CRÓNICA DEL DUATLÓN DE FERNÁN-NÚÑEZ

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Quizás quien hace una prueba y queda en la cola se retira gacho y no vuelve a las andadas. El triatlón no es una carrera popular en la que un caballo trotón se camufla y medio cubre el expediente. El triatlón es un deporte donde la gente se prepara y se presenta con las credenciales de que por lo menos ha realizado el duro trabajo de hacer un poquito de todo cada día de la semana. Eso es lo que aprendí después de correr mi primer duatlón, en el que me faltó jugármela al sprint con el coche escoba después de completar el mejor cinco mil a pie que ahora mismo recuerdo.

Nunca es suficiente, piensas después de cada sesión de entrenamiento. Porque tres deportes requieren una dedicación que muchas veces ni trabajando de mañanas podemos asumir. Y si ya trabajas 10 o 12 horas, busca el hueco para no irte directo al final de la clasificación. Pero quizás en eso está el secreto de la preparación, en que la mezcla de todas las disciplinas al final te permite avanzar poco a poco, aunque demasiado poco a poco.

Cuando entré en este mundo se me hizo un poco grande. A lo mejor porque no tuve una guía, un referente, un nada que no fueran los clubes ciclistas o de atletismo en los que fui socio. Y el triatlón no es ni una ni otra cosa, y además se le suma la natación, cuyo significado aún desconozco y cuyo nombre no sé ni pronunciar. En definitiva, un desastre desastroso y la necesidad de una paciencia que jamás tuve para otras cosas.

Pero me llenaba. Me motivaba el triatlón. No me importó quedar detrás del todo, allí donde al llegar nunca quedaba mi talla de camiseta. Sufrir y no sentir que controlaba ritmos, ni cadencias, ni tiempos, ni sensaciones, y si te pasabas, ibas directo al barranco. Aquello era diferente. Tan diferente, que me enganchó como el que se prepara para un Reto a sabiendas de que posiblemente nunca lo conseguirá alcanzar.

Me fui solo a Fernán-Núñez una tarde en la que el mejor plan era o playa o sofá con aire acondicionado. Al repostar, el chico de la gasolinera me miró con compasión. Menudo imbécil, pensaría mientras yo marchaba con el caloret del sur y avanzaba kilómetros a la vez que avanzaban los grados en el termómetro. Ni un alma en la carretera y todo el mundo en el pueblo cordobés que nos esperaba.

Me gusta Córdoba por el trato de la gente y por la afición por las cosas bien hechas, el buen comer y sus lugares con encanto. Y el duatlón no fue menos. Un circuito exigente con un clima extremo. Nada de llanuras para los amantes de las medias de pulsómetros de quinientos pepinos. Unas buenas piernas, sudor a chorros, litros y litros de agua cada vez más caliente, y un par que nunca vienen mal si la cosa de pone tonta.

En eso, me situé en la salida un poco por delante de la mitad, por si colaba y hacía un puesto coherente, digo yo, en el percentil cincuenta al menos. Así que salí como un toro de Osborne, corriendo como si no hubiera un mañana por los callejones del pueblo, cincuenta metros y frenada y así sucesivamente como en el patio del cole. Una ratonera, un sube y un baja y así hasta completar dos vueltas en las que el ritmo de los duatletas y del público no decayó ni un instante.

Me subí a la bici más contento que un rucho. Casi pillo al segundo grupo de la emoción. Pero Cancellara se había dejado el motorcito en casa, y la Colnago pedía gas donde sólo había Casera desventada. Me dejé lo que tenía, después de los intercambios de bebida con todos los cadáveres que iban y venían por el circuito. Le di candela, pero los casi cuarenta grados no eran una broma y después de un cinco mil por debajo de cuatro, o reculaba o las iba a pasar putas en el último segmento.

Así llegué a la transición mientras la Speaker pronunciaba mi nombre como si delante acabara de llegar Gómez Noya. La emoción se me fue al cambiar repentinamente mi dorsal por el del ganador que estaba entrando en meta. Y ahora a correr que se las pela, me dije mientras el gemelo amagaba con dar la lata y estropear mi decente participación en el caluroso evento. Apreté una vez más los dientes y me lancé por los toboganes de Fernán Núñez mientras repostaba en todos los avituallamientos. La gente aplaudía sin parar. Y yo aplaudía en mi fuero interno a toda esa gente y al pedazo de organización de la carrera.

Enfilé la última recta santiguándome una vez más y con ambos puños apretados como quien celebra una nueva victoria personal. Al fin y al cabo me sentí victorioso sin saber que estaba entrando el 29 en mi categoría, Absoluta Masculino. Contento del derroche de esfuerzo, de la experiencia y de las tantas sonrisas que tuve gracias a una organización de diez y a un pueblo entregado al Duatlón y al Triatlón. Esta es mi humilde crónica, sin tiempos ni grandes consecuciones. Esta es la batalla de alguien que un día dio el primer paso, y ahora se propone dar el segundo.

 Francis Campos Jareño

Brenes, 7 de julio 2015

3 comentarios en “CRÓNICA DEL DUATLÓN DE FERNÁN-NÚÑEZ”

    1. Hola José como te va todo?? Ahí estamos con los duatlones y triatlones. Es el 4o duatlon que hago! A ver si te animas! Cómo te va??un abrazoo

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