SEMANA 2: CRÓNICA DE UN 2014 CON FINAL FELIZ

Francis Campos - San Silvestre Cordobesa - 12º Clasificado Senior
Francis Campos – San Silvestre Cordobesa – 12º Clasificado Senior

2014 fue el año de la insistencia y las nuevas oportunidades. La transición hacia un punto de descanso en las piernas y los primeros pinitos en el triatlón. Fue un quise y no pude, un intento de ser mejor atleta a base de experiencia y dedicación. En definitiva, fue una legión de buenas intenciones que basaron su constancia en la paciencia e ilusión, y al final del camino acabaron otorgándose una gran recompensa.

El maratón de París fue la carrera más dura que jamás preparé. No por la distancia en sí sino por las circunstancias que acompañaron a cada día de la preparación. Una lesión en la parte interna del gemelo que duraría diez meses y que me haría bajar los entrenos de seis sesiones a tres o cuatro fue la gran limitación que me haría curtir las pieles de una mente que habría de correr por las piernas. Las retiradas en el último momento habrían de convertirse en la tónica general de los entrenos de series. Levantar el pie del acelerador en las carreras era ya tan habitual que perdí la ilusión por avanzar y recuperar mi peso y las buenas sensaciones. Iba a ser muy duro, pensé cuando me paré en la mitad del Test de Gavela cuando tenía intención de calcular el ritmo de maratón. Mi ritmo sería entonces el que marcara el corazón.

Después de aquellos cuarenta y dos kilómetros de carrera mental y grandes satisfacciones personales, me tomé en serio el aprender a nadar a la vez que recuperaba durante tres meses más el dichoso gemelo a base de masajes interminables. Entre tanto, soñaba con el Desafío Doñana 2014. Para poder disputarlo, decidí comenzar debutando en los triatlones sprint de Mataró y Mongat. Allí, la lectura fue que tenía todo por aprender y que lo más seguro es que muchas de las cosas que me faltaban para tener un nivel mediocre, ni siquiera con dedicación podría alcanzaras. Fue entonces cuando con rabia comencé a concentrar más tiempo libre en los entrenamientos tanto de natación como de bicicleta. Todo parecía ir sobre ruedas cuando aquella caída bajando con la bicicleta la Vallensana tiró al traste cualquier esperanza de progreso. Y como buen cavernícola que se empecina en conseguir lo que sueña, a la semana siguiente me encaminé hacia Andorra con todos los bártulos triatléticos, por si acaso las lesiones sufridas en el accidente se evaporaban y podía tomar la salida en el Triatlón Olímpico.

Y así fue como me encabezoné y resolví casi ahogarme en el lago de Engolasters y hacer cuarenta kms de bici con buenas rampas a treinta kilómetros por hora, por supuesto sin drafting al haber salido del agua casi en última posición. Y al final del todo correr los diez kilómetros con una única pierna, que sería la gran salvadora de la jornada. Definitivamente, no estaría en la salida de San Lúcar de Barrameda para correr sobre las dunas de Doñana, porque el agosto que me esperaba era de descanso y recuperación.

Entre tanto, y mientras iba pasando el verano, me fue dando tiempo a poner unos cuantos kilos y ponerme todo lo lento posible en la carrera a pie. Fue valentía y quizás provocación hacia mi integridad las intensas participaciones en la Mercé y en la Mitja del Mediterrani, donde los grandes esfuerzos de nada sirvieron, ya que pude resumir ambas jornadas en fiasco si se comparaban con la temporada anterior, y heroicidad si basaban su crónica en derroches físicos casi de libro de Stephen King.

Quizás por aquello de que cuanto más sufrimos y más desastres son los resultados de los logros que nos proponemos alcanzar, más nos gusta el Reto, no paré de entrenar en ningún momento. Ya iba pensando que algún día recuperaría un estado de forma que medianamente pudiera dejarme un buen sabor de boca. Y eso fue lo que me encontré de frente el día de rodaje en la Mitja Marató de Mataró, cuando las piernas bailaron al son del viento del Maresme, mi hábitat favorito para entrenar en mis últimas instancias en Barcelona.

