De La RUTA DE CARLOS III a la MEDIA MARATÓN ISLA DE LA CARTUJA

Francis Campos - Ruta Carlos III Ciudad del Sol - Foto de Fernando Barriga
Francis Campos – Ruta Carlos III Ciudad del Sol – Foto de Fernando Barriga

Solía pensar que los entrenos eran indicativos del estado de forma de un deportista. Solía atreverme a cuestionar mi estado de forma por el simple hecho de no cumplir las expectativas de una tabla con números, por no ignorar las instrucciones de un cuerpo que sabe más por experiencia que por lo razonable de unas pautas concatenadas. Solía pensar que la aritmética y el correr un maratón eran cosas que iban de la mano, que entrenar más era siempre mejor y que seguir, por ende, los pasos de quienes son atletas profesionales era lo más próximo a alcanzar el mayor de los éxitos dentro de unas determinadas posibilidades. Solía pensar todo eso. Pero me equivocaba.

Ya no amanecí más ninguna mañana para correr. Sólo para ir a trabajar a mi nuevo trabajo. Ya se acabaron desde hace más de un mes las temperaturas por encima de diez grados, la compañía en los duros entrenamientos y la siempre imponente motivación para correr un Maratón. De pronto, me sentía arrepentido por haberme apuntado a esta panzada de correr kilómetros. No me gustaban estas circunstancias poco propicias para disfrutar, rendir, y ni tan siquiera para minimizar el estrés diario provocado por un cambio de rumbo geográfico, laboral y personal.

No me nacía correr. Esa era la cuestión. Que ya estaba harto de llegar de trabajar a las tantas y salir a correr noventa minutos a las nueve de la noche. Y más harto aún de tener que hacerlo a temperaturas más bajas de las que acostumbraba. No quería estar más tiempo así. Para qué seguir si para colmo bajar de cinco minutos por kilómetro en los rodajes era la gran proeza de la jornada. Malditas sensaciones, ganas y sueños sin sentido. Si hubiera sido de esas personas que sólo hacen lo que verdaderamente les hace feliz en cada momento o paso que dan, probablemente este Reto del Zurich Maratón de Sevilla 2015 se hubiera ido a pique hacía ya bastantes días. Sin embargo, hacía mucho que pensaba que la felicidad máxima de un gran momento depende de los esfuerzos y penurias que uno esté dispuesto a experimentar. La satisfacción de un momento determinado no puede compararse con cumplir un Sueño. Son cosas muy diferentes en calado y relevancia.

Por eso, al final decidí continuar esta aventura de correr el maratón de mi ciudad. Estaba solo. Éramos yo y mis propias circunstancias. Mis piernas y yo. Y mi Gran Sueño allí al final, muy al final pero ahí, centrado en la diana, en ese punto que te miraba y te provocaba entre miradas y dudas de capacidad o perseverancia. Pero allí estaba yo de pie, con las lagunas de un estado de forma siempre incipiente y dubitativo, pero al mismo tiempo con la puntilla de esa mirada que se encamina al fondo del asunto, hacia ese punto del horizonte al que muchos no se atreven a acercarse cuando las dificultades de la vida o de la meteorología personal se hacen latentes y persistentes.

Fue entonces cuando me inscribí en la Ruta de Carlos III Ciudad del Sol, y me encaminé hacia la salida en la población de La Luisiana para terminar corriendo por las calles de Écija. Me avisaron de lo aburrido del circuito pero en cierto modo pensé que no necesitaba demasiados aplausos para levantar el ánimo. Mal empezaba si medía la calidad de la carrera el bullicio de la gente gritando el nombre de los corredores durante todo el recorrido. Una carrera solitaria. Mejor. En eso consistía el trabajo de un corredor de fondo, en sobrepasar esa soledad que se podía llegar a sentir durante el camino. El que quisiera aplausos que se subiera al escenario de un centro comercial.

Es día me propuse un pequeño reto. Salir a un ritmo mediano pero más exigente que todas las medias que tenía en el histórico de tiradas largas hasta la fecha. Eso implicaba correr a un ritmo alegre pero no sufrir. Pero claro, casi 26 kilómetros eran una buena tirada y por otro lado mi mente necesitaba un pequeño caramelo. Así que con cabeza mantuve un buen ritmo creciente hasta el final y me salió un día de esos en los que el sol y el campo fueron el broche perfecto para venirme a casa con la sensación de ir avanzando a buen paso.

