Hay cosas que no podemos evitar, asuntos que escapan a nuestro control y que sobrevuelan nuestros pasos constantemente. Es la vida, que se completa de los tiempos que eficaces son aliento o desconcierto. (F.Campos)

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Desconecto el móvil. No soporto el desaire del desprecio sin sentido. No es justicia con medida, sino trabas consistentes en los muros del que cuida sus andanzas en esquinas donde muchos ejercitan los desprecios y conjuros. No es lujuria ni emoción la locura de lanzarse a la escritura de las voces que claman aventuras camufladas en el viento dulce. Les quise, pero ya no les quiero. Ya no me acompañan en este camino. Eso es todo.

Corro hasta que me falta el aliento. Me olvido del reloj, de las series y de los inútiles consejos de la sabiduría marketiniana. Uso la técnica autóctona de una vida cualquiera. Me olvido de todo y de todos, y corro. No importa que me repitan una y otra vez que no se puede. Que me desafíen constantemente con pergaminos en la mano significando argumentos científicos y darwinianos. No puedes cambiar la forma de correr, repiten.

Dicen que hay momentos en la vida en los que tenemos que detener nuestros pasos para tomar distancia sobre uno mismo y comprender que hay cosas en nuestro camino que podemos hacer mejor. Si haces algo bien no lo cambies. Pero cambia si quieres mejorar. Cambia y asume que por un momento largo tus mejores habilidades se verán mermadas para desarrollar un nuevo tú, una nueva persona con más y mejores prestaciones atléticas.

Ahora que lo pienso, no fueron momentos fáciles. Aunque reconozco que me sentí reconfortado. Satisfecho y feliz por no abandonar mis principios y saber llevarlos en silencio dentro de mí. Fueron momentos duros, instantes de apretar los dientes y arrastrarse a tientas con el rumbo extraviado y las energías sin renovar. Ese era yo, en solitario y con la boca cerrada un mes tras otro, pensando muchas cosas y ninguna de ellas positiva.

Supe que me había equivocado. Yo. Yo y nadie más. Es uno quien elige su vida y forja su destino. Nadie más que uno mismo puede atender a las razones que guían el camino. Es así, sin trampa ni cartón. Somos dueños de nosotros mismos, y por tanto, recae en nosotros la responsabilidad de encontrar la manera de continuar cuando fallamos.

Tuve que pasar semanas de no ponerme las zapatillas. Ni si quiera pude dar unas cuantas pedaladas. Estaba jodido y sólo pude nadar y entrenar la materia gris, que se desplomaba a cada instante. No sabía correr. En absoluto sabía correr. Y mis marcas no significaban nada, absolutamente nada. No sabía correr, y punto.

Cómo llegué a aquella conclusión aún es algo que no sé muy bien. Había llegado el punto en que conocía perfectamente mi cuerpo, sus debilidades y sus fortalezas. Había conseguido jugar al juego de correr con las reglas innatas de concatenar los pasos unos detrás de otros. Había conseguido jugar al juego pero jugaba mal, ese era el hecho.

Por eso ahora me planteaba dudas. O me frenaba en seco o acabaría pasando el tiempo y seguiría jugando al tenis con una pelota de baloncesto. Sabía de sobra que mi rendimiento deportivo nunca sería otra cosa que el resultado del esfuerzo aficionado de un muchacho que disfrutaba más que nadie corriendo. Lo sabía pero no estaba dispuesto a dejarme vencer por las opiniones convencionales del mundo deportivo que me rodeaba.

Avancé con el único criterio de la fe como caballo de batalla. Me olvidé de muchos puntos de mi vida que frenaban mis pasos. Dejé a un lado todo lo negativo y asumí con cierto desprecio la máxima vital de trabajar para ganar dinero a la vez que abrazaba con fuerza cada segundo en que era libre alzando el vuelo. Amé mi forma de ver la vida y de rodearme de pocas y muy buenas personas que siempre estaban a mi lado. Entonces empecé a correr de nuevo.

Corrí sin parar. Un día correr, otro descansar. Contradije a la podología y a la tecnología de Bowerman. Me puse descalzo y me lancé al vació. Pensé en todas aquellas personas que durante la vida se quedaban detrás de nosotros como inconformistas esperanzados en cambiar vidas ajenas. Cerré los ojos y me negué a deambular de bar en bar con el paso zángano del que pulsa una tecla en el móvil y cambia el mundo. Me olvidé del rayo y su verdad absoluta y alcé la mirada hacia el arcoíris de una existencia que a veces nos aplaude y otras veces se desploma. Así era la vida.

Después de volar durante cincuenta minutos sin plantillas con alzas, refuerzos y tratamientos reactivos casi homologados por la NASA, me paré y caminé los escasos metros que quedaban para entrar en mi edificio. Subí las escaleras pensando en lo místico de acabar chorreando de sudor después hacer mis plegarias con cuarenta grados. Sonreí por enésima vez ese día. Era lo que me empujaba a continuar adelante. A proseguir ese camino sin fin con los únicos límites de no echar la mirada atrás. Subí el último escalón y me olvidé de todas las esquinas sorteadas. Cuando giré la llave para entrar supe que correr me había enseñado dos cosas. La primera de ellas: apartar todo lo negativo de mi camino. La segunda cosa: no darle tregua al Sueño, ni vida a los impedimentos ni a sus ejecutores. El resto quedaba a criterio del destino. Pero nunca contemplé fracaso, sino la posibilidad de aprender una lección. Por eso me encomendé a mi Reto y me olvidé del resto. Sólo era cuestión de tiempo. Y de un poco de fe.

Francis Campos

Sevilla, 31 de julio de 2015

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