Después de aquello pasaron en Sevilla semanas en las que hice buenas series y algunos rodajes en los que ir a cinco minutos por kilómetro era haber dejado el pabellón bien alto. Me topé con esa sensación de frío sureño que ya había olvidado, y esa soledad iluminada por un sol ardiente que bronceaba mi piel. Esa dureza que implicaba el avanzar porque sí, con la única razón de saber que lo inexplicable se explica cuando alguien deja de creer en ti y tú mismo te revelas contra todas las contrariedades que encuentras en el camino.

Sumergido en ese mar de confusiones, fui a Córdoba para hacer una carrera de diez kilómetros como primera lanza contra el Maratón. No corrí por convicción, ni ganas, ni devoción, sino por necesidad. Tocaba y punto. Así que allí me encajé resfriado hasta las trancas y con la hora un poco justa. A veinte minutos de la hora de salida y sin dorsal, con el sabor del café que me acababa de tomar en la Carlota, y la mochila de las Navidades a cuestas. No hice ni calentamiento, ni meditación ni preparación de ningún tipo. Simplemente me dediqué a observar durante unos minutos los múltiples disfraces de los cordobeses. Menudo fiestón del running, la San Silvestre Cordobesa.

Me lancé calle abajo cuando el disparo nos dijo que ya bastaba de jolgorio y que tocaba hacer algo por la patria. Se alinearon todos los astros porque unido a todas las demás desgracias, había olvidado beber agua y tenía la boca seca como una alpargata vieja. También había olvidado el GPS y partía más chulo que un ocho con mi Casio del año de la Polka. Menos mal que los relojes de los otros corredores pitaban exactos cada kilómetro, así que tuve la referencias de cada paso desde el inicio. Vamos, que ni de coña haría un carrerón. Pero no importaba. Allí estaba yo otra vez más dándolo todo.

Y como sucedió en Mataró, salí arriesgando. Controlé las piernas, pero imprimí ritmo a mis zancadas. Parecía mentira, pero estaba corriendo por debajo de cuatro con solvencia. Entonces pensé que debía caer. Cuándo. No lo sé. Pero persistí y pasé la primera vuelta en diecinueve minutos. Fue ya al pasar el kilómetro seis cuando pensé que en cuatro kilómetros no me daría tiempo a estrellarme porque la mente tenía fuelle como para soportar un estropicio en tan corta distancia. Así que a unos tres kilómetros de meta ya estaba seguro de que haría marca personal. Cuánto. No lo sabía.

Impuse más velocidad a mis piernas y me lancé sobre un grupo de ocho corredores que iban por delante. Miré el crono y adiviné que faltaría distancia para llegar a los diez kilómetros exactos. Pero no importaba porque aquel era el día en que me tocaba planear sobre Córdoba, y eso era lo importante. Hice el último tramo esprintando, como quien necesitaba más kilómetros para zapatear y se le quedaba corto el recorrido. Puño en alto, pasé al otro lado de la meta y me santigüé como el que agradece un día más poder correr y seguir cumpliendo pequeños retos que encaminan hacia otro más grande.

No era mi carrera contra nadie ni la comparativa versus ningún tiempo que no fuera el indicativo de que podía lograr mis metas. Eran la certeza de que podía hacerlo si era capaz de soñarlo con insistencia. Y es que esto no consiste en mirar hacia los lados y hacia atrás. Esto va de mantener fija la mirada rumbo al norte, de explorar nuevos horizontes y decidir que los pequeños derroches ponen broches a los días en que nunca se detienen los latidos de un corazón que tiene un Gran Sueño.

Francis Campos

Brenes, 2 de enero de 2015

Francis Campos - San Silvestre Cordobesa - 12º Clasificado Senior
Francis Campos – San Silvestre Cordobesa – 12º Clasificado Senior

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