Ruta de Carlos III Ciudad del Sol - 25.850 mts 1h53'33'' - foto de Footing Pepito
Ruta de Carlos III Ciudad del Sol – 25.850 mts 1h53’33” – foto de Footing Pepito

Días después me vi muy castigado muscularmente. Así que tuve que pasar por un par de sesiones de chapa y pintura. Mi amigo Ciriaco Alba de Lüza Fisioterapia fue el encargado, como siempre, de ponerme a punto para la siguiente lanza del Maratón: La Media Maratón Isla de La Cartuja, en la que realmente vería mi estado de forma verdadero. Para entonces llevaba ya casi un mes luchando contra la báscula. Y es que tres kilos más que la temporada anterior, concentrados ya no sabía dónde, eran para buscar algún remedio rápido. Era finales de enero y el maratón estaba a la vuelta de la esquina. Y yo con la mochila, no. Con el mochilón.

Bajó la carga de los entrenos en la semana previa a la Media Maratón y agradecí enormemente ese hecho. El frío seguía siendo algo incómodo con lo que lidiar. La humedad de la pista de atletismo era la guinda de un pastel poco sabroso. Sin embargo, con todo el cielo sobre mí, podía divisar todas las estrellas cuando ya cansado de dar vueltas por el perímetro de mi pueblo, entraba en el ruedo para dar vueltas como un tonto. Éramos yo y los cuatro locos con prendas amarillo fluorescente a las horas en las que las personas normales cenan con sus familias o ven series y películas. Allí estábamos, yo y el de la moto comprando la felicidad de un momento incierto a cualquier precio.

Quizás por eso no me preocupé demasiado de la Media Maratón. Ni me puse nervioso ni se me pasó por la cabeza estarlo. Era el día en que tenía que disfrutar del Sol una vez más. Eso sí, con unos hermosos cinco grados a la hora de la salida y los manguitos en mis brazos sabiendo a gloria. La cosa es que salimos agolpados y a trompicones. Con poco orden, nada de cajones de salida ni chips de veinte euros en las zapatillas. Esto era otro rollo. Ni mejor ni peor. It was different.

Eso sí. La gente corría que se las pelaba. Y corría bien, nada de cadáveres cada dos por tres. Aquellos señores eran maratonianos de verdad. Así que yo también me dispuse a ser un alumno aventajado mientras mis piernas quisieran correr al ritmo propuesto. ¿Cuál? Uno que me permitiera bajar mi registro en Barbastro antes del Maratón de Frankfurt en 2013. ¿Con la mitad de kilómetros y tres kilos más de peso? Ni de coña diría cualquiera de aquellos alumnos tan experimentados.

Pero bueno. Cosas del destino, el reloj iba por un sitio, los kilómetros del circuito por otro, y mis piernas por los cerros de Úbeda. Pero iban, esa era la cuestión, que allí estaba el tío dándole carrete a la esperanza, imprimiendo ritmo a las zancadas y manteniendo alta la cabeza. Ese era yo, corriendo en casa y dispuesto a no liarla si las circunstancias eran buenas. Y así pasaba la carrera, con los primeros quince kilómetros casi dentro de la primera hora y los músculos preparando a la mejor artillería para salir a combatir el final de la carrera. Si apretaba los dientes mejoraría mi marca. Eso seguro.

Así que avancé más y con mejor cadencia, acercándome a cuatro minutos por kilómetro de una manera desconocida para mí en esa distancia. Sonreía a medias, y no sonreí nada cuando vi los tres kilómetros sobre grava que teníamos que correr antes de llegar a las inmediaciones del Estado Olímpico. Aquello era un recorrido rápido. Sí, señor. Era la mejor sorpresa del día, la mejor señal para que cada uno de nosotros pudiera calcularse su ritmo de maratón. Bendita tierra. Qué bien nos vino para las articulaciones, porque para los músculos se hizo el estropicio. Igual que el maratón de Frankfurt. Abductor izquierdo y gemelo derecho a punto de estallar en el kilómetro diecinueve. Muy cerca de cumplir un Objetivo, pero mucho más cerca de tirarlo todo por la borda.

Apreté los dientes. No del esfuerzo, sino de la rabia y el dolor que sentía cada vez que amagaba con armarse la de Dios. Todo el mundo adelantándome y yo que intentaba mantener la calma y minimizar el daño que me estaba haciendo el intentar correr sin romper el equilibrio de mis músculos. Allí estaba plantándole cara al momento de entrada al Estadio, con todos los compañeros animándome a seguir hasta el final, con esa media sonrisa regresando a mi rostro en un momento en que lo importante era cruzar #AlOtroLadoDeLaMeta. Eso era lo único que importaba y el objetivo más importante que debía perseguir. Como fuera, debía llegar y plantarle cara a un hecho desfavorable, pero también actor inevitable en el juego. Eso era el Maratón. Nadie dijo que fuera fácil. Por eso debía entrenar cada noche a pesar de estar cansado y no tener el cuerpo ni para quedarme dormido. Porque detrás de las tantas dificultades que encontramos en el camino, al final del todo la vida recompensa cada paso que damos y que nunca es en vano. Por eso y mucho más, por deberle todo esto a los que me rodean y me apoyan. Por eso y por mi propio tesón, al cruzar el arco de llegada puño en alto pude divisar mi mejor marca personal hasta la fecha.

Media Maratón Isla de la Cartuja. MMP 1h26'40'' - Foto de Rocío Barriga
Media Maratón Isla de la Cartuja. MMP 1h26’40” – Foto de Rocío Barriga

Francis Campos

Brenes, Sevilla. 25 de enero de 2015.

SEMANA 2: CRÓNICA DE UN 2014 CON FINAL FELIZ

Francis Campos - San Silvestre Cordobesa - 12º Clasificado Senior
Francis Campos – San Silvestre Cordobesa – 12º Clasificado Senior

2014 fue el año de la insistencia y las nuevas oportunidades. La transición hacia un punto de descanso en las piernas y los primeros pinitos en el triatlón. Fue un quise y no pude, un intento de ser mejor atleta a base de experiencia y dedicación. En definitiva, fue una legión de buenas intenciones que basaron su constancia en la paciencia e ilusión, y al final del camino acabaron otorgándose una gran recompensa.

El maratón de París fue la carrera más dura que jamás preparé. No por la distancia en sí sino por las circunstancias que acompañaron a cada día de la preparación. Una lesión en la parte interna del gemelo que duraría diez meses y que me haría bajar los entrenos de seis sesiones a tres o cuatro fue la gran limitación que me haría curtir las pieles de una mente que habría de correr por las piernas. Las retiradas en el último momento habrían de convertirse en la tónica general de los entrenos de series. Levantar el pie del acelerador en las carreras era ya tan habitual que perdí la ilusión por avanzar y recuperar mi peso y las buenas sensaciones. Iba a ser muy duro, pensé cuando me paré en la mitad del Test de Gavela cuando tenía intención de calcular el ritmo de maratón. Mi ritmo sería entonces el que marcara el corazón.

Después de aquellos cuarenta y dos kilómetros de carrera mental y grandes satisfacciones personales, me tomé en serio el aprender a nadar a la vez que recuperaba durante tres meses más el dichoso gemelo a base de masajes interminables. Entre tanto, soñaba con el Desafío Doñana 2014. Para poder disputarlo, decidí comenzar debutando en los triatlones sprint de Mataró y Mongat. Allí, la lectura fue que tenía todo por aprender y que lo más seguro es que muchas de las cosas que me faltaban para tener un nivel mediocre, ni siquiera con dedicación podría alcanzaras. Fue entonces cuando con rabia comencé a concentrar más tiempo libre en los entrenamientos tanto de natación como de bicicleta. Todo parecía ir sobre ruedas cuando aquella caída bajando con la bicicleta la Vallensana tiró al traste cualquier esperanza de progreso. Y como buen cavernícola que se empecina en conseguir lo que sueña, a la semana siguiente me encaminé hacia Andorra con todos los bártulos triatléticos, por si acaso las lesiones sufridas en el accidente se evaporaban y podía tomar la salida en el Triatlón Olímpico.

Y así fue como me encabezoné y resolví casi ahogarme en el lago de Engolasters y hacer cuarenta kms de bici con buenas rampas a treinta kilómetros por hora, por supuesto sin drafting al haber salido del agua casi en última posición. Y al final del todo correr los diez kilómetros con una única pierna, que sería la gran salvadora de la jornada. Definitivamente, no estaría en la salida de San Lúcar de Barrameda para correr sobre las dunas de Doñana, porque el agosto que me esperaba era de descanso y recuperación.

Entre tanto, y mientras iba pasando el verano, me fue dando tiempo a poner unos cuantos kilos y ponerme todo lo lento posible en la carrera a pie. Fue valentía y quizás provocación hacia mi integridad las intensas participaciones en la Mercé y en la Mitja del Mediterrani, donde los grandes esfuerzos de nada sirvieron, ya que pude resumir ambas jornadas en fiasco si se comparaban con la temporada anterior, y heroicidad si basaban su crónica en derroches físicos casi de libro de Stephen King.

Quizás por aquello de que cuanto más sufrimos y más desastres son los resultados de los logros que nos proponemos alcanzar, más nos gusta el Reto, no paré de entrenar en ningún momento. Ya iba pensando que algún día recuperaría un estado de forma que medianamente pudiera dejarme un buen sabor de boca. Y eso fue lo que me encontré de frente el día de rodaje en la Mitja Marató de Mataró, cuando las piernas bailaron al son del viento del Maresme, mi hábitat favorito para entrenar en mis últimas instancias en Barcelona.

Después de aquello pasaron en Sevilla semanas en las que hice buenas series y algunos rodajes en los que ir a cinco minutos por kilómetro era haber dejado el pabellón bien alto. Me topé con esa sensación de frío sureño que ya había olvidado, y esa soledad iluminada por un sol ardiente que bronceaba mi piel. Esa dureza que implicaba el avanzar porque sí, con la única razón de saber que lo inexplicable se explica cuando alguien deja de creer en ti y tú mismo te revelas contra todas las contrariedades que encuentras en el camino.

Sumergido en ese mar de confusiones, fui a Córdoba para hacer una carrera de diez kilómetros como primera lanza contra el Maratón. No corrí por convicción, ni ganas, ni devoción, sino por necesidad. Tocaba y punto. Así que allí me encajé resfriado hasta las trancas y con la hora un poco justa. A veinte minutos de la hora de salida y sin dorsal, con el sabor del café que me acababa de tomar en la Carlota, y la mochila de las Navidades a cuestas. No hice ni calentamiento, ni meditación ni preparación de ningún tipo. Simplemente me dediqué a observar durante unos minutos los múltiples disfraces de los cordobeses. Menudo fiestón del running, la San Silvestre Cordobesa.

Me lancé calle abajo cuando el disparo nos dijo que ya bastaba de jolgorio y que tocaba hacer algo por la patria. Se alinearon todos los astros porque unido a todas las demás desgracias, había olvidado beber agua y tenía la boca seca como una alpargata vieja. También había olvidado el GPS y partía más chulo que un ocho con mi Casio del año de la Polka. Menos mal que los relojes de los otros corredores pitaban exactos cada kilómetro, así que tuve la referencias de cada paso desde el inicio. Vamos, que ni de coña haría un carrerón. Pero no importaba. Allí estaba yo otra vez más dándolo todo.

Y como sucedió en Mataró, salí arriesgando. Controlé las piernas, pero imprimí ritmo a mis zancadas. Parecía mentira, pero estaba corriendo por debajo de cuatro con solvencia. Entonces pensé que debía caer. Cuándo. No lo sé. Pero persistí y pasé la primera vuelta en diecinueve minutos. Fue ya al pasar el kilómetro seis cuando pensé que en cuatro kilómetros no me daría tiempo a estrellarme porque la mente tenía fuelle como para soportar un estropicio en tan corta distancia. Así que a unos tres kilómetros de meta ya estaba seguro de que haría marca personal. Cuánto. No lo sabía.

Impuse más velocidad a mis piernas y me lancé sobre un grupo de ocho corredores que iban por delante. Miré el crono y adiviné que faltaría distancia para llegar a los diez kilómetros exactos. Pero no importaba porque aquel era el día en que me tocaba planear sobre Córdoba, y eso era lo importante. Hice el último tramo esprintando, como quien necesitaba más kilómetros para zapatear y se le quedaba corto el recorrido. Puño en alto, pasé al otro lado de la meta y me santigüé como el que agradece un día más poder correr y seguir cumpliendo pequeños retos que encaminan hacia otro más grande.

No era mi carrera contra nadie ni la comparativa versus ningún tiempo que no fuera el indicativo de que podía lograr mis metas. Eran la certeza de que podía hacerlo si era capaz de soñarlo con insistencia. Y es que esto no consiste en mirar hacia los lados y hacia atrás. Esto va de mantener fija la mirada rumbo al norte, de explorar nuevos horizontes y decidir que los pequeños derroches ponen broches a los días en que nunca se detienen los latidos de un corazón que tiene un Gran Sueño.

Francis Campos

Brenes, 2 de enero de 2015

Francis Campos - San Silvestre Cordobesa - 12º Clasificado Senior
Francis Campos – San Silvestre Cordobesa – 12º Clasificado Senior